El amargo aroma del romero

Las mujeres gitanas llevan décadas estigmatizadas por buscarse la vida a través de la lectura de mano y el deseo de buenaventura a turistas y viandantes

Romero y buenaventura en la Catedral de Sevilla.
Romero y buenaventura en la Catedral de Sevilla. JOSÉ LUIS TIRADO

Las catedrales han sido históricamente centros de poder donde mercaderes y gentes del pueblo orbitaban para buscarse el pan. Esta dinámica no ha cambiado mucho desde entonces, pues en la actualidad, son numerosos los comercios y trabajos ligados al turismo en los cascos antiguos de pueblos y ciudades. Hay un grupo de mujeres satélite en la Catedral de Sevilla que forman parte inmutable del paisanaje de la zona. Estigmatizadas, señaladas, a veces evitadas, pero siempre libres en su praxis y luchadoras de la buenaventura. Son las gitanas del romero, trabajadoras que soportan el señalamiento continúo de una parte clasista, xenófoba y aporofóbica de la sociedad, a la que le incomoda su presencia.

El pueblo gitano supone la principal minoría étnica de España y una de las más grandes de la Unión Europea. De este total, el 80% se enfrenta a la pobreza o exclusión y el 46% está en situación de extrema pobreza, según datos recientes de la ONU. Se calcula que la población gitana española está en torno a 750.000 – 1 millón de personas, aproximadamente un 2% de la población residente en España. Y Andalucía es la comunidad donde viven el 40-50% de los gitanos y las gitanas del Estado español, seguida por Cataluña, Valencia y Madrid. A pesar de nacer ciudadanos y ciudadanas con plenos derechos, la desigualdad es manifiesta. Se observa en las condiciones socioeconómicas desfavorables y en las elevadas tasas de desigualdad respecto al resto de la población, que se hace visible a través de cuatro indicadores esenciales: educación, sanidad, vivienda y empleo.

Ataviadas con sus rebequitas, sus leggins apretados y las babuchas para una mayor comodidad, las gitanas del romero llegan cada mañana a las inmediaciones de La Catedral y La Giralda provenientes de sus respectivos barrios –Las 3.000, Los CarterosSu Eminencia–. Efectivamente, son gitanas, “y a mucha honra”, pero tienen nombres, una vida y familias a las que alimentar. Victoria, Marina, Dolores, Ana, Samara, Esperanza, Loli, Carmen, María, Rocío, Gracia, Josefa, María, Angelita, Encarna, Gema y María Gracia son algunas de las más de 30 mujeres que utilizan el romero como herramienta de trabajo para garantizar un plato de comida en su casa.

Ofrecimiento de una ramita de romero a una pareja de turistas.
Ofrecimiento de una ramita de romero a una pareja de turistas.   JOSÉ LUIS TIRADO

La doble moral se evidencia con la demonización de unas mujeres, la mayoría madres o abuelas de familia, que lo único que intentan es ganarse la vida como saben – sin obviar la picaresca– en un lugar considerado sacrosanto, pero donde no cesan los episodios de corruptelas. Como ejemplo reciente, el caso de la Catedral de Sevilla y La Giralda, que fueron inmatriculadas por un coste de 30 euros a nombre de la Iglesia católica, en 2010, acogiéndose a la Ley hipotecaria franquista, que actualizara el Gobierno de Aznar en 1996. Un patrimonio, en principio público, del que la institución eclesiástica se apropió sin preguntar, haciendo pleno uso de su poder y privilegio. Así, mientras la institución más antigua del mundo continúa lucrándose de lo que debiera pertenecer al pueblo siendo, además, aprobado por los buenos cristianos, las gitanas del romero son tachadas de “charlatanas”, acusadas en el peor de los casos de "ladronas" y reprobadas por su trabajo en la vía pública próxima al templo.

En este contexto, resulta interesante saber que la cultura gitana se considera ágrafa, es decir, que no tiene tradición escrita. Por tanto, lo acreditado sobre sus orígenes y modo de vida se va a conocer desde la mirada de la población receptora. Esto quiere decir que se tienen testimonios históricos desde el opresor y no desde el oprimido, en este caso, desde lo gitano. Y es a partir de esta visión hegemónica cuando se comienza –hace ya más de 500 años– a crear los estereotipos y prejuicios hacia la población gitana. Aunque no se sabe con exactitud el origen, ni cuáles fueron los motivos por los que llegaron a la Península, los primeros escritos sobre la entrada del pueblo gitano al país datan de 1425 en consideración de peregrinos, y hasta la aparición en 1499 de la primera Pragmática contra los gitanos firmada por los Reyes Católicos, este pueblo pudo residir en territorio español sin mayor impedimento.

Lulú (Lourdes), Rocío y Esperanza.
Lulú (Lourdes), Rocío y Esperanza.   JOSÉ LUIS TIRADO

Es domingo, todavía no aprieta el sol, y entre los paseantes dominicales se encuentran Esperanza y Rocío. "¡Toma morena, que tengas suerte y salud!", le dice la primera a una mujer que pasa por la puerta de la catedral, acercándole una ramita de romero. Esperanza tiene mediada la treintena y viene de Los Carteros, una barriada de Pino Montano. Lleva 15 años en esto del romero y como cualquier madre, trabaja para darle una vida digna a sus hijos. ”Mi chico tiene 11 años, la más grande 17 y la otra tiene 15, fíjate que están en la edad en que más comen", dice esta joven madre con la mirada propia de la madurez. El coronavirus les ha afectado por partida doble: la falta de turistas y la imposibilidad de mantener contacto físico. "Antes echábamos la mano y nos llevábamos de 5 a 20 euros, sobre todo a gente de fuera, pero ahora con el covid solo viene gente de por aquí y es más difícil", lamenta. Pero añade sensata: "Nosotras comprendemos que hay mucha gente pará y quien no tiene trabajo está fatal de dinero". El marido de Esperanza es chatarrero y cuenta que hay "poca faena y mucha gente buscando", aunque un plato de comida nunca les ha faltado.

Los meses de confinamiento fueron especialmente duros, pero la familia hizo su parte. “Hemos dependido de nuestras suegras, de mi madre, de mi cuñada… Nos repartíamos las cosas. Pero de verdad lo habemos pasado fatal. Ahora, por lo menos, te vuelves con 10 o 15 euros y te apañas pa’ hacer una ollita, pero durante esos meses nada”, recuerda Esperanza. Rocío, que es familia política de la madre de Esperanza, ya que es tía de su marido, ronda la misma edad y es madre de tres hijos. “Tengo dos niños de 10 y 12 años y una bebé con 4 meses”, comenta orgullosa. Para ella, el confinamiento fue "peor imposible" y cuando llegó el covid le costó mucho trabajo conseguir ropa para sus niños. "Yo llevo viniendo unos ocho años y antes era completamente diferente, porque al haber turismo, te ayudaban más y ganábamos lo menos 20 o 30 euros al día pa' que coman sus niños”. Entiende que con la situación sanitaria "la gente no quiere que le toques", pero advierte que "nosotras leemos la mano y también pedimos la limosna". La pandemia cambió hasta la cuantía en la voluntad: "Antes te daban unos eurillos y ahora solo centimillos". A pesar de lo convulso de estos tiempos, una cosa tienen clara: “Si hoy tengo un plato de comida para un familiar se lo doy y si mañana no lo tengo, ya me lo darán ellos”.

Estas mujeres llegan a su zona de trabajo sobre las nueve y media de la mañana, después de dejar a los niños en el colegio, y se vuelven a la una y media, para recogerlos. "Antes veníamos todos los días, pero ahora solemos venir tres o cuatro porque no merece la pena", cuentan. Los meses buenos eran en verano, a pesar de las calores que dificultaban el trabajo, y los mejores días siempre caían en fin de semana. "¿Qué hacemos si la vida es así? –interviene Esperanza– mientras tengamos salud...". No han sentido el apoyo de la gente de la zona, "ni nos ayudan ni nos preguntan", dice Rocío, "y fíjate que somos más de 20 mujeres del romero por aquí". Respecto a la policía de la zona no tienen queja. "Ya conocen y saben que no somos gente mala. Al contrario, hay algunos que hasta nos saludan y nos preguntan cómo estamos", dice Rocío. Y Esperanza reitera: "Las del Romero no hacemos nada malo, ellos lo saben".

Preguntadas por la estigmatización, responden que "hay de tó en la vida, también hay gente mala", y ponen como ejemplo a un hombre mayor que "le ha dado" por ellas y siempre las amenaza con llamar a la policía. "Y digo yo, con tantos años que llevamos aquí, ¿todavía no nos conocen y saben cómo funcionamos? No hacemos malo a nadie", insiste Esperanza. Carmen, otra compañera del romero, recuerda un episodio desagradable con unos agentes policiales de refuerzo que trajeron de Córdoba: "Iban a caballo y nos echaron a patadas de la catedral hasta llegar a Puerta Jerez, ahí me sentí como ganado, pero era porque no nos conocían como los de aquí". El estigma y la exclusión genera también inseguridad en estas mujeres, que a veces no se atreven a dar su nombre real por miedo a represalias. Un mecanismo de defensa –la no identidad– propio de los colectivos oprimidos de la sociedad.

Gema lleva toda la vida trabajando en la calle.
Gema lleva toda la vida trabajando en la calle.   JOSÉ LUIS TIRADO
Victoria es granadina y vive en el barrio de Su Eminencia.
Victoria es granadina y vive en el barrio de Su Eminencia.   JOSÉ LUIS TIRADO

Gema, de 34 años, tiene cuatro hijos y trabaja en la calle desde siempre. Es cuñada de Victoria, que no alcanza los 60 años, y ambas viven en Su Eminencia. El caso de Victoria es especialmente sangrante, pues se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad. Esta granadina se mudó a Sevilla hace 20 años y tiene problemas auditivos, vive cerca de un hermano con sordomudez, que a veces le echa una mano con la paga, y está pendiente de un desahucio. "Le compré mi piso a un hombre por 20.000 duros y ahora que no tengo paga, me quieren echar", comienza esta mujer de negro pelo y piel tizona. Le tiembla la voz, se disculpa por su forma de hablar: "Tengo el oído perdido de nacimiento, por eso hablo así". Trabaja en el romero desde siempre, se casó con 12 años y con 16 parió a su único hijo, que ahora vive en Francia. "Con 19 ya estaba separada de mi marío y me quedé solica", dice entre sollozos.

“El señor me da paciencia. No tengo dinero, tengo miedo de que me echen de la casa porque no tengo a dónde ir. A mi no me quiere nadie ”, repite como un mantra. Está a la espera de una cita con servicios sociales y tiene que seguir yendo a la catedral, a pesar de los achaques que padece. "Tengo la tensión alta y estoy mala de los riñones", dice con evidentes problemas de movilidad. Victoria dice que "antes se ganaban 20 o 30 eurillos", pero ahora se tiene que apañar con dos o tres. "Hay veces que me vuelvo llorando, pero otros me compro un bocadillo, unos filetes a 1,50 o dos barras de viena y con eso tiro”, cuenta. La realidad de Victoria precisa de consuelo y continua diciéndose para sí: "No quiero pensar más, no quiero pensar más". Su refugio es Dios, "me ayuda y me da fuerzas para que me olvide de todo, pero tengo mucho miedo”, insiste. 

Victoria es consciente de la incomodidad que supone para algunas personas su presencia. “Hay gente racista que no le gusta que viva cerca suya, pero yo digo: Como Dios estamos de todos los colores, como Dios te lo da. Nosotros no somos malos”, expresa. Tiene cerca a Gema y a su hermano, en el barrio de Su Eminencia, su madre y su padre ya fallecieron. No obstante, sigue encontrándose sola en el mundo y "eso que tengo ocho nietos, pero están muy lejos", lamenta. Sobre su trabajo explica que lo único que hacen es buscarse la vida. "Yo compro mi macetita de romero y la riego pa’ traérmelo aquí y ganarme la comida, no estoy haciendo daño a nadie", señala. Con todo, no pierde sensatez y su sentido del humor: "Yo soy mu grasiosa y echo mi buenaventura. Si tú me quiere dar yo te pido tanto y si no me quieres dar márchate, yo no te obligo”.

Retrato de grupo en una puerta de la Catedral de Sevilla. De izquierda a derecha: Dolores, Angelita, Gracia, Encarna, Carmen, María, Gracia y Josefa, en 2016.
Retrato de grupo en una puerta de la Catedral de Sevilla. De izquierda a derecha: Dolores, Angelita, Gracia, Encarna, Carmen, María, Gracia y Josefa, en 2016 JOSÉ LUIS TIRADO
Retratos de Victoria, Marina, Dolores, Ana, Gema, Samara, Esperanza, Loli, Carmen, María, Rocío, Gracia, Josefa, María, Gema y María Gracia, entre 2016 y 2019.
Retratos de Victoria, Marina, Dolores, Ana, Gema, Samara, Esperanza, Loli, Carmen, María, Rocío, Gracia, Josefa, María, Gema y María Gracia, entre 2016 y 2019. JOSÉ LUIS TIRADO

En 2019, José Luis Tirado realizó una exposición de fotografías en el Espacio Santa Clara, organizada por el Instituto de la Cultura y las Artes, del Ayuntamiento de Sevilla, en la que la que expuso retratos de muchas de las mujeres que trabajan en el romero alrededor de la Catedral de Sevilla, con el fin de humanizar y visibilizar esta realidad de la ciudad.

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