La historia de Consuelo García del Cid Guerra (Barcelona, 1958) es la de una superviviente castigada como otras miles de este país por no encajar en los férreos moldes que el nacionalcatolicismo había impuesto a las mujeres españolas. Su etiqueta de “rebelde” provocó que su propia familia la internara en el Patronato de Protección a la Mujer, de forma que una noche, su madre y el médico de cabecera la despertaron y le inyectaron en el brazo izquierdo lo que supuestamente era la vacuna de la gripe.
Al día siguiente despertó en una cárcel donde la maltrataron y quisieron anularla como persona, llegando hasta barajar el suicidio. Sin embargo, aguantó y tuvo claro desde entonces que contaría lo que pasó en esas cárceles franquistas para mujeres. No ha cejado en su empeño de convertir su historia en memoria colectiva y en una denuncia pública de aquel sistema. Resulta curioso que, al recordar todo aquello, hable en presente, como si aún viera y sintiera lo que vivió aquella joven.
Pregunta: ¿Quién era Consuelo antes de que fuera encerrada en el Patronato de Protección de la Mujer por su propia familia?
Respuesta: Era una mala estudiante, una mala hija. Era desobediente y no aceptaba la familia que tenía. Mi padre murió muy joven, era abogado y murió a los 43 años. Yo tenía 11 y mi madre tomó el mando de la casa. Somos tres hermanos, yo la única chica y la mayor, pero yo no tenía una buena relación con mi madre, no la podía soportar. No me dejaba hacer nada; me controlaba la vida de una forma insoportable y no, no. Yo quería tener otra familia y mi madre quería tener otra hija.
P: ¿Y cómo es despertarse y encontrarse encerrada en un reformatorio gestionado por las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad y en Madrid?
R: Yo jamás pensé que serían capaces de hacer esto. Mi madre no lo hizo sola porque sola no lo habría hecho nunca. Desde que se quedó viuda, vivió completamente abducida y dominada por una hermana suya, Carmen, que era mi madrina. Lo organizo todo ella, pero jamás pensé que serían capaces de hacer algo así. De hecho, a la semana de estar allí, me dejaron hablar por teléfono con mi madre, con la monja delante. Era un domingo por la mañana, muy temprano y le dije que nunca la perdonaría, que no quería volver a verla nunca más y que me había abandonado en una cárcel espantosa y sin derechos. Mi madre lloraba, yo ya no. Y efectivamente estuve un año sin hablar con ella, ni verla ni nada.
P: ¿En algún momento le dieron alguna explicación de por qué estaba ahí?
R: Según mi familia, yo frecuentaba lo peor: los bares de moda de aquella época donde estaba el movimiento hippie, donde se hacían las reuniones clandestinas contra el franquismo, donde se creaban las consignas, las manis (manifestaciones). Esto es lo que yo hacía, pero claro, supongo que, para una familia de derechas como la mía, eso era peor que ser drogadicta o prostituta. De hecho, mi madre un día me lo dijo: “me habría sido más fácil asumir una yonqui”.
P: ¿Se puede reconstruir la relación familiar después de eso?
R: No, nunca se reconstruye. Yo vuelvo a ver a mi madre por desesperación. En concreto, cuando me castigan por ayudar a escapar a muchas compañeras y me llevan trasladada al reformatorio de Ávila. Allí hago una huelga de hambre y me quedo con menos de 35 kilos de peso. Y entonces, mi madre viene. Yo creí que venía para llevarme a casa, pero no. Yo le pido, le imploro, pero nada. Y entonces, ahí tengo como un corte. [Una suerte de disociación que, a continuación, explica] En el reformatorio de Madrid cada uno tenía su monja tutora. La mía se llamaba madre Rafaela. Y entonces cuando estoy en Ávila, me dicen, "Ha venido a verte tu madre”, yo digo, ha venido madre Rafaela. “No, tu madre”. Yo no tengo madre. “No me has entendido: ha venido tu madre de Barcelona”. Imagina mi cabeza. Y no, mi madre no me devolvió a casa. La que vino fue mi monja tutora y me volvió a Madrid.
"Mi madre me dijo que habría sido más fácil de asumir que yo fuera 'yonqui' que manifestante contra el franquismo"
P: ¿A qué edad sale entonces?
R: A los 17, pero por medio hubo más traslados. Yo me escapo y como no podía sobrevivir en la calle, me fui a casa de una tía en Madrid que era maravillosa. Ella me acogió pero yo sabía que preparaban un próximo destino. Y así fue, me metieron en un avión y me llevaron a Barcelona, aunque al menos ya había ganado algo y es que estaba en mi ciudad. Me llevaron al Buen Pastor de Barcelona que era uno de los peores reformatorios, aunque ahí entendí la doble moral del Patronato.
P: ¿A qué se refiere con la doble moral?
R: A ver, ahora una chica tatuada o con media cabeza rapada es muy normal, pero en el 76, ¡era lo más marginal, lo más macarra y lo más heavy del mundo mundial! Así que cuando ingreso, me dejan en el patio y me rodean en círculo varias internas con unas pintas. Se vienen caminando como para pegarme y empiezan a decir “¿de dónde ha salido este pollito? ¿y esta pija de mierda? Se me acerca una y me dice “¿qué has hecho tú para estar aquí? Y le digo, vengo fugada de las Adoratrices de Madrid. “Así se hace, olé su coño, es una fugada”.
Allí la correspondencia no estaba censurada, no había adoctrinamiento religioso, no era obligatorio ir a misa, teníamos habitaciones individuales. La primera noche que llego, ponen de cena fiambres y digo, ¿es el cumpleaños de alguna? Claro yo venía de las “Adoras”, como las llamaban ellas y allí comíamos mierda. Con todas estas cosas me refiero a la doble moral: allí estábamos las peores. Por eso, si metes a todas las fugadas de toda España en el mismo sitio, puedes crear un cóctel molotov, una bomba. Así que o las tratabas mejor o lo tenías clarinete.
Ahí también te hacían trabajar. A mí me colocaron en el taller de pañuelos de los Sanfermines, de cuello de persona y de cuello de botella. Yo tenía que hacer 1000 pañuelos de cuello de botella al día y el primer mes, dicen: "poneros en fila que vais a cobrar." Yo creí que nos iban a pegar y me dieron 200 pesetas. Ya sé que 200 pesetas no es nada, pero también era un reconocimiento, aunque luego no podías gastártelo en nada porque no podías salir a la calle. Es verdad que estaba en una cárcel, pero ahí podía ser yo. En el otro sitio, no. Era anónima total. Si a ti te uniforman de arriba abajo, no te dejan llevar el pelo suelto, comunicarte con las demás, te convierten en anónima. Lo que buscaban era anular personalidades.
P: Hay personas de su generación que desconocían lo que pasaba en esos centros "religiosos", pero ¿cómo podría describirle a alguien de hoy en día qué era el Patronato de Protección de la Mujer?
Una Gestapo a la española contra las mujeres, porque esto era contra la mujer. Para el hombre no había patronato; al hombre no le hacían una prueba de virginidad; no venía un ginecólogo y te metía los dedos en el culo. A mí no me lo hicieron porque yo no estaba tutelada [las que venían de los orfanatos]. Yo era de pago, es decir, mi familia pagaba para que yo estuviera allí y las de pago éramos a las que peor trataban porque veníamos con ideas. Nos llamaban las niñas mal de casa bien porque no teníamos perdón de Dios porque lo teníamos todo y nos habíamos torcido. Por eso, se cebaron con nosotros hasta ver dónde aguantábamos. Y a mí eso me encantaba porque yo decía, si os creéis que a mí me va a importar fregar, lo tenéis claro. Yo fregaba igual que las demás, trabajaba gratis exactamente como las demás, pero luego salía por peteneras y no me podían controlar. Yo le decía a la monja, puede deshacerme la cama a ver si escondo algo, perseguirme por los pasillos a ver con quién hablo, puede controlar cuánto tardo en ducharme, pero mi cabeza no para de pensar y usted aquí no entra y yo cuando salga, lo contaré todo.
P: Hubo, sin embargo, algunas mujeres que no pudieron con la presión y terminaron suicidándose. ¿Se le pasó por la cabeza alguna vez?
R: Sí, claro. Lo intenté. Yo fui consciente de dónde estaba desde el primer momento y entonces pasé primero por una autolesión. Veía que mis compañeras se habían intentado cortar las venas y luego se tapaban las muñecas con los puños de las batas. Y yo dije, os vais a enterar: me fui una tarde, antes de acostarme, al obrador y empecé a golpearme los huesos de la cara contra unas baldosas de una forma bestial, sabiendo que al día siguiente mi cara iba a estar negra. Me desperté herida y ninguna monja me dijo que si quería hielo. Yo fui a misa con toda la cara así pero orgullosa, como si aquello fuera una condecoración. Un mes después, vino una monja que era psicóloga y me metió en una habitación en la que había un cuadro al óleo enorme de la monja fundadora y un reclinatorio y me dijo, “ponte de rodillas delante del retrato de nuestra santa y jura que te quedaras aquí voluntariamente hasta los 25 años”. Antes me mato, le dije, me fui corriendo y había un pasillo con una terraza en obras y un trampolín de madera donde trabajan los obreros que estaba casi en el vacío. Yo estaba dudando en tirarme, pero me cogieron por detrás y caí al suelo. Era una compañera y me dijo “no le demos el placer de que muera otra”. Ahí supe que se habían suicidado más. De hecho, se suicidó hasta una monja, se tiró por la ventana al patio de las internas. Es que aquello era muy gore.
P: Y entre tanto horror, ¿hubo algo positivo, humano, algo que merecería la pena?
R: Las compañeras, sin duda. Eso sí, entre las internas estaban las dos Españas. La mitad eran chivatas y la otra mitad, estaban aún por descubrir. Tú no podías fiarte de cualquiera porque las chivatas, que son las negacionistas de ahora, venían directamente de los orfanatos y eran muy fácilmente domables. Era todo muy complicado porque era un sistema perfectamente creado para la confusión y para la anulación de tu personalidad. Y era fácil hacerlo. Llegaba un momento que tú no tenías nada de ti y era muy difícil sostenerte como persona.
"A las de los orfanatos les ponían ortigas en la vulva y les obligaban a hacer 150 cruces con la lengua en el suelo"
Las que venían de los orfanatos en cuanto que cumplían los quince, iban al reformatorio y ya venían maltratadas. Les ponían ortigas en la vulva; les hacían hacer hasta 150 cruces con la lengua en el suelo, hasta que se quedaba negra y no se la podían lavar, palizas, hostias con una llave en la cabeza. Si tú coges estos perfiles que ya vienen maltratados, el reformatorio les va a parecer bien y, de hecho, muchas terminaron ingresando en la congregación como monjas.
P: Con todo lo vivido, ¿se puede superar algo así?
R: Soy muy consciente de los traumas que arrastro y hay una cosa que para mí es monstruosa, que es la pérdida de libertad. Es decir, perder la libertad sin haber cometido ningún delito es el peor castigo que le puedes infringir a cualquier ser humano, pero siendo una niña más. Porque a mí, lo de trabajar, lo de fregar, me importaba un bledo. Así que una de las taras que arrastro es que me impresiona más un hombre esposado que un cadáver.
P: Viendo su trayectoria literaria e investigadora, ¿fueron la literatura y el activismo partes de su proceso de sanación?
R: Yo he escrito toda la vida y no tenía otra herramienta que esa para todo lo que viví. Yo fui empresaria 25 años, me arruiné en 2006 y me fui a vivir a Austria. Ahí la vida me puso en una situación en la que ya había perdido todo y me dije, lo voy a hacer. ¿Qué puede pasar? Nada o de todo. Empecé a escribir en 2008 y la primera vez que tuve un ordenador por delante y me explicaron qué era Google, busqué Patronato de Protección de la Mujer y me salió una noticia del año 78 que se anunciaba la desaparición. Entonces publiqué en 2012 Las desterradas hijas de Eva, porque éramos desterradas, nos arrancaron de nuestras casas, de nuestros círculos, te sacan y te meten en una cárcel de menores y tú no entiendes nada y no sabes por qué estás allí, por qué tienes que aguantar eso. No es que entraras en otro mundo, es que entrabas en otra dimensión y había que contarlo.
P: ¿Qué le ha sido más difícil, recordar o que la sociedad escuche?
R: No, que la sociedad escuche, porque a mí no me hacía caso nadie. Yo tengo un email de un periodista que en 2011 me dijo, "siento tener que decirte que a nadie le interesa ya la historia de unos cuantos miles de adolescentes que pasaron por estos centros que tú dices”. Ese mismo periodista, 15 años después, me pide una entrevista y le contesté desde el email de 2011 y me puso "touché”. Lo he hecho todo sola, sin subvenciones, sin ayudas, sin nada, a pico y pala. Me ha costado 15 años porque a mí no me creían. Tuve que enseñar documentación, en 2012 tuve amenazas de muerte sin parar, me han citado en un descampado para darme un pendrive con 300 expedientes.
"Si hoy existiera el Patronato, todas las chicas estarían dentro"
P:¿Creía que, después de cincuenta años de democracia y en España, iba a producirse un auge de la ultraderecha y del negacionismo de la violencia machista?
R: España es un país fundamentalmente bipolar. Hoy está en una posición y 50 años después estará en otra. Y estará en otra porque quienes adopten esta posición no conocen el origen y porque las redes sociales son totalmente nocivas. Esto ya no tiene freno y es imparable. Y existe una labor de ingeniería social para que vuelva el fascismo en manos de niñatos que no lo han conocido y que no tienen ni idea de lo que están diciendo.
P: Una de sus tareas es la de contar a la generación de jóvenes lo que le pasó. ¿Cree que son capaces de entender la dimensión de todo esto? ¿Qué mensaje le gustaría que se llevaran los jóvenes que te van a escuchar?
No, al 100% no lo entienden, pero las chicas sí, porque yo siempre digo lo mismo: a día de hoy, si el Patronato existiera no habría ni una sola adolescente en la calle, estaríais todas dentro. Porque venían por un morreo en la última fila del cine, por echar un kiki detrás del asiento de atrás de un coche, por fumar por la calle en horario colegial, por llevar minifalda, por bailar. Existía lo que llamaban las guardianas de la moral y eran las que avisaban. El mensaje que me gustaría que se llevaran es que el Patronato existió, que esto es una realidad y que, con el auge de la derecha, se van a perder todas las libertades conseguidas y va a ser un retroceso monum
