Las canteras ocultas en las 'minas de Moria' bajo la sierra de San Cristóbal

Este enclave portuense fascina a todo el que lo descubre, como Ignacio Rivas, un joven investigador que colabora, mediante fotografías en 'Instagram', para impulsar su puesta en valor

Nacho Rivas en una de las canteras de la sierra de San Cristóbal en El Puerto.

Cuentan las crónicas de la época que en 1930 el rey Alfonso XIII visitó “las cuevas más grandes y maravillosas que he visto”. Un entramado de túneles conocidos popularmente como cuevas que conforman las canteras de la Sierra de San Cristóbal, en el término municipal de El Puerto de Santa María. Estructuras milenarias, imponentes, que han sido el resultado de la extracción de arenisca calcárea. La actividad que durante siglos ha permitido el levantamiento de edificios y casas palacio de las cercanas poblaciones de Jerez, El Puerto o Sevilla quedó extinguida. Tan solo quedan resquicios del pasado a punto de caer en el olvido.

Un silencio ensordecedor invade una inesperada cavidad en el terreno. La temperatura cambia al entrar en el enorme hueco que se divisa entre la maleza. Pasadizos artificiales que durante los siglos XVII, XVIII y XIX estuvieron ligados al auge comercial marítimo. Un suelo que alguna vez pisaron más de 200 canteros y por el que, mucho antes, ya se movían los fenicios.

Estado de la cantera de San Francisco de Asís.   MANU GARCÍA

Unas 40 canteras, algunas de una altura de más de 20 metros, están ocultas bajo la sierra. Escondidas entre escombros, algunas de difícil acceso y otras de dimensiones más pequeñas, han sido refugio de drogadictos y vertederos para incívicos. “Esto es una pena”. El eco de la voz de Ignacio Rivas resuena entre las paredes. El joven de 29 años señala una montaña de bolsas de basura llenas de polvo. Pese al evidente estado de abandono, este salmantino, afincado en Cádiz desde hace seis años, se enamoró del enclave desde la primera vez que lo descubrió.

“Me fascinan, yo no me canso de entrar aquí, la gente cuando viene se sobrecoge, son como catedrales bajo la montaña”, comenta. Las canteras le impresionaron tanto que ha querido poner su granito de arena para recatarlas de su abandono. No se ha podido resistir a sus encantos. Aunque su profesión-investigador en pleno desarrollo de su tesis doctoral sobre ciencias del mar no tiene nada que ver con estas cavidades, Ignacio se ha implicado para impulsar la puesta en valor de este lugar con el que se topó hace ahora cuatro años.

Ignacio durante la visita a la cantera.   MANU GARCÍA

“Atiendo al club juvenil Mainel en Jerez y buscando posibles planes para hacer con los chicos descubrí por internet que algunas personas hablaban sobre las canteras, vine a verlas y me encantaron”, cuenta a lavozdelsur.es, antes de adentrarse en la oscuridad.

“Me da pena el gran desconocimiento que hay por parte de la población”

El año pasado volvió al lugar. “Me desesperé un poco porque tenía la sensación de que esto no avanzaba. Aquí hay un patrimonio espectacular que no se pone en valor”, dice el joven, que decidió crear una cuenta en Instagram para compartir fotografías de un espacio mítico que tanto admira. El tiempo pasa, los árboles degradan el terreno y hasta la fecha, el único que se desvive por Doña Blanca y su sierra es el arqueólogo Diego Ruiz Mata.

Interior de la antigua cantera.   MANU GARCÍA
Ignacio explora la cavidad en la sierra de San Cristóbal.   MANU GARCÍA

La Fundación de Estudios Fenicios presidida por él se puso en contacto con Ignacio en cuanto comenzó su actividad. Según explica, “me hablaron al ver esa inquietud mía de dar a conocer este patrimonio”. Con ilusión, el joven comenzó a difundir detalles que encontraba por las canteras.  Sobre todo, en cuanto supo con profundidad el proyecto de parque arqueológico y lúdico por el que el catedrático de Prehistoria de la Universidad de Cádiz lleva 37 años luchando. “Me he emocionado al ver una implicación tan grande y un deseo de que esto salga adelante”, expresa en la sombra.

Un accesorio a la labor de Diego y su equipo que quiere dar a conocer esta joya abandonada durante años. “Me da pena el gran desconocimiento que hay por parte de la población. Muchísima gente no las conoce”, lamenta mientras explora la cantera en la que no se escucha ni un alma.

El joven salmantino durante la entrevista.   MANU GARCÍA

De momento, Ignacio hace lo que está en su mano. Difundir este fascinante rincón por el que a Diego Ruiz le brillan los ojos cuando habla de él. “Se emociona cuando habla de la cantidad de trabajo y beneficio económico que puede traer al Puerto”, explica el joven que ha intercambiado alguna que otra conversación con él. Confía en que puedan sacar el proyecto delante de una ver por todas al mismo tiempo que palpa la roca que se alza ante sus ojos.

“Me sorprenden esas formas tan curiosas que quedan en la roca”

A Ignacio le indigna que no se aproveche esta zona que grita su historia. Un lugar de donde se extrajeron las piedras que consolidaron la Catedral de Sevilla en los años en los que las carretas con los sillares bajaban hasta el río para poner rumbo a la capital hispalense.

Inscripción en un arco de la cantera.   MANU GARCÍA

“Uno ve esto y piensa en la ciudad de Petra en Jordania o si te vas a la ciencia ficción, en Moria, como decía uno de los que comentaron una de las fotos”, añade el investigador, que merodea entre las estructuras y las columnas intactas. Una de ellas revela más datos sobre el sitio. “Cantera de Domingo Marmolejo padre, año 1865”, se puede leer en una inscripción grabada en un arco. Según cuenta, “esta es la cantera de San Francisco de Asís”, yo he llegado a ver una inscripción de 1410”, dice Ignacio, que también ha tenido la oportunidad de ver otras localizaciones.

Cruces hechas por los canteros en las paredes.   MANU GARCÍA
Ignacio Rivas en una de las entradas de la cantera.   MANU GARCÍA

El salmantino comparte sus sensaciones desde el interior. Resulta increíble la existencia de esta reliquia arqueológica a escasos minutos del bullicio urbano.  “Me sorprenden esas formas tan curiosas que quedan en la roca a la hora de extraer los sillares. Tenían muy bien calculado dónde podían extraer y dónde no”, sostiene señalando un hueco en el techo. Además, le asombra la “delicadeza” con la que labraban la piedra, que, a veces, parece “pura estética”, aunque “a lo mejor en todos los sitios tiene sentido”.

A su espalda un muro revela varias cruces hechas por los antiguos canteros. Ignacio mira hacia el techo. “La carretera pasa por aquí encima”, expresa impactado. La sierra está plagada de canteras como esta que sobreviven frente a las que ya se perdieron. Todas esperan su salvación.