'Alma de tomate', agricultura ecológica que fomenta la cultura del trueque: "Somos lo que comemos"

Paco Blasco es el impulsor de un proyecto que lleva a cabo en Rota, donde cultiva verduras y hortalizas de forma natural que luego intercambia con otros productores locales

Paco Blasco, impulsor de 'Alma de tomate', en su huerto ecológico.
Paco Blasco, impulsor de 'Alma de tomate', en su huerto ecológico. JUAN CARLOS TORO

Francisco José Blasco, al que todos llaman Paco, pasa las tardes en su huerto. Allí tiene, en esta época del año, acelgas, espinacas, brócoli o coliflores, aunque cuando luce en todo su esplendor es acercándose el verano, cuando acumula más de 900 tipos de tomates. De ahí saca el nombre de su proyecto, Alma de tomate, con el que cultiva productos que “no se encuentran en los supermercados” y que recolecta para autoconsumo o para realizar trueques con otros productores locales. 

El cultivo biológico que realiza Paco huye de la utilización de pesticidas, herbicidas y cualquier tipo de sustancia química. “Tengo un equilibrio, hay una pirámide y no me cargo ninguno de los escalones, simplemente los mantengo a raya. Los insectos se comen las hojas pero la coliflor está perfecta, así que me da igual. Esto en la agricultura industrial sería impensable”. 

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Paco  Blasco, de 'Alma de tomate', con una coliflor morada de su huerto. Autor: Juan Carlos Toro

Las hortalizas y verduras que cultiva, además, le sirven como alimento para las aves que tiene en su huerto, desde ocas chinas, a gallinas sedosas del Japón, y otras especies procedentes de Alemania o Irlanda. “Para ellas, es proteína pura, así me ahorro comprársela”, explica Blasco. Así, luego ponen huevos “con una yema de un sabor más potente”. Las malas hierbas que retira de su huerto también acaban en los estómagos de las aves. 

"Desde hace cuatro años soy un referente nacional en el uso de bacterias y hongos en los cultivos naturales”, señala Paco. “Somos lo que comemos”, dice el agricultor, que tiene todo tipo de hortalizas y verduras en su huerto, ubicado en la localidad gaditana de Rota. Paco se autodenomina divulgador medioambiental. En su huerto pone en práctica algunas técnicas que luego enseña, por ejemplo, a futuros chefs dentro de un proyecto en el que ha trabajado recientemente, o en las catas de tomates que realiza cada año. “Cuando la gente prueba los que tengo aquí me dice que no ha comido tomate en su vida. Aquí no forzamos las plantas, es todo natural”, abunda.

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Paco Blasco, preparando una caja de hortalizas. Autor: Juan Carlos Toro

El agricultor no vende estos productos, pero les pone precio y los intercambia por otros, como pescado de la cooperativa de pescadores, carne de la carnicería de un amigo… “De esto no vivo, pero en compra gasto poco”, dice entre risas. Al comedor social de Rota también le entrega mucha verdura. 

La pasión de Paco es la agricultura, pero su profesión está muy alejada del terruño. Es brigada de la Armada, donde ingresó con 22 años. En unos años será subteniente. “Voy a llegar a lo más alto que puedo en la escala militar con 51 años”, vaticina. “Seré uno de los subtenientes más jóvenes”, aunque llegó a la Armada por casualidad. Empezó a estudiar Ingeniería Industrial en Madrid, aunque cuando estaba en tercero, Aznar ganó las elecciones y su beca pasó de 328.000 a 62.000 pesetas. “Mis padres se iban a quitar de comer para que siguiera estudiando y dije que no”.

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Una lechuga 'lollo rosso', de origen italiano. Autor: Juan Carlos Toro

Durante una feria de profesiones se fijó en el stand de la Armada. “¿Quieres conocer mundo?”, leyó en un cartel. “¿Por qué no?”, se dijo. Y ahí empezó . “Siempre he sido aventurero, fui boy scout”, reseña, riéndose. “Me encanta mi trabajo, me siento muy realizado y ahora lo compagino con la agricultura”.

Este valenciano, que lleva 22 años residiendo en Rota, procede de una familia emprendedora y agrícola. “Mi abuelo tenía el único molino de arroz que había en Valencia”, expresa, por eso asegura que nació en un arrozal. “Desde los tres años recuerdo estar con los pantalones remangados y sin botas por los campos de arroz. En vez de jugar con coches, jugaba con coliflores o lechugas”, cuenta. Con esos mimbres, era difícil que no acabara pegado a la tierra. 

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