"No me hago ilusiones de ser eterna; los años que me queden quiero aprovecharlos al máximo"

La sanluqueña María Vargas, artista legendaria que despegó a los 12 años, vivió la edad de oro del flamenco, fue a las fiestas de Ava Gardner, y solo frenó su intensa carrera cuando ella lo decidió, recibe este 2020 la Medalla de Oro de las Bellas Artes mientras disfruta de una segunda juventud en el cante a sus casi 73 años

María Vargas, en su casa en Jerez, ante un retrato suyo unos años antes. FOTO: JUAN CARLOS TORO
María Vargas, en su casa en Jerez, ante un retrato suyo unos años antes. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Cuando los hijos de María Vargas Fernández sabían que se mudaba a Jerez después de toda la vida residiendo en Madrid, donde hasta un incendio en su casa casi le arruina, entre otras cosas, el poema enmarcado —a la reina del cante gitano— que le dedicó el llorado Manolo Ríos Ruiz, le pidieron que no convirtiera su nueva casa en un santuario. Casi un año después de medio hacer la mudanza, reconoce que “en Madrid tenía más pared, aquí no puedo colgar tantas fotos”.

Aun así, casi cada rincón de su piso en la zona de Madre de Dios es un retablo de recuerdos y un museo de muchas épocas en cuya entrada hay un recibidor presidido por tres imágenes muy potentes: la de su boda, con 21 años; una foto con María de las Mercedes, madre del Rey emérito ya fallecida y “gran aficionada al flamenco”, en la que ésta le agarra con fuerza las manos después de cantarle María un fandango; y otra estampa con su padre, Manuel Vargas, “mi maestro”, junto a sus inseparables gallos en Sanlúcar. 

Allí nació esta mujer gitana en 1947, junto a la desembocadura del Guadalquivir, siete años antes de abrir la boca por primera vez, nueve años antes de cantar su primera saeta, y doce años antes de su revelación artística, ya en Jerez. Fue en un homenaje en el Teatro Villamarta a Manuel Torre y Javier Molina, organizado por la Cátedra de Flamencología —que la hizo catedrática con 15 años—, donde comenzó su precoz despegue hasta la cima más alta del arte jondo.

Era 1959 y mientras España vibraba con el estreno del primer serial radiofónico, Ama Rosa, en la noche negra del franquismo, y Fidel Castro proclamaba la revolución que no fue en Cuba, aquella niña cantaba por seguiriyas que ya se rompía. En todo caso, decir que María Vargas lleva más de sesenta años cantando sería inexacto. María Vargas canta desde que tiene uso de razón y se hizo cantaora profesional de adolescente, aunque en sus genes todo eso ya estaba escrito mucho antes.

El carné de artista profesional ante un jurado extraordinario

En el sevillano Patio Andaluz se sacó María su carné profesional de artista tras un riguroso examen ante un jurado que ya quisiera cualquier reality televisivo de hoy en día. Lo borroso de los años no le impide recordar que ante ella, “con calcetines, una niña”, estaban gigantes evaluadores de la talla de Mairena, Pastora, Talega y Pinto. Hizo siete u ocho cantes y lo logró. Con eso ya tenía pasaporte con Caracol, que quedó prendado de su genio cuando la vio en la Venta de Vargas con doce añitos, y acabó llamándola para llevársela a Los Canasteros. 

¿Popaíto, me llamará?”, preguntaba inquieta María a su padre. Manolo, que por aquel entonces triunfaba con La niña de fuego, se hizo de rogar, pero cumplió. Seguramente porque vio la veta dorada de esa portentosa garganta tan joven y antigua a la vez. En Los Canasteros empezó María ganando mil pesetas por noche, “un buen dinero, ¿no?”, bajo la férrea supervisión de su padre, “que no me quitaba ojo”. Hacía bien porque las noches eran muy largas y las fiestas y las recepciones se sucedían sin solución de continuidad. La gente de Hollywood andaba por España y el exotismo del cante gitano andaluz les enloquecía. María lo sabe porque se lo confesaba Yul Brynner o porque Ava Gardner la invitaba junto a su padre a alguna de las célebres fiestas en su casa con las que ardía Madrid. 

Un momento de la conversación de María Vargas con lavozdelsur.es FOTO: JUAN CARLOS TORO

María Vargas fue saltando de tablao en tablao, Los Canasteros, Las Brujas, Café de Chinitas…, hasta labrarse un hueco y un nombre y recorrer festivales y auditorios. Grabó más de una veintena de discos desde principios de los 60 con discográficas de peso como CBS y Virgin Records. Muchos de los cantes que registraba tenían letra del inmortal Antonio Gallardo y contaban con el toque de Manolo Sanlúcar, Melchor de Marchena, los Morao, Cepero o Paco de Lucía. Se hizo amiga de Lola Flores y Sarita Montiel, entre otros muchos artistas de una época dorada que no volverá.

Y luego, tras tanta agitación en tan pocos años, vino un receso. No le gusta llamarle “parón”, y ni mucho menos quiere que digamos que se apartó de los focos, “porque yo seguí con lo que me interesaba”. Pero, en todo caso, su tiempo pasó a estar centrado en la crianza de sus hijos más que a prodigarse por los escenarios. Se casó muy jovencita con su inseparable Sergio Santos, empresario y gran aficionado al cante, y hasta Paco Gento, entonces gran goleador del Real Madrid, asistió a su boda. Hasta en El Pardo tiene una foto saludándola Carmen Polo. "Yo no entiendo de política", zanja María Vargas.

El pasaporte, a los casi 73 años

Este 2020 cumplirá 73 años y le encanta la cocina. Tiene tres hijos y seis nietos. Sigue presumida, sigue con nervios en la barriga cuando sube al escenario o la entrevistan, “porque eso es ser profesional”, y sigue siendo pura dulzura cuando no canta. Cuando canta la boca no sabemos si le sabe a sangre, pero hay una amarga pena negra en su cante que solo debe venir de las pérdidas. Se canta lo que se pierde. Tras el receso, descanso o como quieran llamarle, el cante le ha dado una nueva oportunidad. Una segunda juventud superada la edad en la que el tiempo marca la retirada al común de los mortales. A esta mujer eterna, el tiempo le pide que, por ahora, siga haciendo rosquitos en sus ratos libres y abriéndose en canal en cada recital.

Entre los más diversos reconocimientos, en abril recogerá la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes —concedida en diciembre pasado—, y entre los cada vez más frecuentes bolos, anda desbordada. “Estoy a tope, hasta el pasaporte tengo que ir a sacarme”. Sesenta años después de su revelación, María cantará por primera vez en Estados Unidos. Será en el Festival de Miami este verano. Antes, en el XIV Festival de Jerez, ofrecerá un recital (2 de marzo) en la distancia corta del Palacio de Villavicencio. Si pueden, no se la pierdan. “De mi época quedaremos… yo me parece a mí que quedo yo sola, ¿no?”. Piensa… Silencio. No, no quedan muchas (ni muchos) como María Vargas. Historia viva del flamenco, otra de las reinas del cante gitano.

¿Qué sintió cuando le comunicaron que le otorgaban la Medalla de Oro de las Bellas Artes?

La verdad que me ha hecho muchísima ilusión. A lo largo de mi carrera me han dado bastantes premios, pero la verdad que no me esperaba que me dieran la Medalla y me ha hecho mucha ilusión.

¿De quién se acordó?

De mi padre, de mi marido… que hubieran disfrutado muchísimo… [Silencio] Mis hijos están locos de contentos, y el resto de mi familia y mis amigos...

Más de 60 años después de aquella revelación y de que Caracol se la llevara a Los Canasteros…

Ya hice mis bodas de oro en el cante. Empecé con nueve años cantando por saetas en mi pueblo y, a partir de ahí, empezaron a llamarme para ir a fiestas y eso. Luego, me vine para Jerez, donde fue mi lanzamiento artístico en el Teatro Villamarta. De allí, en una fiesta en la Venta de Vargas, me escuchó Caracol y me dijo que le había gustado mucho cómo cantaba, que iba a abrir un tablao y que me llamaría para la inauguración en Madrid. Yo me puse loca de contenta y se lo dije a mi padre, que no me dejaba ni a sol ni a sombra, venía conmigo a todos los sitios, y de ahí, como tardaba mucho en llamarme, yo le decía a mi padre popaíto, Caracol ya no se acuerda de lo que me ha dicho, ¿me va a llamar?… pero me llamó, la verdad que sí. Me llevó a Los Canasteros, grabé mis discos… y hasta hoy.

Yo empecé muy bien y no dejé de trabajar nunca hasta que yo lo decidí, hasta ese momento en el que dije que ahí descansaba un poquito

¿Cómo fue aquel salto?

Fueron años de gloria para mí. Madrid me ha dado muchísimo. Desde que me fui, con trece años, he estado hasta el año pasado.

¿Su padre estuvo a favor de esa carrera o en algún momento dudó?

Hombre, mi padre no me ha dejado en ningún momento sola, venía conmigo a todos los sitios. Mi padre ha sido mi maestro y claro que le gustaba.

Pero era otra época, y usted era muy joven y supongo que también había mucho machismo.

Te voy a decir una cosa, yo empecé muy bien y no dejé de trabajar nunca hasta que yo lo decidí, hasta ese momento en el que dije que ahí descansaba un poquito.

Retrato de la cantaora sanluqueña, en su casa de Jerez. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Nunca dejó de cantar, aunque se apartó.

No, nunca he dejado de cantar, pero ya me casé y con los niños, pues no es que me retirase y me apartara, pero dejé de tener tanta actividad de trabajo. Siempre he hecho cosas que me han interesado. Hice turnés por el extranjero, pero por Andalucía no venía tanto. Me retiré un poco, pero por mis hijos, que tenía que atenderlos.

Le he leído en alguna entrevista que también se había desilusionado un poco. ¿Por qué?

Bueno, no desilusionada, pero hubo un momento en el que los festivales eran sota, caballo y rey, y mi marido incluso fue el que me dijo: si no te encuentras a gusto, fuera. Veía que siempre iban los mismos a los festivales…

En el fondo, sigue siendo una queja generalizada a día de hoy de muchos artistas, ¿no?

Bueno, no lo sé, siempre hay algo de eso.

¿Qué cosas inolvidables conserva de aquella edad dorada del flamenco?

Uf, desde Los Canasteros y todas las figuras del flamenco y del cine que pasaban por allí, hasta todo lo demás. Es que lo recuerdo todo, son tantas cosas… con Lola, con todos…

He vivido la época dorada del flamenco y esa satisfacción la tengo. Había muy buenos artistas y mucho compañerismo

¿Cómo era la relación con Lola Flores?

Muy buena, buenísima. Era mi amiga, hemos trabajado juntas y era una relación muy buena. 

También con Pastora Pavón, La Niña de los Peines.

Con ella fue la primera vez que fui a Sevilla a cantar, que no fui con mi padre, sino que me llevó mi tío Paco y mi primo Lolichi. Mi tío Paco era muy amigo de Pastora y yo era muy niña, tendría unos diez u once añitos. Nos íbamos todas las noches al bar de La Campana y ella se sentaba con nosotros. Nos gustaba mucho el pescaíto frito y cuando ella llegaba le decía a mi tío: iAnda, chimenea negra (porque mi tío era muy moreno), vete por un pescaíto!, y allí echábamos muy buenos ratos. Luego trabajé en festivales con ella. Para mí era la reina.

¿Abrieron el camino de alguna manera?

Yo creo que todos los artistas tenemos un tiempo (ríe). O por la edad, o por el tiempo en sí. Lo que sí te puedo decir es que he vivido la época dorada del flamenco y esa satisfacción la tengo. Había muy buenos artistas y mucho compañerismo. En Los Canasteros estábamos todas las figuras: mi prima La Perla, Terremoto, Bambino, Sordera, Cepero… bueno, bueno… figúrate cómo era ese tablao. Allí iban los toreros, los artistas de cine… ahí estoy con Yul Brynner y con El Fugitivo —señalas las fotos—. Todas esas vivencias…

Esto es una cultura que no se puede perder y tiene que salir gente nueva que continue con el cante puro y el cante gitano, que es lo nuestro

¿Recuerda a Ava Gardner por allí? 

También. Fíjate que no tengo foto con ella, pero sí que he estado en la casa de Ava Gardner de fiesta. A mí me impactó mucho la fiesta en su casa porque no he visto una mujer más guapa que Ava Gardner sin gota de pintura, y esos ojos preciosos, guapísima, pero lo que me impactó es que en la casa no tenía luz, todo eran velas. Velas, velas… Cuando llegué con mi padre me dio impresión, pero bueno… tendría ella esa costumbre. Iba mucho a Los Canasteros, le gustaba mucho el flamenco. En su fiesta cantó mi padre.

¿Las fiestas flamencas se han perdido?

La fiesta se ha perdido, y eso era un aporta grande, no ya por la cuestión monetaria, sino por la vivencia de esos artistas. Yul Brynner iba a Las Brujas y daba una fiesta allí. A mi padre siempre lo cogía porque aunque nunca fue profesional, cantaba que no se podía aguantar. Esas vivencias te llenan incluso más que el dinero. Siendo jovencita, en esa época, pues eso para mí era…

Vargas posa junto a algunos de sus reconocimientos. FOTO: JUAN CARLOS TORO

¿De alguna manera su padre vio en usted la prolongación suya en los escenarios? ¿A qué se dedicaba él profesionalmente?

Mi padre preparaba gallos ingleses para exportarlos a América. Era un gallero extraordinario. Pero él cantaba porque toda mi familia era de cantaores. Mi tío bisabuelo era Tomás el Nitri (primera Llave de Oro del Cante), mi abuelo en la fragua, mi padre, los Félix Serrano de Sanlúcar, que también eran familia nuestra… pero artistas profesionales solo hemos salido mi sobrina Aurora Vargas y yo. También salió, pero muy poquito tiempo, mi prima Cristobalina Suárez. Las dos salimos en Rito y geografía del cante, pero ella no continuó.

¿No tiene la impresión de que antes lo de menos era ser artista, ahora importa más llegar casi que el flamenco, no?

Sí, bueno, a mí me hacía mucha ilusión ser artista, claro que sí, pero luego lo disfrutábamos con los compañeros. Terminábamos de cantar y nos reuníamos todos. Nos comíamos un pollito en una venta o después de trabajar nos íbamos juntos a escucharnos, a disfrutar unos de otros. Eso hoy se ha perdido. No creo que ya eso se dé. Eso de quedarse así para escucharse unos a otros, eso no lo veo ya. 

Todo está más profesionalizado, todo es más individual.

Sí, vamos, cantamos, y enseguida volvemos. Esa convivencia se ha perdido. Hoy es distinto y se ha evolucionado en muchas cosas. A mí me gustaba mucho la época de antes, aunque hoy estén saliendo también muy buenos cantaores. Esto es una cultura que no se puede perder y tiene que salir gente nueva que continue con el cante puro y el cante gitano, que es lo nuestro.

¿Te quieres creer que no puedo opinar de Rosalía porque es que no la he escuchado? Yo sin escuchar a una persona no opino

¿Es optimista en ese sentido?

Con las innovaciones ahora... entiendo que se puede innovar, se puede cambiar, pero un cante por seguiriyas es un cante por seguiriyas y un cante por soleá es un cante por soleá. Cada cante tiene ya hecho todo lo que tenía que hacerse. Si le metes cosas sin salirte del cante puro, pues lo acepto; de la otra forma, pues lo acepto igual, pero vamos que no va con mi forma de ser.

¿Rosalía es flamenco?

¿Te quieres creer que no puedo opinar de Rosalía porque es que no la he escuchado?

Pero habrá quien opine sin haberla escuchado, que eso también es un clásico.

Pues yo sin escuchar a una persona no opino. Cuando dices Rosalía, cuando ya he escuchado tanto, pues ni la pongo. Entonces, no puedo decir si me gusta o no me gusta, no opino nada y punto.

¿Usted, con todo este revuelo, ve que pueda ser similar este fenómeno tan controvertido a otros del pasado cuando surgieron artistas flamencos que no se comprendieron en su tiempo por la ortodoxia, como Camarón con La Leyenda del tiempo?

¿Quién Rosalía...? Yo creo que no, ¿eh? (Ríe) Para nada. Para nada.

Eso dicen también…

Eso es otra cosa. No la he escuchado, pero no creo que… Camarón… eso son palabras mayores.

¿La experiencia es un grado?

Claro que sí. 

¿Se siente diferente cuando canta ahora a cuando empezó?

Por supuesto que sí. Mi modo de sentir, de expresarme, los conocimientos… el dolor de haber pasado por pérdidas familiares hace que al cantar expreses lo que llevas dentro y, claro, pues a la hora de transmitir creo que al público le llega más. Empiezas con mucha voz, pero ahora lo que llevas agarrado dentro lo echas para afuera y lo transmites al que escucha.

Empiezas con mucha voz, pero ahora lo que llevas agarrado dentro lo echas para afuera y lo transmites al que escucha

El cante bueno, duele.

Sí, por supuesto. Por ejemplo, la seguiriya, que es uno de los cantes que a mí… dicen que soy una cantaora larga, pero me identifico mucho con la seguiriya porque es la que hacía mi padre. Tiene un sello de mi casa. No es que diga que son mejores que las de otros, pero son mías, y me siento muy a gusto cuando canto por seguiriyas. 

¿Por qué empezó a cantar?

Hombre, desde que tenía siete años ya cantaba por soleá y por seguiriyas. Mi padre me estaba cantando todos los días. Me gustaba. Desde un corral hasta llegar a casa se escuchaba la voz tan flamenca de mi padre. La pena es que no le pude dejar nada grabado. Tampoco había los medios que hay ahora. Pero vamos, su eco y su forma de cantar lo tengo por todos los sitios (se señala al corazón, a la cabeza, al pecho...).

Vargas junto a su amiga y especialista en flamenco Estela Zatania, tras la entrevista con este medio. FOTO: JUAN CARLOS TORO

El otro día leía a Sara Baras en una entrevista decir que si el flamenco no fuera español lo tendríamos en un altar.

Estoy de acuerdo con eso. A lo mejor en otros países lo valoran mucho más. Cuando hice una turné por Alemania con Paco de Lucía y Camarón, en esas salas de concierto enormes había un silencio escuchando… y luego te aplaudían a rabiar. Te ovacionaban. Era el modo de expresar lo que les gustaba aquello. Cuando he ido al extranjero he estado muy contenta. Yo en todos lados de todas formas me entrego, aunque me reviente. 

¿Cómo se prepara para sus recitales?

Pues no te creas que ensayo mucho. A lo mejor yo sola aquí hago un poquito de voz y dos días antes le digo al guitarrista, Miguel (Salado), vente un poquito aquí y vemos qué vamos a hacer… Preparándome sí, porque tengo que saber qué voy a cantar para que quede lo mejor que pueda quedar.

¿Le gustaría grabar algún disco como colofón de su carrera?

Me apetecería grabar uno en directo, fíjate. Una recopilación. Es muy difícil hacer grabaciones hoy en día, pero lo estoy intentando. Me apetecería hacerlo en este momento de mi carrera.

¿Cómo le gustaría que la recordasen?

Como artista y como persona. Como persona. 

¿Qué le dice su médico de estas nuevas giras?

A mí no me ha dicho . Si me dice que me queda poco tiempo… uy, con el miedo que me da a mí de la muerte (ríe). Toco madera. No me hago ilusiones de ser eterna; los años que me queden quiero aprovecharlos al máximo. 

¿Va a seguir en los escenarios hasta que el cuerpo aguante?

Por lo menos hasta que mi garganta me responda. Cuando mi garganta no me responda, una retirada a tiempo es una victoria. 

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