La cantaora Ana Peña, nacida en Utrera pero criada en el cortijo jerezano de La Zangarriana reconoce que fue el flechazo con quien se convertiría en su marido lo que truncó una carrera que apuntaba muy alto. Cuando tenía la oportunidad de actuar en Madrid junto a Lola Flores y Juanito Valderrama durante tres meses, lo dejó todo para casarse. "En tres meses le hablé y en tres meses me casé", recuerda. "El amor es ciego, y yo ya no veía ni a Lola Flores ni a nadie, solo quería estar con él".
Lejos de lamentarlo, la artista asegura no haberse arrepentido jamás. "Ha sido el hombre de mi vida. Además, me gustaba cantar, pero la vida del artista no me gustaba."
La vuelta a los escenarios por necesidad
La muerte de su marido a los 46 años la obligó a replantear su vida. Con tres hijas a su cargo y sin ingresos, tuvo que retomar los escenarios. "Yo no te dejaría a ti por nada del mundo por el cante, pero estas niñas tienen que comer", recuerda que le dijo a su marido cuando decidieron que volvería a trabajar.
Tras su fallecimiento, se incorporó a la compañía de Salvador Távora, con quien estuvo cerca de 14 años girando por el mundo, mientras sus hijas quedaban al cuidado de su hermana y su cuñado.
El 11-S en primera persona
Uno de los momentos más impactantes del relato es su testimonio del atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Ana Peña se encontraba allí de gira con la compañía cuando, desde la planta 28 de su hotel, vio cómo el segundo avión impactaba contra las Torres Gemelas. Los jóvenes de la compañía habían planeado visitar el lugar esa misma mañana y se libraron por apenas diez minutos. "Lo primero que hice fue llamar a mis niñas para decirles que no se asustaran, que estaba muy lejos", recuerda entre lágrimas. La compañía no suspendió ninguna función: "Salvador nos llevó al teatro y ahí tuvimos que trabajar."
Analfabeta y con tres pasaportes llenos
La cantaora, que no sabe leer ni escribir, ha viajado por medio mundo: Australia, Japón, Colombia, Alemania, Estados Unidos... Su inteligencia práctica y su capacidad de observación le permitieron desenvolverse en cualquier contexto. "Yo me daba mis trazas para todo. Soy analfabeta, pero me considero muy inteligente." Solo firmó un documento una vez en su vida y le costó caro: alguien se aprovechó de su confianza y perdió una vivienda. "Una y no más", zanja.
El flamenco de antes y el de ahora
Con la autoridad que le dan décadas de oficio junto a figuras como Moraíto, Fernanda de Utrera, Terremoto y Chocolate, entre otros, Ana Peña no oculta su visión crítica del flamenco contemporáneo. "El flamenco que yo conocí con 18 años no lo estoy conociendo ahora. El que yo te diga que cante, te hace llorar. Porque lo que hay ahora no es flamenco." Incluso Jerez, tierra que siente como propia, ha perdido para ella parte de su esencia flamenca.
Familia, herida y reencuentro con una misma
La entrevista concluye con una reflexión íntima sobre su relación con la familia y consigo misma. Madre de tres hijas, abuela y bisabuela, reconoce que tras la muerte de su marido se abandonó por completo. "Me abandoné en todo: en comida, en vivir, en vestir, en pensar". Con el tiempo, y con sus hijas ya establecidas, encontró el camino de vuelta. "Pensé que yo también tenía que vivir, que me merecía vivir".
La entrevista finaliza con Ana Peña regalando al oyente una interpretación a capella del copla Se nos rompió el amor, demostrando que, a su edad, su voz sigue siendo el mejor argumento.




