Abre las puertas de su casa, en un enjambre de calles y viviendas unifamiliares a las afueras de El Puerto de Santa María. En la cabeza revolotea Bahía de Cadi, el primer corte del que será su primer disco. La composición que dejó subida a YouTube justo cuando saltó el cáncer. Y no tenía ni idea de que sus alegrías podían ayudar a superar la enfermedad.
Con una sonrisa luminosa y brillo en los ojos, nos recibe con un gran abrazo repleto de vitalidad y alegría. Una de las cosas que tiene Miguel Salado (Jerez, 1981) es que no puede ser de otra manera de la que es: transparente, buena persona y con un buen rollo contagioso como la música que sale de sus seis cuerdas.
Una gorra, ropa deportiva y ganas de romper la discreción con la que durante casi tres años ha llevado la enfermedad. Ha ido al gimnasio, ha meditado, ha hecho cosas que antes no creería. Y aquí está. “Aquí estamos, seguimos vivos. La vida es un regalo”. El primer pellizco de muchos de un tocaor acostumbrado a emocionar sin palabras, solo con sus falsetas, con su trepidante persecución del cante.
Junto a su mujer, Rocío del Corzo, una cantaora a la que ha acompañado sobre los escenarios en infinidad de ocasiones, ahora es ella su principal escudera, pero no solo ella. Lo que más repetirá a lo largo de la entrevista es la suerte que tiene de tener tan buenos compañeros en el mundo del flamenco. Unos brazos aquí, una ayuda allá, una muleta, un ¿te hace falta algo, Migue…? “Para la última colaboración que hice el año pasado me subieron entre dos al escenario, no podía andar”, recuerda, sin regatear ni un ápice la dureza del trance que viene pasando.
Cada año se diagnostican en España unos 36.000 casos de cáncer de mama. Solo alrededor del 1% de estos tumores malignos aparecen en hombres y uno de esos hombres afectados es Miguel Salado. Pero no esperen autocompasión ni autoflagelación. Miguel ha “dado la vuelta a la tortilla” y en lugar de ¿por qué a mí?, se pregunta: ¿para qué ha llegado esto a mi vida? Cuando toca, insiste, solo queda tirar para adelante.
"Todo esto lo veo como un aprendizaje en sí. Vienen momentos duros porque hay que tener los pies en el suelo, pero aquí no se llora y no hay penas"
"Mira, la manzanilla con La Ina —así se refiere al tratamiento que recibe— me ha cambiado hasta la huella dactilar para activar el móvil. No tengo fuerzas…" Y entonces, pulsa las seis cuerdas de su bajañí y hace un apunte por seguiriyas. Otro pellizco. "Poquito a poco vamos ganando fuerzas". Fuerzas para seguir sonriendo, para estar con su familia y para lograr por fin publicar ese primer disco con composiciones personales que dejó enfilado con unas alegrías —una premonición—, y con el que tiene mucho por hacer y expresar.
Respuesta. Me pilla en un momento con ganas de expresar y compartir. Realmente en casa nos lo tomamos con humor y como un proceso que, más que duro, hay que afrontarlo como un aprendizaje. Yo todo esto lo veo como un aprendizaje en sí. Vienen momentos duros porque hay que tener los pies en el suelo, evidentemente, pero aquí no se llora y no hay penas. Al revés. Lo que intentamos es exprimir el minuto. Y gracias a Dios estamos en la segunda parte porque la primera la ganamos por goleada. Y la segunda la vamos a ganar. Hoy en día hay muchas cosas, hay que estar siempre positivos, porque la mente es mucho. Si te quedas agachado, con el "pobrecito de mí"... eso aquí no. Aquí con la cara alta hasta que Dios quiera. Porque la vida, al fin y al cabo, es un regalo. La palabra cáncer desde afuera impone mucho, pero después hay muchos nombres y apellidos para esa palabra. Vamos a ganar por goleada, Paco (ríe)…
R. Esta historia llega sin pensarlo. Estaba, de hecho, grabando, porque me apetecía compartir música. Siempre lo que he hecho es dedicarme al acompañamiento. Pero sí que es verdad que me puse a componer. La pandemia me sirvió mucho para eso, y también me ayudó un amigo de Murcia, José Luis Espinosa, un gran productor, con trabajos para Niña Pastori. En fin, fue uno de los que me empujó a que durante la pandemia me pusiera con mis cosas y me ayudó a grabarme. Y fue al empezar con eso cuando de repente... En verdad uno no siente nada. En una revisión médica me dan un diagnóstico y luego otro, cáncer de mama.
"No me pregunto "¿por qué a mí?". La pregunta es: ¿para qué ha venido esto a mi vida? Si le das la vuelta a la tortilla se te abre un mundo"
R. La ginecomastia es una cosa que suelen tener muchísima gente y es algo muy normal, pero se convirtió en algo ya un poco más serio. Es verdad que tenemos el cáncer de mama asociado siempre a la mujer, pero cada vez hay más hombres. Uno no se entera hasta que no está metido en ello. Pero yo pienso que hay que llevarlo con positividad sobre todo, y no luchar contra lo que no está en la mano de uno. Por lo menos yo, en mi forma de ver las cosas, no me pregunto "¿por qué a mí?". La pregunta es: ¿para qué ha venido esto a mi vida? Entonces, si le das la vuelta a la tortilla, se te abre un mundo de cosas y de aprendizajes que es muy bonito.
R. Eso fue después de la pandemia. Justamente días antes del anuncio el videoclip del primer tema —Bahía de Cai— que ya tenía grabado, porque iba haciendo tema a tema con su videoclip. Y nada, a los dos o tres días después de lanzarlo, me diagnostican esto. Entonces dejé el disco parado. Ahora lo retomamos y estamos componiendo. Cuando tenemos un poquito de fuerza, lo cogemos. Ahí tengo ya una rondeñita para que los niños me metan las palmas. Y ahí vamos, poco a poco.
R. Eso fue en 2023, bastante después del confinamiento. A la quimio le llamo, en mi psicología, ‘manzanilla con La Ina’ fresquita, que las enfermeras se meaban. Y fue bien. Mi cirujano, Curro, que es un fenómeno, y Miriam, que es mi oncóloga, a los que desde aquí les mando un abrazo enorme. Y por supuesto a todo el equipazo que tenemos, con el doctor Jesús Corral, que ha venido de Navarra al Hospital de Jerez, a la cabeza, y tiene la Asociación Xerezana de Investigaciones Oncológicas (Axio). Son todos, del primero al último, unos fenómenos.
"Debemos cuidar la sanidad pública, está en un hilo. Tenemos unos profesionales y un equipo humano increíbles, pero no te das cuenta hasta que uno no se ve ahí dentro"
R. Hasta que uno no se ve ahí dentro no se da cuenta de lo que tenemos. Deberíamos cuidarla porque está en un hilo. Tenemos unos profesionales y un equipo humano increíbles, y están en un hilo. Tenemos lo mejor y cada vez que se movilizan los médicos tenemos que estar ahí, a su lado. Crees que no te puede tocar y esto está a la orden del día. No hay edad. Y cada cosa tiene nombre y apellido. Fíjate en mi caso qué cosa más extraña.
R. Desde 2023 para acá me pegué casi sin poder andar, con bastones —señala los bastones que le hizo su Diego Montoya, palmero—. Y ahora he recuperado ya mi movilidad en los huesos. Con mi manzanilla. Ahí vamos de revisiones. Pero esto ya no te deja, porque una vez que entras ya no te dejan salir del todo. Y uno tampoco se deja, porque cuando te pones en situación hay que estar haciéndose revisiones.
R. Esto me ha enseñado, Paco, sobre todo, a valorar la vida. Es más, yo lo decía: si me fuera ahora mismo, no me importaría. Porque mira, gracias a Dios, mi familia, mi hobby... A nivel profesional he tenido la suerte de convivir con todos mis ídolos que he visto desde chico. Desde un Torta hasta un Panseco, hasta una Aurora, hasta los más jóvenes, que son todos colegas míos y amigos míos… que por cierto, me siento súper querido y súper apoyado por todos ellos.
Y la enseñanza principal, pues tener paciencia, a ser mejor persona, a darle importancia a lo que realmente la tiene, a no sofocarme por nada… aunque esté metido en una caravana con el coche… Te da como otra sensibilidad, una manera más apaciguada de ver la vida, de ver el mundo. Como si el mundo pasara más despacio y hubiera que saborearlo más, estos momentitos de charla…
…
Miguel Salado no eligió la guitarra. La guitarra, como él mismo dice, le eligió a él. Con nueve años, un regalo de su tío Juan bastó para que todo quedara decidido. Lo demás era inevitable: llevaba el compás en la sangre, emparentado con los Lara —el Tío Pacote— y los Peña, dos de los linajes más hondos del cante jerezano. Criado en las calles donde el flamenco no se aprende sino que se respira, su sonanta fue fraguándose en el mano a mano diario con maestros como Antonio Jero, José Luis Balao o Parrilla de Jerez, absorbiendo de cada uno lo que solo los años junto a un maestro pueden enseñar: la capacidad creativa del primero, la maestría en el acompañamiento del segundo.
Su guitarra no es una guitarra cualquiera. Alterna el sonido más genuinamente jerezano con falsetas de factura contemporánea, otorgando a su toque una frescura y un dinamismo que lo hacen difícil de confundir. Versátil y certero, su manera de concebir el flamenco raramente pasa desapercibida. Acompañar el cante es su mayor virtud, y por ello su sonanta se ha aliado con nombres como José Mercé, Paco Cepero, Aurora Vargas, Manuel Moneo, Rancapino, El Torta, Chocolate, Pansequito, Capullo de Jerez, Jesús Méndez o Antonio Reyes, entre muchos otros. También ha puesto la guitarra al baile de Joaquín Grilo, Merche Esmeralda y Carmen Cortés, y acompañó a Pastora Soler en su gira Corazón Congelado.
Su obra discográfica refleja esa trayectoria de fondo. Participó en Nueva Frontera del Cante de Jerez 2008, galardonada por el Festival Internacional de Las Minas como mejor producción discográfica del año, y ha dejado su firma en trabajos junto a Cepero —Abolengo, Corazón y bordón—, Vicente Soto Sordera, Jesús Méndez o José Canela, además de en el disco conmemorativo del centenario del nacimiento de Diego del Gastor, donde interpreta una rondeña. Con su grupo Al compás de Jerez ha exportado su toque por los mejores teatros y festivales del mundo, desde la Bienal de Sevilla hasta el Festival de Música de Berlín.
R. No he dejado de subirme porque es mi vida. Lo he hecho colaborando porque uno siente la necesidad de expresarse. Esto me cogió en una etapa mejor que nunca, porque en mis pensamientos nunca había estado grabar y componer. Los niños me han estado subiendo con el bastón, me han sentado en la silla, y yo no he dejado de tocar, la verdad. Ahora mismo estoy recuperándome de un tropezoncillo. Pero bueno, gracias a Dios... ¿tú cómo ves… para jugar de delantero, no? (Ríe)
R. Todo esto suma.
R. Claro, todo son vivencias. Yo digo como una frase que dijo Vicente (Amigo), que me encanta: al final no es uno el que expresa, sino que uno canaliza lo que te viene, y es el de arriba el que hace. Uno es un canal. Y para eso también me ha servido mucho todo esto, para hacer yoga, para meditar, para entrar en otros mundos que antes no conocía. Un aprendizaje, aunque pueda parecer contradictorio, muy, muy bonito.
"Yo quería ser guitarrista, pero para escuchar a los cantaores, para estar lo más cerca posible de Moneo; uno lo ve como un juego y, de repente, ya eres profesional"
R. Yo pienso que sí. Con nueve años me regalan una guitarra, mi tío Juan, y al cogerla yo ya sabía que quería ser guitarrista. Sacaba notables y sobresalientes en el colegio, era buen estudiante en La Salle. Pero fue en el instituto cuando Nano, y desde aquí se lo quiero agradecer, fue el primer artista en sacarme del núcleo de Jerez y llevarme a fiestas importantes, con Felipe González y con gente muy importante, y a festivales con Manuel Mairena. Con 13 o 14 años ya me vi yo en eso. Pero yo no pensaba demasiado. Uno no elige, eso sí lo tengo claro. La guitarra no se coge, como le digo a mis sobrinos y a los niños, para ganar dinero. La guitarra se coge para expresarse, para jugar con el instrumento y para evadirse del mundo. Después, si tienes que ganar dinero con ella, o subirte a un escenario, o llegar a ser artista, yo creo que eso es Dios o la misma vida que solo te lo pone.
Yo quería ser guitarrista, pero para escuchar a los cantaores, para estar lo más cerca posible de Moneo, para poder disfrutar, sin ánimo de nada más. Cuando ya te ves en lo alto del escenario, tocándole a tus ídolos, sin haber planeado nada... ahí ya, poco a poco, uno va tomándose las cosas en serio. Uno lo ve como un juego y, de repente, ya eres profesional. Y cuando ya uno es profesional no vale solo con la pasión, tiene que combinar también el oficio y esa dedicación que necesita.
R. Yo siempre he sido una persona muy libre en ese sentido. A lo mejor cuando iba con el maestro Balao y me hacía falta una falseta por granaínas, la cogía y me iba a un festival, la tocaba a mi manera, y a lo mejor no volvía hasta dos meses después. No he sido una persona muy constante en una edad en la que, a lo mejor... Como dice mi madre, habría que tener dos vidas: una para aprender a vivirla y otra para corregir todos los errores que hemos tenido con 15 o 16 años. Yo fui autodidacta, y no me arrepiento, porque hoy pones YouTube y se aprende como los búhos, de vista. Pero antiguamente teníamos los tocadiscos y las agujas, que las tenías que echar para adelante y para atrás, las agujas se partían... Eso te desarrollaba el oído y era otra forma de desarrollo. Me he sentado con muchos colegas a estudiar, horas y horas. Y ya con la maquinita de grabar las composiciones... Igual que me gusta el escenario, me gusta encerrarme aquí tranquilo. Me pongo mis dos micros y veo lo que va saliendo. Es una manera de autoconectarte con tu yo verdadero, de meditar, de evadirte. Y no sabía que me iba a gustar tanto este mundo. Todo me ha venido desde la pandemia para acá, como un volcán.
R. No sé lo que es, pero hay que hacerlo. Camarón que se duerme se lo lleva la corriente...
R. Con Aurora Vargas tenemos un feeling especial, nos miramos y nos entendemos a la perfección.
R. Fácil no es ninguno. ¿Por qué? Porque son dos personas que sienten de una manera. El guitarrista tiene que saber tatarear todos los cantes, pero claro, tarareas una soleá de Alcalá de una manera y el que está al lado, la siente de otra manera, y en vez de llevársela por un lado se la lleva por otro. Entonces, aparte de tu afinidad con el cante, tienes que tener ese instinto y esa intuición de estar sin molestar, siempre un pasito para atrás por si se va para otro lado, por si la intención cambia. Siempre al servicio del cante, ponérselo fácil. Yo creo que el guitarrista de acompañamiento tiene que ser muy, muy aficionado al cante. Que eso es lo que a mí me ha pasado. La pena que tengo es que tengo la voz muy fea, pero yo me paso todos los días cantando (ríe).
R. Muchos, la mayoría de mis compañeros.
R. Era buen guitarrista. Yo en una época, con mi amigo Manuel Valencia, nos juntábamos mucho, nos rozábamos en el tablao, y pude pillarle falsetas a Fernando. Falsetas buenas. Aparte de cómo componía, que tenía una musicalidad... Y claro, aparte su manera de cantar, que no vamos a inventar cómo cantaba Fernando. Pero la gente esa faceta de guitarrista no la conocía. Y a mí lo de cantar... Acompañar me fascina. Todos los cantaores tienen sus puntos. El cantaor, al no pensar y evadirse, que es cuando le viene la inspiración y es cuando llega la transmisión, ni sabe lo que está haciendo, y te tienes que meter en ese papel y estar con él.
R. Eso es lo más bonito. Lo más bonito es no ensayar y no saber lo que va a hacer el cantaor. Admiro a todos los guitarristas que hoy tocan para el baile, pero a mí me gusta mucho ser libre y tener inspiración en cada momento. No sabría tocar en un montaje que esté todo hecho de pe a pa. Lo haría porque soy profesional, pero me costaría porque me gusta ser libre. Y sentir esa sensación de no saber lo que va a pasar, eso es lo que me motiva.
R. Lo mismo. Claro, claro.
"Yo he sido toda mi vida autónomo e invito a todos los artistas a que lo sean, y sé que es difícil, pero hay que estar al día; estamos muy poco respaldados"
R. Fue en un viaje a Japón en 2011. Un amigo mío me puso en mi Macbook, que acababan de salir, el Skype. Y cuando yo vi que podía hablar con mi familia perfectamente desde allí, dije: cuando vuelva, me voy a poner a dar clases. Me decían que estaba loco: "¿Cómo puedes enseñar flamenco online?" Y yo me he llevado dando clases desde 2011. Ahora, después de la pandemia, todo el mundo no tuvo más remedio, pero desde 2011 yo ya tenía alumnos por todo el mundo. De Japón, de América, de Madrid, de Jerez. Internet en la pandemia nos dio de comer, la verdad.
R. Yo he sido toda mi vida autónomo e invito a todos los artistas a que lo sean, y sé que es difícil, pero hay que estar al día. Ahora mismo mi mujer es la que está cantando y yo voy por amor al arte, colaborando y expresándome, porque ahora mismo otra cosa no queda. Y estamos a expensas de lo que digan los médicos.
R. La SGAE aporta algo, pero poca cosa. Los autónomos estamos muy poco respaldados. Pero bueno, pa' un pan con manteca y pa' comer, se saca. Y mi mujer está ahí liada con Paco Cepero haciendo un tema, a ella siempre le ha gustado cantar, y la animo. Ya nos reinventaremos. También tengo ganas de ayudar a los demás que estén pasando por estos trances, y estoy planteándome escribir un libro sobre este proceso o sobre cómo uno ve la vida cuando lo atraviesa. Más que nada es por ayudar a los demás, porque cualquier palabra que te manden, cualquier gesto de una persona que pueda parecer insignificante, es una ayuda. A mí también. Yo no soy Dios, todos necesitamos en un momento una palabra o un abrazo, que eso te da la vida. Ustedes, por ejemplo, me habéis dado la vida, porque hace tiempo que no hacía entrevistas, y ahora mismo estoy aquí expresándome. Parece que no, pero es bonito expresarse y compartir un rato con los demás.
