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Antes que nada (y quizá después de todo), el Partido Andalucista fue sólo una empresa. La anécdota, que daría a Pedro Pacheco munición y casquería para una tanda completa de insinuaciones maliciosas, es tan cierta que aún puede consultarse su inscripción como Sociedad Anónima en el Registro Mercantil de Sevilla, fechada el 11 de mayo de 1970. Alejandro Rojas Marcos y su por entonces reducido grupo de compañeros y seguidores (casi todos estudiantes de Derecho, casi todos procedentes de la alta burguesía sevillana y casi todos relacionados de una u otra forma con el cristianismo de base), decidieron enmascarar bajo el estatus legal de una sociedad anónima (CP, S.A.) lo que en realidad era una organización política clandestina con vocación autonomista. De esa forma, a la postre peliaguda pero ingeniosa, además de granjearse toda suerte de puyas cuando en los congresos nacionales del partido se tiraba a dar  (“La fuerza de los cohechos”, llegó a rebautizar Pacheco el eslogan de uno de ellos), Rojas Marcos y compañía justificaban cualquier asamblea frente a una autoridad pública que comenzaba a tomárselos en serio después de concederles un crédito inusual, probablemente por esa cómoda extracción social de la que por contra parecían avergonzarse algunos de ellos.

Nació como una empresa y, a tenor de lo que cuentan los maledicentes, hay mucho de “empresarial” en el trasfondo del suicidio que el PA escenificó en su congreso extraordinario del pasado sábado 12 de septiembre, cuando a las seis y cuarto de la tarde aprobó su disolución tras cuarenta años de historia.

Sin apenas presencia institucional, al Partido Andalucista, sencillamente, no le salen las cuentas. Los acreedores tocan a la puerta de la sede con los nudillos en carne viva, las campañas electorales son largas y caras y los 319 concejales del partido y sus modestas asignaciones (cuando las hay) no dan para mantener una mínima estructura orgánica. La solución al crack financiero del PA podría pasar, insisten los mismos mal pensados de antes, por construir un partido nuevo, libre de cargas y, ya de paso, tunear las siglas y orear un poquito el ideario, que está falto de precisión y sobrado de ambigüedades, tocado por tanto pacto aleatorio y tanta escaramuza (batalla campal o guerra nuclear) interna.

Más que un análisis lo que demanda el PA es una autopsia. Y la autopsia rebela un colapso completo que no es la consecuencia puntual de un accidente (perder la representación en el Parlamento Andaluz, por ejemplo), sino más bien el resultado de un cuadro crónico que sus líderes, abducidos por sus vendettas personales o enfrascados en resolver los problemas inmediatos y no en atajar los de fondo, no han podido o no han sabido tratar.

Ambigüedad ideológica

Se supone que los partidos surgen para satisfacer las necesidades de representación de una sociedad y es obvio que en la Andalucía de los años 70 esa demanda existía. El nacimiento del PA y su tirón inicial pueden explicarse por la fractura entre el centro y la periferia que alimentó el franquismo, pero, sobre todo, porque los niveles de desigualdad que registraban las provincias andaluzas frente al resto de regiones españolas ponían en evidencia un claro agravio comparativo. Había una sensación (transversal y generalizada) de maltrato histórico que explosionó más tarde y que quizá tuvo como momentos clave, al menos emocionalmente, las manifestaciones populares tras la muerte de Caparrós y en los previos del referéndum de autonomía. A ese movimiento amplio y embrionario, en sus orígenes, le tocó fijar los pilares sobre los que habría de sostenerse en el futuro. Eligió dos soportes fundamentales: Andalucismo (de entrada en su concepción autonomista, más o menos radical) y socialismo (en ese sentido deslucido y camaleónico que luego bordaría el PSOE).

La primera evidencia clara que presenta el cadáver del PA es que nunca insistió de manera constante y sin vaivenes en esas dos ideas. El propio concepto de andalucismo ha pasado, en sus manos, por todo el abanico posible de interpretaciones (se le ligó, incluso, a los movimientos de liberación panarabistas, al regionalismo de baja intensidad, al nacionalismo republicano de Blas Infante, a la radicalidad autonomista de los 80 y hasta al independentismo suave, de inspiración peneuvista, siempre en voz baja y con la boca pequeña). En definitiva: heterodoxia conceptual, confusión de objetivos y cambio constante de referentes, un cóctel mortal para la afiliación y para el electorado.

En cuanto al apéndice socialista (hoy reducido en los estatutos a “progresista”), duró poco y en la práctica no casaba con la imagen de élite burguesa y liberal de sus líderes, a excepción de un obcecado Pedro Pacheco, que supo moverse durante casi 30 años entre la reivindicación de la izquierda y un populismo de facto que no tenía nada que ver con lo ideológico y que le acarreó grandes réditos electorales.

El resultado de esa laxitud ideológica fue el desclasamiento progresivo de las bases y la pérdida de identidad, hasta el punto de que a nadie le extrañaba ya que el PA pactara con el centro (aquella significativa moción de confianza a Suárez), con el PSOE en la Junta, con el Partido Popular en los ayuntamientos y hasta con Izquierda Unida si era necesario. El Partido Andalucista se convirtió en un recipiente vacío en el que, con la suficiente dosis de vaselina, cabía todo, en una marca cuya estrategia era que no había estrategia, en una ‘sociedad’ voluntariamente ignorante de la máxima de que la ideología sin partido es sólo metafísica y de que un partido sin ideología acaba percibiéndose como una herramienta para el mercadeo y la salvaguarda de intereses personales.

A bronca diaria

La segunda evidencia, más perceptible e igual de grave, es que el PA y sus circunstanciales escisiones (PSA, PAP), han sido un campo de batalla constante en el que sus líderes se han llamado de todo menos bonito. A Rojas Marcos le endosaron los suyos el marchamo de señorito y no hubo ya quien se lo quitara de encima, por mucho que el artífice del invento, como alcalde de la capital, multiplicara sus actos en barrios periféricos y se arremangara la camisa para acabar los mítines como un sindicalista bregado. Al sevillano le cabrá siempre el orgullo de haberse ganado el respeto de Felipe González, el otro tipo duro de aquel lado del Guadalquivir, quien temía su ascendente hasta el punto de vetarlo en la plataforma de oposición democrática que intentó nuclear la resistencia en los últimos años del franquismo.

En la esquina contraria del cuadrilátero lo esperaba, en posición fija de ataque, Pedro Pacheco, más joven y más carismático, con la credencial de sus mayorías en Jerez y un bagaje de gestión al que el PA sacó todo el provecho que pudo a pesar de que el alcalde estaba más tiempo fuera del partido que dentro (en su currículum figuran hasta cuatro expulsiones). A Pacheco le corresponde el mérito de haber obtenido los mejores resultados de los andalucistas en unas autonómicas (diez parlamentarios), aunque él mismo se quejara de que aquella campaña fue una enorme encerrona, diseñada ex profeso para quemarlo vivo, una trampa de la dirección en la que tuvo que recorrerse “toda Andalucía con un monovolumen y cuatro amigos”, prácticamente sin recursos y con los apoyos justos de su organización.

A toro pasado, resulta milagroso que el Partido Andalucista llegara a ganar y conservar alcaldías como Jerez, San Fernando, Sevilla o Algeciras con el panorama cotidiano de sus dirigentes lanzándose exabruptos y cuestionándose recíprocamente su honestidad. Pacheco llegó a acusar a Rojas Marcos, al que se refería en público como “el dirigente sexagenario”, de seguir en política por “intereses especulativos”. A Antonio Ortega lo llamó “el monaguillo que besa el calzado del sexagenario” y con frecuencia se refería a la cúpula del partido como “los traidores”. Mientras tanto, el PA de Ortega organizó uno de sus grandes actos de campaña en Jerez, con Pacheco ya liquidado, y advirtió a micro abierto que el andalucismo seguiría adelante “con Pedrito o sin Pedrito”. Entre medias, la resistencia de un suelo de votos de 50.000 papeletas y la salvaguarda de ciertas cuotas de poder municipal sólo puede entenderse por la existencia de un grupo admirable humano convencido (por tradición, ligazón sentimental o simplemente por ideas) de que el andalucismo acabaría cuajando en una sociedad que, al final, ha comprado antes el discurso sin discurso de Albert Rivera que la historia del PA. 

No es de extrañar, con semejante trayectoria reciente, que ninguno de los intentos por “revitalizar” el partido haya prosperado, a pesar de la incuestionable valía política de algunos de los que han pretendido encarrilar el rumbo de una nave que hacía aguas desde hace, como mínimo, década y media. Desarbolada y con las cuadernas rotas, la única solución era darle una “muerte digna” a las siglas (en palabras del propio Rojas Marcos), aunque todo parece indicar que la intención última es hacerle un lifting al cadáver, aplicarle un chute de electricidad y probar a ver si todavía resucita y es capaz de moverse con cierto garbo en las arenas movedizas de la nueva política, plagada de atractivos con los que competir.

Ahora, a los andalucistas de corazón, les toca sentarse y esperar. Probablemente no les dure demasiado la orfandad de siglas. Y, de todas formas, lo peor que puede pasarle al muerto, visto lo visto, es que cuando se levante lo haga con las tripas en las manos. Tampoco sería la primera vez. ¿Quién no se acuerda de aquel zombi llamado CDS? Todavía hay apoderados que se despiertan con pesadillas.

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