El “hombre de hielo”, Richard Kuklinski (1935-2006), con unos doscientos cadáveres a sus espaldas, sentía adoración por sus hijas y se emocionaba al reconocer el dolor que les había ocasionado cuando descubrieron que su padre era en realidad un asesino. El odio que alimentaba su conducta, y que era una constante en su vida, no fue capaz de paliar su amor paternal. Odiaba a todos, pero no a su familia: “Sería capaz de matar por ellas a cualquier persona de esta sala”, reconocía en una entrevista al psiquiatra Park Dietz.

¿Un monstruo con corazón? Una abominación, que, forjada por el fanatismo maternal y los golpes paternales, podría haberle reprochado a su padre: “Esta furia me ciega al comprender que piensas que no eres tú la causa de estas desgracias”. Sin embargo, la frase es de otro monstruo, la criatura de Frankenstein, que en larga conversación con su padre / creador Víctor (Henry en las versiones cinematográficas de James Whale, años 30), le enmendaba la plana a ese caprichoso que lo detestó tan pronto consiguió darle vida.

No quiso Víctor conocerlo, comprobar si detrás de su deplorable físico se escondía un halo de humanidad, como se vislumbra en las peroratas filosóficas del monstruo: “¿Cómo te atreves a jugar así con la vida y la muerte?”, le pregunta poco antes de exigirle la compañía de un ser como él, quizás la única manera de no sucumbir al dolor.

Se cumplen 200 años de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), la novela de Mary Shelley que revolucionó la literatura de terror, y, aún más, cualquier manifestación cultural relacionada con el horror. Muchos monstruos posteriores se han servido de las características de Frankenstein, apellido de su creador, por cierto, que ha pasado a nombrar por siempre al monstruo. Víctor ya no es Víctor Frankenstein, porque Frankenstein fue, es y será el monstruo. No hay mayor manera de ningunear a una persona que haciendo desaparecer su nombre, pero, irónicamente, la abominación es tan poderosa que se ha apropiado del apellido paterno hasta el punto de que mencionar Frankenstein es mencionar la cara del horror por antonomasia, solo en competencia con Drácula.

Se cumplen 200 años de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), la novela de Mary Shelley que revolucionó la literatura de terror

Pero al contrario que el vampiro, el monstruo de Frankenstein carece de atractivo, jamás podría presentarse en una fiesta de la alta sociedad, como sí el conde, y el origen de su maldad no procede de una necesidad biológica (la sed de sangre), sino del rechazo brutal del amor primero: el paternal. La conducta de un criminal no puede justificarse únicamente por una infancia atroz, pero con este monstruo se produce una injusticia mayor: se le arrebata del descanso de la muerte, se le arroja a la vida y se le abandona. Su desdicha solo tiene una compensación, de nuevo la tumba: “Debo morir y entonces no sufriré ya las agonías que me consumen ni seré presa de ansias insatisfechas y eternas (…)

No volveré a contemplar el sol ni las estrellas, ni sentiré la caricia del viento en las mejillas. No habrá para mí luz, sensaciones ni deseos… Así hallaré mi felicidad”. Una soledad profunda la de Frankenstein, como también la de Richard Kuklinski: “Probablemente soy la persona más solitaria del mundo”, dice este asesino en la citada entrevista, y la frase podríamos aplicársela perfectamente al “hijo” de Víctor.

En la novela, y visualmente en El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931), el monstruo manifiesta su bondad en más de una ocasión. En la famosa secuencia de Frankenstein con María, censurada durante un tiempo, el monstruo no pretende matar a la niña, sino hacerla flotar como las flores con las que juegan. No hay maldad en él, sino ignorancia porque nadie se ha preocupado de estar a su lado y enseñarle siquiera lo más básico. Ha sido vilmente vomitado a un mundo en el que no encuentra consuelo. La única persona en la que vislumbra un halo de esperanza es ciega, pero a la postre también esta amistad le será arrebatada, y queda claro así que no hay lugar en el mundo para él, que está irremediablemente condenado al ostracismo. Su búsqueda de la felicidad, que en el fondo es lo que mueve al hombre, es una tarea imposible porque se empeña en querer hallarla en el cariño del prójimo.

Su búsqueda de la felicidad, que en el fondo es lo que mueve al hombre, es una tarea imposible porque se empeña en querer hallarla en el cariño del prójimo.

Como el monstruo de Frankenstein, como quizás todos los monstruos, reales e imaginados con una pizca de corazón, Richard Kuklinski (aunque es difícil pensar que algo de corazón tuviera) había dejado atrás todo lo que le importaba (“Todo lo que quise se ha ido por las cañerías, todos los que me agradaban se han ido”) y estaba apartado, por los demás y sobre todo por él mismo, incapaz de encontrar otra salida a su desesperación que la violencia. Se lo había buscado, claro está. Y, al final, tanto Frankenstein como Kuklinski, la misma cara de una moneda, solo presentían la redención en su propia muerte: “Es hora de que me muera”, sentencia Kuklinski. “Así hallaré la felicidad”, concluye Frankenstein.

Y, en cierto modo, con la desaparición de los asesinos, el resto de los mortales nos sentimos más aliviados, pero incapaces tan solo de dudar si también fueron monstruos quienes tenían que haberlos cuidado en sus primeros años y, por el contrario, jamás tuvieron nunca con ellos un ápice de compasión.

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