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La verdad es que mi carta a los Reyes (Magos) la tenía que haber escrito antes de las elecciones generales. Es que después, ahora, lo que me parecía factible, echable (de que me lo echaran los Reyes) se me ha convertido en una depresión que no hay prozac.

La verdad es que mi carta a los Reyes (Magos) la tenía que haber escrito antes de las elecciones generales. Es que después, ahora, lo que me parecía factible, echable (de que me lo echaran los Reyes) se me ha convertido en una depresión que no hay prozac. Porque, incluso muy poco después de las elecciones, yo contaba con que, oídas las urnas, escuchadas y recontadas las urnas, y qué otra voz de la gente de este país hay sino las urnas, los votados se sentaran a reflexionar. Y a pactar. Porque mira que las urnas hablaron alto y claro. ¿Pues no era eso la ruptura del bipartidismo, que había que desajustar la cintura y ceñirla al contrario como en un baile de pueblo?

Pues eso. Pues no. Así que yo le pedía a los Reyes de Oriente que me trajeran (de vuelta) la excepcionalidad cultural, a ver, que tampoco este país fue nada especial nunca, pero por lo menos, un respeto a la gente que hacemos ese bien común, al que el común tiene derecho. Y ahí entraba la revisión de las políticas del Libro (digo revisión porque voy de suave: la elaboración de una política del libro, que incluyera naturalmente a las revistas culturales, y que instrumentara y revivificara el Instituto del Libro y la Lectura, ay) pero también la desaparición del odio al cine (practicado menos con algunos!), la obligación de producir cine (libremente, pero producir) a las cadenas de TV, y el apoyo a la música, a las músicas; el fortalecimiento de las sociedades de derechos de autor, y por supuesto, la desaparición de las leyes que desde el primer día de su mandato, el más largo de la democracia, al último, hizo el PP contra nuestro mundo.

Les pedía a los Reyes (Magos) no sólo la desaparición del maldito IVA cultural, sino la vuelta al canon por “repetición” aplicable a las grandes compañías de “repetidores”, y que gestionarían, con sabiduría (como hasta que llegó el PP) las sociedades de derechos de imagen y reproductibilidad. Colectivas y asumidas absolutamente por los sectores. Les pedía la abolición de la presurosa ley de propiedad intelectual, que nos expropia por las buenas. ¿Qué tal si les expropiamos los bancos? Y también, la revisión de la gestión de los centros públicos de cultura, las bibliotecas, los museos, los teatros, que tienen que seguir la política cultural que gane en las urnas, cuánto lo siento. No es cosa profesional, no: la gestión del Reina, del Prado, de la Biblioteca Nacional y del Real (por poner sólo cuatro ejemplos capitales) es cosa política. Y lo ha sido siempre. Incluso con el sistema de “concurso” del mundo mundial. Porque, con el respeto indispensable al patrimonio, y el respeto indispensable a la gente, hay proyectos y proyectos. Da para largo, pero si me lo piden, lo alargaré. Yo le pedía a los Reyes que volviéramos de las taifas al Estado.

Esa, con algunos detalles más, era mi carta a los Reyes (Magos). Pero claro, confesaré que estoy bastante desinflada. Entre las informaciones y las intoxicaciones, me han dado las navidades. Y encima, la polémica de las reinas… Yo soy feminista, y como llevo muchos años moviendo el tacón, y como firmo la columna, no creo que tenga que justificarlo ahora. Pero me parece una solemnísima bobada cargarse a estos santos coronados, la verdad. Ni la libertad, ni la Igualdad, ni la fraternidad, regalan nada. Son valores que hay que ganarse. Son valores que hay que practicar, y que enseñar a practicar. La educación para la ciudadanía (mira, también se la pedía a los Reyes) estaba para eso, hasta que la quitaron sin probarse apenas. Me da igual que una chica vaya vestida de Baltasar, o que no, en la cabalgata de Apañapalucos o de Madrid. Porque lo único que hay en los Reyes es el traje… El traje de Rey Mago. El mito maravilloso (y terrible, ojo) de los Reyes Magos. Un traje y una corona, de oropel. De fantasía, que se dice en la bisutería. Y en la literatura.

Yo es que creo en los Reyes Magos. Entre los momentos de mi vida que rescato como felices están las mañanas del día 6, cuando bajabas al sitio del zapato y... ¡oh! Ahí estaba, y a lo mejor no tenía nada qué ver con tu carta, pero... Y también esos otros en que volvías, casi entrada la madrugada, y ponías sigilosamente los regalos en el zapato de tu hijo… Creo en los Reyes Magos porque me lo explicó mi padre: por una fecha, son regalos por los que no hay que dar las gracias. A nadie.

Terrible, dije más arriba. Claro. Los pobres son mucho más pobres en Navidad. Y los regalos, más caros en la crisis. El mito de los Reyes de Oriente es pequeñoburgués, relativamente moderno, y genera dolor y frustración. Siempre lo generó, y ahora, con la crisis, llega a gente a la que no había tocado antes…

En el Museo de Artes Decorativas hay unos deliciosos Reyes Magos, de un palmo, poco más, de altura, vestidos (con telas) y españoles, de la época de Cervantes. Son de los primeros, y un estudio ad hoc dejará claro si el origen de los belenes es tan italiano como dicen… La práctica de los juguetes y regalos es posterior. Pero a mí me pilló. Como hija y como madre. Y me gustaría que me pillara como abuela.

Este año he sido buena. Muy buena, incluso demasiado buena, que decía mi madre. Y, como creo en los Reyes, con lo agnóstica que soy para lo demás, he puesto mi zapato en el balcón, y como es del 35 y me queda grande, y es un buen zapato precioso de tacón alto, como una escultura pop, no me va a molestar ahí durante todo el año. Porque lo que he pedido en mi carta tiene que ser traído en diferido, ustedes me entienden. No de una tacada, con nocturnidad y eso, ojalá. Sería un sueño haber amanecido el día 6, y zas. Que está ahí: todo lo posible, ya era real. Real de realidad. Y que no hay que dar las gracias. A nadie. Sólo a los votantes, y a los Reyes Magos.

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