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El bipartidismo no ha muerto, pero sale del 20D seriamente tocado. PSOE y PP suman la mitad de los votos emitidos, con una participación del 73%. En 2011, con 4 puntos menos de participación, sumaron el 73% del sufragio total. Solo una campaña mediática feroz, destinada a impedir como fuese el ascenso de Podemos, ha conseguido salvar de un naufragio mayor al binomio PP-PSOE. Pese a todo lo manipulado y lo inventado, los grandes partidos ya no podrán gobernar y turnarse en solitario, y dependen de las fuerzas emergentes para armar las mayorías necesarias. El PP logra una victoria diminuta, que le aleja del poder: se deja 3,7 millones de votos en las urnas, y obtiene el peor resultado que nunca obtuvo un ganador de las elecciones: los partidos más votados obtuvieron siempre más de 156 diputados; Rajoy se queda en 123, dejándose 65 respecto a 2011.

Se trata de un fracaso sin paliativos, que debería inducir a la renuncia del presidente del Gobierno, líder de un partido carcomido por la corrupción: el PP ya no es ni un grupo hegemónico ni una referencia: retrocede en las grandes ciudades, se hunde en las comunidades más relevantes, y se salva por su suelo madrileño, por el voto de los mayores de 65 años y por el clientelismo de las circunscripciones pequeñas.

El PSOE, por su parte, obtiene también el peor resultado de su historia moderna: con 90 diputados, 30 menos que hace cuatro años, queda cuarto en Madrid y obtiene 5,5 millones de votos, solo 350.000 más que Podemos: con todo, recibe un castigo menor del esperado. Su líder, Pedro Sánchez, tiene ahora tres opciones: dejar gobernar a un político indecente, aliarse con él, o intentar formar una mayoría de izquierdas con Podemos e IU.

Ciudadanos y PP no podrían bloquear ese pacto de programa, aunque la presión de la banca y de Europa para que PSOE y PP formen la gran coalición será muy fuerte. Pero los sondeos han afirmado que esa opción es la menos deseada por los electores, y sería nefasto que los dos partidos que más pierden se unieran para repetir el nefasto austericidio que ambos promovieron.

Los otros compañeros de viaje del 78 no salen mucho mejor parados. CiU, la tercera pata de la gobernabilidad histórica del sistema, se hunde al séptimo lugar, tras haber sido tercero en 2011 y no haber bajado nunca de ese mínimo. Otra lectura del 20-D es que la pinza derechista que ha promovido durante meses el conflicto catalán sale muy dañada. El PNV, otra fuerza tradicional, aguanta el tirón ante el empuje de Podemos. Y los restos de IU, Unidad Popular, son todavía relevantes: pierde 9 escaños y un 50% de los votos, pero mantiene casi un millón de sufragios; Garzón debería dejar atrás al viejo aparato del PCE y avanzar hacia la confluencia con Podemos.

La alianza a la portuguesa, que CTXT defendió antes del voto, sigue siendo la opción más plausible y saludable. Sumando los votos, la victoria de la izquierda es clara. PSOE, Podemos e IU suman un total de 11.000.000 votos, frente a 10.100.000 de PP y Ciudadanos. Ese debería ser el punto de partida para toda consideración sobre alianzas y pactos. Si el PSOE se acobarda y se pliega a los deseos de Alemania, Bruselas y seguramente Francia --la Gran Coalición--, sería su último servicio al bipartidismo de los negocios. Y en las próximas elecciones aparecería el fantasma del PASOK, y serían un regalo para Podemos.

Tampoco faltarán quienes reclamen elecciones anticipadas, pero el nuevo sistema es el que es: toca pactar, dialogar y encontrar mayorías plurales y distintas. Y la emergencia social, con un tercio de la población en riesgo de exclusión, aconseja formar cuanto antes un gobierno resolutivo, capaz de atajar la catástrofe humana y de reformar una ley electoral que ya no sirve.

La irrupción de Podemos (que con el 20,5% de los votos consigue 69 diputados, arrasa en Barcelona y sorpassa al PSOE en Madrid, Galicia, Valencia y País Vasco) es la gran noticia de las generales. Su llegada al Congreso dinamita el modelo de turnos, e incorpora al tablero la voz y la conciencia de las viejas mayorías sociales de izquierdas. Su pujanza en las grandes ciudades, donde prendieron el 15M, las mareas y los ayuntamientos del cambio, y su buen resultado en las comunidades históricas constituyen, como recordó anoche Pablo Iglesias, un aval político sin trampa ni cartón y el liderazgo para acometer las necesarias reformas territoriales.

El partido de Pablo Iglesias es, con Ciudadanos -este en menor medida-, el claro vencedor de las elecciones, la indiscutible fuerza del cambio. La otra novedad relativa, liderada de Albert Rivera, roza el 15% de los votos y los 40 diputados, y parece en principio destinada al papel de bisagra o muleta para posibles pactos a dos o tres bandas. El partido naranja tendrá que decidir si antepone sus supuestos deseos de cambio a su declarada intención de convertirse en sostén del PP y del sistema económico imperante.

El resumen del 20-D es que nace una nueva era. Es la hora de los pactos, y sobre todo el momento de escuchar la ola de genuino entusiasmo popular que ha convertido a Podemos en el tercer partido del país. Ese resultado, conseguido sin recursos económicos y con la prensa pública y concertada dedicada a defender a ultranza lo viejo -o lo nuevo de fachada-, obliga a los grandes partidos tradicionales a cambiar. Después de muchas acusaciones falsas y muchos miedos ridículos, una quinta parte del pueblo español ha dicho que es necesario contar con la opinión de Iglesias, Errejón y Ada Colau. El PSOE tiene una ocasión única para recuperar la sigla socialista. 

La mayoría de izquierdas es una noticia estupenda para España, y sobre todo para Europa. Es urgente que la UE, cada vez más cargada de odio, miedo y xenofobia, vuelva a poner la libertad y la justicia social en primer plano, que abra la política a los jóvenes y encuentre nuevas mayorías de progreso para que corra el aire en un sistema inicuo, demasiado sumiso con los bancos y las grandes corporaciones. 

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