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La verdad tiene su hora. Y la verdad de la voluntad política de la ciudadanía española, expresada en las urnas, la tendremos en la noche de este 20 de diciembre. Muchos dirán que esa noche será histórica, como corresponde a un momento en el que el curso de los hechos experimenta un punto de inflexión que marca el paso a una situación distinta. La verdad del resultado de las elecciones generales, sacándonos de la incertidumbre, nos ubicará en una realidad política diferente: la realidad que supone un parlamento en el que dos nuevas fuerzas políticas --Podemos y Ciudadanos-- habrán irrumpido de lleno, obligando a considerar definitivamente como pasado lo que se ha venido en llamar bipartidismo, como propio de una época que quedó atrás. Esa será la verdad de los hechos, modulada con la precisión que permita el recuento de votos para cada partido de los concurrentes a estos comicios.

Los partidos llamados tradicionales --PSOE, PP, IU y nacionalistas de diferentes comunidades autónomas-- tendrán que tomar buena nota de lo que suceda, computado como dato de la realidad, y, aplicándose una buena dosis de humildad, aprestarse para, en medio de lo que ocurra, ser capaces de hacerse cargo de lo que acontece y ponerse a su altura captando su sentido. Si no es así, estarán haciendo patente --lo diremos siguiendo al filósofo galo Gilles Deleuze-- un grave déficit de dignidad política, la colectiva y la personal de sus miembros, si no dan una respuesta a la altura del acontecimiento. En tal caso, será cierto que los mencionados partidos dejarán de ser incluso "tradicionales" por pérdida de la capacidad de enhebrar el hilo que conecta pasado y futuro, pues, negándose a comprender, quedarán varados en la orilla del tiempo pretérito, incapaces de transmitir en el presente --lo propio de una tradición viva-- impulsos hacia el futuro.

¿Cómo se plantearán las cosas por la derecha del espectro político, con esa repentina escisión que le ha sobrevenido entre la derecha "de toda la vida", conservadora bajo férula neoliberal, y la nueva derecha, neoliberal con ropajes remozados, libres del deterioro de la corrupción? Tendrán que decidirlo y no les será fácil, pues sabido es que los conflictos de familia se mueven en la arista que separa el amor y el odio. Sólo la fuerza gravitatoria del poder podrá hacer que se aproximen las respectivas órbitas en donde giran PP y Ciudadanos. Pero allá ellos.

Por el lado de las izquierdas, ¿cómo se resolverá la tensión entre lo tradicional y lo neonatal que su recién incrementada pluralidad implica? La cita ya está lanzada. Desde el momento mismo en que se conozcan los resultados deparados por la voluntad ciudadana expresada mediante el voto, las izquierdas han de tener muy claro que es de muy mala educación no acudir a una cita, máxime si es con los ciudadanos y ciudadanas que con su papeleta han hecho llegar un claro mensaje acerca de lo que en la reunión a la que se les convoca han de resolver. Lo que tienen que dilucidar en común no es otra cosa que lo relativo a un pacto postelectoral que permita presentar en el Congreso de los Diputados una clara alternativa al bloque que desde la derecha pretende mantenerse en el poder y controlar para sus intereses los resortes del Estado. Es decir, tal como se perfila el sucederse de los hechos, y considerando la hipótesis de que una alianza entre PP y Ciudadanos no logre cuajar o no llegue a proporcionar mayoría absoluta, lo que en definitiva ocurra supondrá para las izquierdas la insoslayable oportunidad de lograr un pacto que permita la viabilidad del gobierno de izquierda que España necesita.

Los partidos de izquierda, por tanto, pueden verse confrontados a una alternativa crucial, de modo que su misma dignidad política, por lo que a cada uno le afecta, se vea en el trance de afirmarse o perderse según se esté o no a la altura de lo que en verdad acontece. Podemos entender que la inexcusable cita a la que han sido llamados tiene por objeto conseguir un gobierno sólido y viable, como alternativa al que las derechas pudieran formar, de modo que fuera el transitable camino hacia los cambios económicos, las transformaciones sociales y la crítica política que nos permitieran derrotar todo lo que el neoliberalismo hegemónico ha supuesto en las últimas décadas y sigue suponiendo al día de hoy. Mutar los meros hechos en acontecimiento exigirá una lectura inteligente de los mismos y comprender el sentido de lo que en el preciso instante actual está en juego: la posibilidad de una política económica distinta, la oportunidad de emprender sin dilaciones la reconstrucción de una vida social muy dañada, la ocasión de retomar con fuerza la defensa del Estado de bienestar, la urgencia de una respuesta de federalismo plurinacional a la crisis del Estado español, el compromiso de erradicar la corrupción política, la necesidad de recuperar en Europa la democracia perdida, la capacidad de articular soluciones inclusivas a la cuestión migratoria y respuestas solidarias a la crisis de los refugiados... Todo ello, absolutamente imprescindible, de todo punto indispensable.

¿Por dónde empezar para hacer factible lo que puede ser? Procede en primer lugar acometer el derribo de los obstáculos que se alzan entre los partidos de izquierda, impidiendo que se puedan incluso diseñar los puentes para comunicarse entre ellos en busca del pacto poselectoral necesario. Los prejuicios de unos hacia otros han de ser superados y los juicios de unos sobre otros deben de ser modulados. Si las distancias de Podemos hacia el PSOE las han agrandado los rasgos de "vieja política" que éste presenta, las fuertes reservas del Partido Socialista hacia la formación morada no son ajenas a la disputa por la hegemonía de la izquierda emprendida por el partido que encabeza Pablo Iglesias, acompañada en muchos momentos por descalificaciones sumarias que se han hecho recaer sobre el más que centenario partido que fundara Pablo Iglesias Posse.

Desbrozado el terreno toca poner a punto los argumentos a favor del acuerdo posible, previa depuración de los efluvios verbales acumulados en los respectivos discursos a lo largo de las campañas electorales, seguido de un replanteamiento realista de pretensiones excesivas que por un lado y otro impiden la necesaria confluencia. Hablamos de cosas tales como la voluntad socialista de querer ser en solitario el único camino para desalojar al PP del poder o de la insostenible pretensión de Podemos de ser el nuevo partido que acapare los potenciales de transformación de la izquierda. Dejado atrás el lenguaje acalorado de la rivalidad  electoral, es paso siguiente trabajar el acuerdo en torno a políticas concretas que la sociedad española está reclamando para salir de las crisis en que se ve sumida. La operación es de tal calado que será más que interesante sumar a ella, al igual que el Bloco de Esquerda en el pacto que ha posibilitado el actual gobierno de Portugal, a Unidad Popular-Izquierda Unida para dotar a a la deseable alianza del máximo respaldo social y político.

De nuevo, por tanto, cabe pensar con fundadas razones que, ante el previsible panorama que presente la realidad parlamentaria que emerja tras las elecciones, la responsabilidad de las izquierdas se cifrará en ser capaces del pacto para la alternancia en el gobierno que tan urgente nos es por la imperiosa necesidad de alternativa a las regresivas e injustas políticas con que la derecha ha penalizado a la ciudadanía española. Un pacto de izquierda se vislumbra como la respuesta ante los hechos en la que las izquierdas pueden hacer valer la fuerza de sus votos y la dignidad de estar a la altura del acontecimiento que configura el momento histórico que estamos viviendo.  

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