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"Un país lleno de grietas y humedad saca banderas. Jamás vi tantas", sostiene Gerardo Tecé.

Cuando hace 20 años el PP estaba cerca de ganar por primera vez las elecciones generales, se dio una orden desde los despachos del partido: prohibidas las banderas de España en los mítines de Aznar. Un partido que se presentaba ante los españoles como de centro y moderno, no podía permitirse que, cada vez que el candidato saliera a hablar a una plaza de toros para explicar sus propuestas, aquello se llenara de banderas de España ondeando, muchas de ellas franquistas, llevadas desde casa por los animosos nuevos votantes de centro. Aquel ondear hubiera evocado cualquier cosa menos modernidad o cambio. Hoy, sentados en los escombros de aquella modernidad y rodeados de banderas por todos lados, no deja de ser curioso recordar aquello. 

Sentados en los escombros y rodeados de banderas la sensación no es tanto de frío como de otra cosa. Parecía frío cuando una bandera “sin complejos” golpeaba la cabeza del ministro Bono en una marcha de víctimas del terrorismo hace ya diez años. Parecía frío cuando, ante el derecho de los homosexuales a ser iguales, algunas banderas de España salieron a las calles en procesión junto a la iglesia o cuando los colores nacionales servían para oponerse a los avances en derechos de la mujer. Parecía frío pero no lo era. Era algo peor. Era humedad. 

El problema de la humedad es que no se nota hasta que no ha calado los huesos y cuando nos hemos querido dar cuenta, la España llamada “sin complejos”, las panderetas y las banderas son el pan nuestro de cada día. Son escenas que cuando nos hemos querido dar cuenta ya nos habían dejado de sorprender. Son ministros de Interior acompañados de curas y guardias civiles condecorando a vírgenes por su mérito policial. Son altos cargos de la política y de la iglesia llamando trigo sucio a los refugiados de otras confesiones que llegan a la España católica. Son comentarios de barra de bar del tipo pues mételos en tu casa, dichos por responsables públicos. Son portadas en diarios nacionales cargando en nombre de España contra quienes pretenden aportar algo de decencia desde dentro, en movimientos ciudadanos sin bandera.

Son partidos podridos de imputados llamando a colgar la enseña nacional del balcón. Son asignaturas para “españolizar” a los niños. Son ministros que no se cortan en insinuar que podrían salir los tanques en parte del territorio si esa parte no se siente como debe sentirse. Son alcaldes a los que se les premia la xenofobia hacia el extranjero haciéndolos candidatos autonómicos y líderes autonómicos a los que se les obliga a dimitir por sentarse a hablar de paz con el enemigo de la patria. Son ataques contra la gente del cine que no besa el escudo nacional como es debido o ataques contra los periodistas a los que les chirría que una bandera de España revolotee en la pantalla de programas infantiles. Son reacciones hipersensibles por bromas en twitter hacia víctimas “nacionales” y falta de sensibilidad desde el escaño hacia otras víctimas que, al parecer, no lo son tanto.

Son continuos discursos con consignas y frases vacías que incluyen la palabra España repetida tantas veces como veces ha saqueado quien la pronuncia. Son comentarios en la calle, como “si no te gusta, pues vete de España”. Son desfiles militares en los que se pasa lista para ver quién es buen español y quién no. Son cadenas de televisión públicas que han conseguido recrear en su programación la sensación ambiental de hace sesenta años sin que nos hayamos dado cuenta. Porque cuando quisimos hacerlo, cuando quisimos darnos cuenta, la humedad ya había calado por todos lados.

Un país sano y que funciona se dedica a trabajar para seguir funcionando. Un país lleno de grietas y humedad saca banderas. Muchas banderas. Jamás vi tantas. 


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