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Los dirigentes populares no saben cómo frenar a Ciudadanos, y solo aspiran a ganar en escaños al PSOE. Desconfían de Rajoy y prevén, que si hay desastre, Aznar tutelará el cambio.

El desánimo que las elecciones catalanas han provocado en las filas del Partido Popular no se debe tanto al resultado propio, por muy bajo que fuera (11 escaños, frente a los 18 obtenidos en 2010 y los 19 de 2012), sino al balance ajeno, más concretamente al resultado de Ciudadanos. A los dirigentes del PP les desconcierta que C's haya alcanzado más puestos en el Parlament, 25, de los que nunca obtuvo su partido. Cualquier análisis realista pasa por constatar que Ciudadanos, desde posiciones ideológicas muy cercanas al PP, ha sido capaz de entrar en sectores mucho más amplios de la sociedad, gracias a su novedad, pero también gracias a sus diferentes modos de actuar y de hablar a esa sociedad, y a su excelente estrategia.

Los dirigentes del PP saben que no entra ya dentro de lo posible cambiar al candidato presidencial y que tampoco es posible esperar que Mariano Rajoy se “reinvente” a sí mismo. Quizás puede mostrarse más activo, patearse otra vez el país y recorrer todos los platós televisivos y radiofónicos de España, es decir, trabajar mucho, pero, al término, no podrá cambiar su peculiar manera de expresarse ni su dificultad creciente para captar la atención o la simpatía de su interlocutor.

El desánimo, pues, del PP tiene difícil arreglo, porque sus problemas tienen muy poco margen para la solución. De hecho, la mayoría de los cargos intermedios del Partido Popular afirman que la operación de cambio de cara que protagonizan los nuevos vicesecretarios estuvo bien diseñada y que salió bien. Pero si esa operación fue correcta desde el punto de vista de la estrategia política, ¿por qué no mejora la imagen del partido? La única explicación, una vez más, sigue siendo el candidato presidencial. Los propios protagonistas de aquella operación, Andrea Levy, Pablo Casado y Javier Maroto, creen que han cumplido satisfactoriamente con su trabajo y se lamentan de que, pese a todo, se les incluya como parte de la frustración general.

Sea como sea, la gran mayoría de los cargos populares descarta cualquier movimiento anti Rajoy, por mucho que José María Aznar le alancee públicamente. Apartado el problema del candidato, queda por definir la estrategia para la campaña. Y ahí, nuevamente, surgen problemas muy serios.

Inicialmente se intentó difundir la idea de un futuro pacto con Ciudadanos, pero muy pronto los expertos se dieron cuenta de que C's sigue tomando posiciones fuertes en su electorado y que no era buena idea dejarles el campo completamente libre. Se imponía el ataque y la crítica. Pero esa es una estrategia muy difícil por su coincidencia ideológica de fondo. ¿Qué tipo de ataque es acusar a Ciudadanos de ser de centro izquierda? Suena realmente muy raro.

Tampoco es fácil atacar a C's por su posición respecto a la unidad de España, porque fueron, precisamente, las elecciones catalanas las que demostraron que el partido de Albert Rivera ofrece más garantías en ese campo que el propio PP y con la enorme ventaja de no provocar tanta crispación añadida. Someter a fuego graneado su programa electoral no es tampoco muy creíble: Ciudadanos defiende la bajada de impuestos (de hecho, ha hecho aceptar ya esa medida en Andalucía, donde Susana Díaz depende de su apoyo parlamentario) y presenta a un grupo de economistas que hace años hubieran podido fichar por el PP sin especiales problemas de conciencia, pero que se mantuvieron alejados por la evidente corrupción que corroía la organización popular y por su agresiva manera de colonizar las principales instituciones del país.

Quedan entonces pocas bazas que jugar en ese campo. Por supuesto, siempre se puede recurrir a la descalificación personal contra Albert Rivera y al ataque contra un supuesto pacto ya esbozado con el PSOE. El problema con esa estrategia del miedo es que no hay nadie en España al que le asuste el PSOE, mucho menos si se le asocia con Ciudadanos, algo que podría ser percibido casi como atractivo por los votantes más ilustrados del PP e incluso por algunas cúpulas financieras. Para atacar a los socialistas, el PP solo tiene un camino: unir su imagen a la de Podemos.

¿Qué estrategia oponer, entonces, a C's? “Ahora es muy difícil”, explica un dirigente popular. ”Habría que haberlo planteado al principio, pero claro, eso hubiera supuesto al mismo tiempo dar respuesta a las carencias e insuficiencias que iban mostrando el partido y el propio Rajoy”.

Así que la estrategia electoral del PP para el 20-D girará mucho más en torno al PSOE, con un único objetivo: conseguir quedar por delante en número de escaños. Esa es la única meta por la que se luchará: por mucho que se pierda, lograr superar al PSOE aunque sea por un único escaño. “Después ya veremos cómo se compone el gobierno”. La estrategia implica, por supuesto, estar convencidos de que C's no será capaz de producir el sorpasso que ansía Rivera, algo en lo que las encuestas dan, al menos por el momento, la razón a Rajoy. Los resultados de Podemos les preocupan mucho menos (salvo en lo que afecte al voto socialista).

La claridad con la que los populares veían su victoria, en minoría y por la mínima, pero victoria al fin y al cabo, empieza a enturbiarse. Las encuestas siguen dándole como partido más votado, pero ya hay suficientes señales de debilidad como para que asomen las dudas. Su seguridad se basaba sobre todo en la resistencia al cambio demostrada por el votante clásico popular, pero esa resistencia ha quedado ya en entredicho en Cataluña. El PP no consigue ser un proyecto atractivo para casi ningún grupo social y eso deja abierta la posibilidad de un voto que apoye al PSOE y a Pedro Sánchez, como alternativa, y a Ciudadanos y Albert Rivera, como socio seguro.

Aznar y D'Hont

José María Aznar no pretende nada concreto en estos momentos, por mucho que critique a Rajoy, pero si el PP no lograra superar al PSOE en número de escaños y votos, Mariano Rajoy quedaría tan abrasado (al igual que Soraya Sáenz de Santamaría y algunos otros de sus mayores apoyos) que ni siquiera podría aspirar a pilotar el proceso de elección de su sucesor. Ese sería posiblemente el momento en el que Aznar volvería aparecer, para tutelar los cambios y controlar un partido en desbandada.

“Por el momento, eso son habladurías de pasillo”, asegura un ex dirigente nacional, para quien el desánimo no se traduce en una percepción generalizada de derrota. “Internamente, el escenario es: sigamos adelante”. Las campañas electorales tienen sus propias dinámicas, que ayudan a mantener ese clima. Pero los encargados de hacer los números están nerviosos. La regla D´Hont, por la que se atribuyen escaños según los restos, en contra de lo que algunos creen no es beneficiosa para los dos grandes partidos en todos los casos. Lo es, y mucho, cuando tercero y cuarto no superan un determinado porcentaje de voto, pero complica mucho la situación cuando esos nuevos partidos superan holgadamente el 15%. En provincias con cuatro escaños, por ejemplo, el partido más votado necesita alcanzar más del doble de los votos del cuarto para lograr el segundo escaño. El 20-D puede ofrecer el resultado más extraño de la historia.

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