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Estamos viviendo el hundimiento del Régimen; el Régimen, de hecho, no pita, no atiende a su forma y nombre desde su reforma exprés, pásalo.

El pacto a la naranja es sobre todo, y antes que un programa, una lógica. Los programas, en fin, por aquí abajo nunca han existido mucho. Metáfora/verbigracia: las Cortes constituyentes del 77 no estaban en ningún programa. En el programa del PSOE del 77, lo que tiene guasa, en vez de eso había un referéndum para la forma del Estado. Podría haber habido otro tanga sí-tanga no, pues los programas, por aquí abajo, etc. Anyway. La lógica que viene a formular el pacto es la de la continuidad. Es, en ese sentido, una primera propuesta. Ya se irá mejorando. Disponen de varios días, o de varias semanas, o de otras elecciones, o de un gobierno, ahora o después de esas elecciones, que no durará más de dos años. En todo caso, tachán-tachán, la lógica ya existe. Ha sido formulada. Y eso es importante.

Es una lógica que a) aporta una solución a la crisis democrática y de bienestar europea. Concretamente, ningún tipo de solución. Asume b) los cambios estructurales en la democracia española emitidos por la UE y modulados por el PP, c) reduce la crisis del Régimen a su corrupción, d) propone una solución a la crisis territorial –con el diccionario RAE en la mano, esa solución es el integrismo; es decir, una vuelta a un pasado que nunca existió, y en el que los españoles son muy españoles y mucho españoles–. Explica, también, e) la lógica de la reforma constitucional –la ingeniería para abrir un melón y cerrarlo sin cicatrices, algo que, por otra parte, no han conseguido todavía los cirujanos plásticos I+D de Bervelly Hills; si bien, claro, hablamos de otros melones–. Volverá, vamos, a ser una reforma exprés. Rapidita, no sea que alguien la vea. Por lo demás –detalle importante; ya les daré la brasa al respecto en breve–, apuesta por la cultura como ideología / "la cultura como eje vertebrador del país", sic. Eso significa, literalmente, propaganda. El documento, de hecho, es una apuesta por el léxico. Es decir, confía en una industria propagandística que lo defienda. Lo que es mucha confianza. Una crisis de Régimen es, también, una crisis en su propaganda. Construcciones como contrato-progresivo-flexible, violencia-intrafamiliar, o reformismo-progresista se pueden quedar como chistes sin ella.

Hay, no obstante, precedentes patrios de cambio sin cambio. Me parece que es muy importante señalar que dos de ellos pueden ser el Gobierno de Berenguer y el Espíritu de Febrero, dos objetos fascinados por el cambio estático. Fracasaron. No estuvieron bien calculados. Algo, por otra parte, normal. Un hundimiento _estamos viviendo el hundimiento del Régimen; el Régimen, de hecho, no pita, no atiende a su forma y nombre desde su reforma exprés, pásalo– es, precisamente, también eso. Incapacidad para calcularse. Hay indicios de que los profesionales del sector calculan mal/están mal asesorados. La imputación de la infanta es uno. La Casa Real estuvo mal asesorada. Creyó que no iría a juicio. Es decir, así se lo aseguraron los listos. Ha habido juicio. Su celebración supone el fin de la monarquía. Literalmente. No será mañana. Pero ha muerto –la anterior murió, si se fijan, mucho antes de su muerte, en 1923, cuando iba a tutiplén–. Bueno. No están finos. Quizás este pacto también parte de un mal cálculo y asesoramiento. O no. Se verá en breve, o a medio plazo, cuando se vea el pacto completo. En todo caso, este encargo de gobierno y, más aún, de restauración de la Restauración –se supone que el pack es un encargo real; no entiendo por qué nadie lo dice/nadie habla del Jefe del Estado en los análisis políticos; es importante tenerlo en cuenta, porque es importante saber de dónde nace este pacto y cuáles son sus límites–, adolece, en este primer momento, de dos grandes problemas. La exclusión y la ausencia.

Exclusión: se excluyen otros nacionalismos. Supongo que esta novedad es una decisión calculada, un indicio del modelo de Estado que se avecina. Se calcula, supongo, que el Estado puede soportar esa tensión –incluso rentabilizarla, como hasta ahora– durante décadas. Es posible. Se excluye también al pack 15M –supongo que habrá intentos de repescarlo; supongo que no estarán bien calculados, como hasta ahora; supongo que el calculo actual consiste en que vendrán solos y por muy poco, como en la anterior edición, en los 70's; supongo que se equivocan–. Pero lo verdaderamente sorprendente son las ausencias. O, mejor, LA ausencia. O, mejor incluso, el ausente.

El pacto está hecho a la medida del PP. Podría participar en él tranquílamente, y sin renunciar a nada. Es más, debería de participar en él, sólo para seguir vivo, para pillar cacho en un gobierno. Por CDC sabemos que un partido con serios problemas judiciales, mata por estar en un gobierno, aunque no lo module enteramente. Un Gobierno es, en este trance, algo mejor que un acta de senadora. Lo natural hubiera sido que, por todas esas razones, el PP liderara este paacto, esta reformulación de la democracia española tras las directrices europeas. Lo lógico, en fin, sería que el PP participara y se confundiera con este intento de cerrar la crisis española con las herramientas y la cosmovisión de su derecha. Es más, lo más sencillo hubiera sido que el rey le hubiera encargado esa misión. Para la que, por lo visto, ya no es válido. Nadie, en fin, cuenta con el partido mayoritario. Lo que es un indicio de que el PP es el verdadero problema de este pacto/lógica que no contradice su cultura ni, glups, su legado.

Si se fijan, el pacto es la lógica, aún discreta, aún acomplejada, de una Gran Coalición. En la que no está presente, por patologías internas y personales, el PP. Al PP, en fin, le costó aceptar la Constitución, le costó aceptar la alternancia, le costó aceptar las reglas internas y sencillas del Régimen, que garantizaban a sus usuarios tranquilidad y estabilidad económica. En cierta manera, las implosionó. Es uno de los grandes responsables de este hundimiento que se pretende paliar. En contrapartida, el Régimen siempre le ha respetado su sitio y sus tiempos. Por lo que es  previsible que lo vuelva a hacer. De hecho, me atrevo a suponer que las partes incomprensibles de esta Gran Coalición minoritaria, de este pacto kamikaze, que se estrellará la próxima semana, consisten en esa espera. El final razonable de esa espera es que el PP más tarde que el resto, como siempre–, entienda la operación, vea que la puede hacer suya y la lidere. Por supuesto, con otro líder. Parece ser que ese es el gran escollo en este momento.

Suprimir al líder y seguir con sus políticas es un peaje barato y poco traumático. En Cataluña, algo parecido al homónimo del PP entendió eso en las últimas 24 horas del plazo otorgado para entenderlo. 

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