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Quizá los laboristas sean capaces de conectar con aquellos votantes de izquierda que empiezan a creer que tuvieron razón a los 20 años y que les engañaron a los 50
 

La elección de Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista británico no es una anécdota que refleje un instante de indignación y que vaya a terminar diluyéndose en nada, como se esfuerza el establishment británico y europeo por anunciarnos y por meternos hasta por las orejas. Quizás Corbyn no consiga superar la brutal oposición que va a encontrar en las filas de su propio grupo parlamentario o de la burocracia laborista y no consiga llegar a las próximas elecciones como candidato a primer ministro. Quizás llegue, pero obtenga un resultado electoral tan decepcionante, que le obligue a retirarse. Quizás llegue y consiga un resultado razonablemente bueno.

Nada de eso importa tanto como el hecho de que Corbyn puede ejercer un liderazgo fundamental en la izquierda europea promoviendo un debate sobre nuevas maneras de hacer política, sobre las ideas y los objetivos que debe proponer un renovado proyecto político de izquierda que se oponga, con rotundidad, al actual estado de cosas. Quizás, como afirma el historiador Martin Wright, él no gane las elecciones, pero abra el espacio para que aparezcan otros líderes socialistas que ahora le apoyen, o que le discutan, pero que compartan su valentía, su capacidad de movilización y su firme voluntad de cambiar las cosas.

Lo importante es que Corbyn puede impulsar todo eso no desde un nuevo y pequeño grupo político, sino desde uno de los partidos más importantes y fundamentales de la historia de la izquierda europea, el magnífico Partido Laborista de Aneurin Bevan o Clement Attlee. Su elección es una buena noticia para toda la izquierda europea. Quizá los laboristas británicos, que tanto y tan bueno han dado al socialismo europeo, sean capaces de volverle a dar ahora un proyecto capaz de conectar no solo con los jóvenes indignados sino con las clases medias, víctimas de un abuso desconocido desde hacía casi un siglo, y con aquellos votantes de izquierda que en toda Europa empiezan a creer que tuvieron razón a los 20 años y que les engañaron a los 50.

La clase dirigente del Partido Laborista intentó reaccionar después de la derrota de Ed Milliband como hizo la clase dirigente del PSOE cuando perdió estrepitosamente las elecciones de 2011. Pretendió evitar por todos los medios que llegara a la dirección del partido un nuevo equipo crítico con lo ocurrido y con una visión más radical. En España lo lograron con la frustrante elección de Alfredo Pérez Rubalcaba, dispuesto a dar la máxima continuidad al partido y a mantener una tibia línea de oposición mientras se recomponían los intereses de la clase dirigente económica. En Gran Bretaña, el camino fue mucho menos trillado. A Gordon Brown le sucedió Ed Milliband, que intentó un pequeño giro a la izquierda y fracasó en las elecciones de 2015. Era el momento, pensaron los herederos de Tony Blair, de volver a hacerse con las riendas del partido. Pero las primarias se cruzaron en su camino: los votantes prefirieron alzar a Jeremy Corbyn, justamente el mayor exponente de la crítica a la Tercera Vía y a todo lo que representa Blair. “El laborismo perderá las próximas elecciones”, advirtió el establishment británico, como si el laborismo no hubiera perdido ya las elecciones y como si la situación política no hubiera experimentado un giro enorme. Como si alguien estuviera tan loco como para pensar que Tony Blair, o quien reclame su herencia, podría ganar hoy las elecciones en Gran Bretaña. Lo más preocupante para ellos sería algo que Corbyn, más astuto de lo que suponen, ya ha apuntado: le interesa recuperar, atraer, a Ed Milliband y a su gente a un nuevo debate político.

Así que se está abriendo una puerta muy interesante. La incapacidad de la izquierda clásica, de los partidos socialdemócratas tradicionales, para hacer frente a la crisis económica, su negativa a romper las alianzas con los grupos financieros y a plantarles cara definitivamente para cambiar los métodos y sistemas que llevaron al expolio de las clases que ellos deberían haber representado, ha provocado una intensa reacción política. Primero, con la irrupción de nuevos grupos que desde el sur de Europa proponían la rebeldía y una manera distinta de enfocar los problemas. Ahora, desde uno de los mayores partidos clásicos de izquierda. Como dijo el senador demócrata norteamericano, candidato a la nominación presidencial, Bernie Sanders, amigo personal de Corbyn, “es hora de que haya líderes en cada país que les digan a las clases dominantes que no lo pueden tener todo”. Que propongan, con firmeza, políticas de defensa de la democracia capaces de controlar y recortar el inmenso poder del dinero.

Hasta el antiguo presidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet lo ha advertido, en un artículo que acaba de publicar: “En demasiadas ocasiones los bancos siguen sin cumplir con su obligación de servir a sus comunidades y al público en general”. Han sido los ciudadanos, “inocentes de cualquier mala conducta”, los que han tenido que pagar, a sangre y fuego, esas “malas prácticas” y nadie parece ser capaz, aun hoy, afirma Trichet, de castigarlas con suficiente firmeza. Quizás Jeremy Corbyn y el laborismo británico encuentren el camino para empezar a dar pasos en la búsqueda de una democracia que luche contra la increíble galopada de la desigualdad económica, política y mediática que estamos presenciando, un camino en el que los políticos dejen de contemplar a los ciudadanos como enemigos ignorantes. 

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