Como cada año hasta el 31 de marzo las familias se enfrentan a la en ocasiones complicada elección de colegio para sus hijos.

Cuando quedan unos días de margen para tomar la decisión, en estos momentos muchas familias se encuentran todavía inmersas en el proceso de buscar colegio para sus hijos. Una decisión importante porque aún sin ser el único, la escuela es uno de los pilares que sustenta la educación de los niños. Los cambios en la propia sociedad y los años de crisis han contribuido a complicar todavía más la elección, convirtiendo una decisión que debía ser sencilla en un momento casi dramático para algunos. Hay que tener en cuenta tantas variables que los padres acabamos confusos, angustiados e incluso insatisfechos con lo que “toca”, porque no son pocos los casos en los que el azar es decisivo en la asignación final del centro.

A la hora de buscar colegio creo que el punto de partida para todos es que tipo de educación nos gusta y queremos para nuestros hijos. El primer problema con que nos encontramos es la brecha que puede existir entre lo que buscamos y lo que se nos ofrece. Si pienso en el panorama cuando hace 10 años buscábamos cole para mi hija mayor me doy cuenta de lo mucho que han cambiado las cosas. Las pedagogías alternativas, de las que ahora tanto oímos hablar los padres, eran poco conocidas fuera de círculos estrictamente profesionales. En muy poco tiempo hemos pasado de que sean valoradas por unos pocos a ser conocidas por muchos padres que nunca antes se habían planteado que pudiera existir una educación diferente de la que ellos recibieron.

Montessori, Waldorf, escuelas libres, Reggio Emilia, Freinet, las comunidades de aprendizaje, las escuelas bosque…vivimos el boom de las pedagogías alternativas. Y no es casual. Este interés tiene mucho que ver con los cambios en la sociedad y la falta de adaptación del sistema educativo a estos cambios. Reformas ha habido unas cuantas y fracasos otros tantos. Si cuestionamos el sistema educativo tal como está planteado y tenemos un mayor acceso a conocer corrientes pedagógicas diferentes, es lógico que se busquen alternativas. Con las consiguientes dudas sobre si estas son realmente mejores. Una complicación adicional, y no menor, que nos crea dudas más allá de la elección entre los colegios de la zona o los que tienen aula matinal o comedor (como ejemplo de otras variables de peso a la hora de decidir). Una complicación que exige a los padres conocer de verdad lo que se propone desde cada corriente, independientemente de modas que atribuyen todas las virtudes a estas nuevas pedagogías (muy recomendable el libro “Otra educación ya es posible”, de Almudena García, para aclarar diferencias entre unas y otras como alternativas al modelo tradicional).Una complicación que nos lleva a buscar si existen colegios que funcionen realmente de forma diferente si es que buscamos esa diferencia.

Cada vez es más fácil encontrar colegios que trabajan de manera distinta (también en el ámbito de la pública cuando hace años estaba restringido a centros privados).

Me pongo en situación y me echo a temblar. Paso uno, padres que han leído, buscado en internet, consultado, contrastado y decidido como quieren educar a sus hijos contando con el colegio como aliado. Paso dos, padres entusiastas e ilusionados que se disponen a buscar ese cole que se ajuste a sus demandas, que responda a sus expectativas, que les guste y donde su hijo va a ser feliz. Paso tres, padres que se enfrentan a la dura realidad de que una vez encontrado hay variables que deben contemplarse y que llevan, en algunos casos, a tener que cruzar los dedos y esperar a que los astros se alineen y una serie de factores azarosos estén de su parte (donde viven y que colegios tocan a esa zona, demanda de plazas ajustada a la oferta, sequía demográfica en el año que nació el niño frente al babyboom de otros años…). Paso cuatro, padres que pasarán noches de insomnio o de pesadillas si son de sueño fácil, mientras toman la decisión final primero y hasta que salen las listas de admitidos después.

Para los que han completado el paso 1 y se encuentran en el paso 2, la buena noticia es que se está viviendo un momento de cambio importante en la realidad educativa de nuestro país. Un momento de “revolución” que ha favorecido el que la oferta en los centros educativos se haya diversificado porque hay un profesorado sensible a las nuevas pedagogías, a nuevos enfoques más en consonancia con los nuevos tiempos y la sociedad. Cada vez es más fácil encontrar colegios que trabajan de manera distinta (también en el ámbito de la pública cuando hace años estaba restringido a centros privados), a pesar de las trabas impuestas en muchos casos por la administración. Iniciativas que recogen el legado de Montessori, de Steiner, de Malaguzzi y hasta de Arno Stern, que trabajan por proyectos, que funcionan como comunidades de aprendizaje… Y en Jerez cada vez son más los centros que marcan la diferencia en este sentido.

El paso 3 es más delicado porque no depende de nosotros. Y es realmente fastidioso. En una situación ideal todos los colegios debían funcionar tan maravillosamente bien que cada niño debía asistir al más próximo a su casa y los padres debían estar encantados porque su hijo iba a recibir la educación deseada en ese centro. Podrían funcionar los caminos escolares y los niños ir solos al colegio. No habría entonces maniobras extrañas para conseguir plazas en colegios fuera de tu zona, ni maniobras desde arriba y fuera de toda lógica para cambiar las zonas y contentar a la mayoría. La realidad es muy distinta por factores azarosos y otros que lo son menos. Hay colegios que son objeto de deseo y desatan pasiones. Hay años de babyboom y años de muy pocos nacimientos. Colegios donde no hay comedor o han suprimido el aula matinal. Y uno se enfrenta a lo que imaginó y a lo que se encuentra. Poco podemos hacer, a pesar de que ha habido importantes cambios pedagógicos (para bien) en los últimos años, hay otros aspectos negativos que sólo podrán cambiar después de reformas profundas y bien llevadas a la práctica.

A los que estéis en el paso cuatro, suerte y a llevarlo lo mejor posible. La escolarización de mi hija mayor la imaginé placentera, como un momento de disfrute familiar en el que pasaríamos el verano previo al comienzo del curso transmitiéndole nuestro entusiasmo por el que iba a ser su fantástico colegio. No pudo ser. No nos dieron plaza en el colegio que solicitamos y vivimos la angustia de no saber hasta última hora donde estaría escolarizada. Hubo final feliz porque la mandaron a un colegio que resultó ser la mejor de las opciones y que le ha proporcionado unos maravillosos años de primaria a ella y a su hermano. Tuvimos mucha suerte. Pero recuerdo aquel angustioso verano, esa frustración de no poder tener lo que queríamos, esa impotencia frente a los fraudes de domicilio. Y conozco muchos casos en los que esa angustia se ha prolongado durante años.

Recuerdo aquel angustioso verano, esa frustración de no poder tener lo que queríamos, esa impotencia frente a los fraudes de domicilio.

Frente a esto sólo cabe trabajar desde todos los ámbitos por una educación de calidad que llegue a todos. Aunque se van haciendo cosas y hay excelentes profesionales implicados en cambios reales (benditos maestros), el sistema sigue haciendo aguas por muchos sitios. Y las instituciones, los políticos, la administración, siguen sin estar a la altura. Caso práctico, real y en primera persona. La historia de la escolarización de mi hija tuvo un segundo capítulo para rematar aquel “drama”. Ocho años después de no ser admitida en el centro que solicitamos nos llamaron porque se había resuelto un proceso judicial en el que se embarcaron algunos padres cuyos hijos tampoco fueron admitidos aquel año (nosotros no llegamos a tomar medidas). Según esta resolución se expulsaba a varios niños que estaban escolarizados en el centro desde hacía 8 años y se admitía a los que ocho años atrás quedaron en lista de espera. Claudia siguió en su colegio, un colegio en el que estoy convencida de que ha recibido una buena educación y ha sido feliz. Además los niños no pueden ser los que sufran los errores de un sistema que a veces da la impresión que juega con ellos.

Si las instituciones no se mojan en muchos aspectos y mientras seguimos esperando cambios en positivo, no perdamos de vista que comunidad educativa somos también tú ,yo y el vecino. Además de los docentes, algunos auténticos protagonistas de la revolución educativa real que está cambiando las cosas desde dentro, a las familias también nos toca implicarnos. Nos toca exigir, pero también nos toca dar. Porque la educación es cosa de todos y esos pequeños cambios pueden ser el motor del cambio definitivo que nos conduzca a la educación de calidad que todos queremos. Entonces escoger colegio, será más fácil. Y tendrá final feliz como lo tuvo en nuestro caso.

Sobre el autor:

Estefanía Escoriza

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