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Maese Salguero el organista retrata seis siglos de la parroquia mayor de Los Palacios porque también es historiador

La Diputación de Sevilla publica el primer tratado completo de Santa María la Blanca, en el que se abordan los desconocidos tesoros escultóricos, pictóricos y textiles de este templo

  • Francisco Javier Salguero Mejías posa con su publicación junto al teclado del órgano parroquial.

El niño Francisco Javier Salguero Mejías, nieto por vía paterna de Salguero el cronista de El Rocío y por vía materna de Mateíto el del Gran Poder, ya no es un niño, sino un historiador titulado en el máster en Patrimonio Artístico Andaluz y su Proyección Iberoamericana por la Universidad de Sevilla, donde lleva un lustro dando clases mientras termina, desde el Departamento de Historia del Arte, su tesis doctoral sobre la Sacristía Mayor de la Catedral.

Pero en la parroquia de su pueblo, donde se ha criado, la mayor de Santa María la Blanca, no han terminado de creérselo hasta que se presentó esta semana con el catedrático Juan Clemente Rodríguez Estévez y su primer libro bajo el brazo, editado por la Diputación de Sevilla y con el título largo y bienintencionado de Santa María la Blanca. Una parroquia para Villafranca y Los Palacios.

  • Javier Salguero, en el centro, acompañado el miércoles por el catedrático Rodríguez Estévez y el párroco de Santa María la Blanca.
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A sus 30 años, el también organista de esta parroquia, a la que lo une asimismo la Hermandad Sacramental y el proyecto fructífero de haber podido rehabilitar su retablo mayor junto a un grupo de otros jóvenes historiadores del arte, ha demostrado con este compendio de todo lo que se sabía sobre el templo más antiguo de su pueblo que no ha desaprovechado ninguno en sus miradas personales y que, más allá de lo publicado durante el último medio siglo por otros historiadores locales como Antonio Cruzado, Julio Mayo o Fernando Begines, no ha tenido empacho en encerrarse durante años en el archivo parroquial para aclarar o descubrir por sí mismo aspectos nuevos sobre la fábrica del templo, sobre su patrimonio mueble y sobre su significación en la construcción de una identidad local que no se entendería tantos siglos después sin el perfil de su parroquia y la torre de su campanario, como él mismo atestigua al acordarse de los versos de Paco Cabrera, de las sabrosas fotografías de Roque el Retratista o del capítulo dedicado al templo por el más insigne de los escritores palaciegos, Joaquín Romero Murube, en su Pueblo lejano.

El resultado ha sido un riguroso libro de 300 páginas, provisto de buenas fotografías y de generosos apéndices dedicados a documentos históricos e inventarios desde el siglo XVII, en el que el estudioso Salguero recorre minuciosamente no solo el origen y el devenir de esculturas, retablos, orfebrería, textiles y pinturas de la iglesia más antigua del pueblo, probablemente de finales del siglo XIV, sino la historia de su vinculación con el propio origen de una localidad señorial y vinculada a los duques de Arcos, Los Palacios, que parecía destinada a unirse con Villafranca de la Marisma, aunque no lo hiciera hasta 1836.

Vista de
  • Vista de "Palacios" en `Civitatis orbis terrarum", de G. Hoefnagel y F. Hoghenberg, donde se aprecia la antigua parroquia.
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De hecho, uno de los capítulos más llamativos del comienzo de la obra se dedica a demostrar cómo la iglesia del Ducado de Arcos no solo sirvió para la población de Los Palacios sino que fue la de Villafranca de la Marisma, un pueblo vecino y distinto que contaba desde comienzos del siglo XVI con su propia ermita de San Sebastián, la que presionó directa o indirectamente para que se ampliaran las instalaciones de aquella parroquia estrictamente palaciega porque sus dimensiones eran claramente insuficientes para una feligresía real que pronto superó las 3.000 personas.

El libro de Salguero viene a demostrar, paulatinamente, que antes de aquel decreto gubernamental de 1836 por el que tanto otros pueblos limítrofes terminaron uniéndose en toda España, la iglesia de Villafranca de la Marisma y Los Palacios fue un poderoso nexo de unión cuando la vida sacramental estaba más íntimamente ligada a la vida cotidiana, el pueblo se encomendaba a la Providencia por tantas epidemias como lo asolaban y las cosas de valor se medían en reales de vellón.

Entre las referencias pictóricas que suponen grabados como el de Hoefnagel y Hoghenberg de 1597 (Civitatis orbis terrarum) o la vista de Los Palacios y Villafranca aparecida en la Guía del viagero en ferro-carril de 1864, Salguero comienza su libro reconociendo la escasa documentación de todo tipo que se tiene del primitivo templo, el que debió edificarse  entre 1374, el año de la Carta Puebla concedida por Fernán González de Medina, el adelantado de Enrique II, y “unas fechas cercanas a 1425”. Sin embargo, ya en 1466 aparece, refiere él, la denominación de Santa María la Blanca “en la cesión de Juan Ponce de León a su hijo Manuel del lugar de Los Palacios”.

  • Vista de Los Palacios y Villafranca en 'Guía del viagero en ferrocarril', de 1864, donde la parroquia ya es arquitectónicamente otra.
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Y habrá que esperar hasta 1492, el año del Descubrimiento de América pero sobre todo de la orden de expulsión contra los judíos dictada por los Reyes Católicos, para volver a tener referencias sobre la parroquia gracias al testimonio de su primer párroco, el también conocido como Cronista de los Reyes Católicos, Andrés Bernáldez, que terminaría enterrado en el templo allá por 1513, una fecha en la que ya hacía 12 años que los villafranqueses habían conseguido su propia Carta Puebla por parte del Concejo de Sevilla pero que seguían faltos de espacio litúrgico porque su pequeña ermita dedicada al mártir San Sebastián se antojaba muy limitada para una población tan practicante que no tardó en fundar la Hermandad de la Vera Cruz (en 1566).

Fue el propio duque de Los Palacios el primero que sugirió ampliar aquel primitivo templo antes de que la competencia que le suponía Villafranca de la Marisma se tradujese en un exilio de sus propios vecinos al pueblo de al lado o antes de que el pueblo de al lado lograse convertir su ermita en parroquia, y aquella disputa histórica duró más de dos centurias, hasta después de que la Hermandad del Gran Poder erigiera una capilla propia en las inmediaciones de Santa María la Blanca e incluso de que se erigiera una capilla de la Aurora por parte de la recién nacida Hermandad del Santo Rosario o que tuviera visos de realidad el construir otro templo más equidistante a ambas localidades.

En el templo primitivo insiste Salguero solo a través de testimonios históricos como el del cura Andrés Bernáldez, que en sus crónicas narra cómo vivió el seísmo del Viernes Santo de 1504, conocido terremoto de Carmona. Es el propio cura Bernáldez el que cuenta cómo la techumbre de aquel primitivo templo “comenzó a crujir como si fueran por encima corriendo muchas personas, y entonces volví a la iglesia hacia el Monumento que estaba en el altar mayor e vi como la iglesia se acostó mucho toda a un cabo, e volvióse a enderezar, y la tierra se bulló mucho y se estremeció”.

Desde luego, a lo largo de aquellos siglos XVI y XVII, el templo era mucho más pequeño de lo que los palaciegos lo conocen hoy, y tenía un campanario, también mucho más bajo, en un costado y no sobre el coro como actualmente, pues la gran obra que configuró definitivamente la parroquia y su campanario de estilo neoclásico no terminaría hasta 1795, que es cuando el libro de Salguero entra verdaderamente en faena, justo antes de la época en que la parroquia sufrió su enésimo deterioro estructural a pesar de distintas obras y parches y han de ser los maestros sevillanos Manuel Núñez y Fernando de Rosales los que acometan la gran reforma y ampliación, hasta el punto de que ya a finales del siglo XVIII, cuando la población contempla su parroquia como recién nacida, empieza a conocerla como “la iglesia nueva”, que Salguero explica y analiza fijándose en su nueva estructura, la disposición de sus columnas marmóreas y toda esa estética ilustrada que suponen en el ornato de su interior los resaltos de su cúpula, la decoración de sus cornisas y los entablamentos que ocupan las enjutas de sus arcos formeros, al margen de la particular diafanidad que presenta el templo con respecto a otros contemporáneos y un especial estudio de las linternas de las capillas de San Joaquín y Santa Ana y de las Ánimas, reproducciones a pequeña escala del primer cuerpo de campanas de la nueva torre.

La torre-campanario: inteligente sinfonía

A la torre que conocemos hoy, la construida en 1795 y que desde entonces se ha convertido en un auténtico icono del pueblo junto al abrazo de los dos hombres que aparecen en el escudo local y el bombón colorao, como reconoce Salguero en un simpática referencia al tomate de su pueblo, se le dedica buena parte del libro, no solo por la funcionalidad histórica de que la elevada altura de sus campanas sirviese para convocar fehacientemente a toda la población, también a la de Villafranca, sino porque ese símbolo local que en principio era blanca y ocre –y no rojiza como hoy, desde 1903- no iba a contar inicialmente con dos cuerpos de campanas, sino solo con el primero, según se recoge en el proyecto del maestro Rosales, y sin embargo fue durante la propia construcción cuando se decidió hacer también el siguiente, aunque curiosamente no haya quedado recogido el repentino cambio en los expedientes del archivo arzobispal al que ha accedido Javier Salguero.

Por otro lado, el autor del libro, que se refiere a la incorporación de viejas campanas y esquilas nuevas como las bautizadas como Nuestra Señora del Rosario o San Miguel, se detiene a reflexionar sobre el hecho de que el arquitecto de la torre la pensó igualmente como un “gigantesco instrumento sinfónico” al acoger en su interior hasta tres estancias dedicadas a diversas funciones musicales vinculadas a la liturgia: el coro inserto a sus pies para acoger himnos y salmos, la tribuna del órgano como acompañante del canto sagrado y el remate de las campanas para convocar con su sonido a las distintas celebraciones.

  • Vista de la torre-campanario de Santa María la Blanca en una deliciosa foto de mediados del pasado siglo, obra del retratista local Francisco Estévez 'Roque".
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Por lo demás, el resto del libro se dedica a analizar el rico patrimonio del templo, empezando por el ornamento de la nueva iglesia totalmente ampliada a partir del siglo XIX, desde las cajonerías de la sacristía hasta las verjas de hierro en la capilla del Sagrario y el altar mayor (luego en el coro), pasando por altares cerámicos como el de la Virgen del Rosario, vidrieras, púlpitos, ángeles lampareros, retablos, pinturas, cruces, custodias, varales, cetros, coronas, candelabros, cálices, copones y dalmáticas.

Entre todo este tesoro, Salguero no solo se detiene en objetos desaparecidos (como las pinturas de San Fernando o los Santos Cosme y Damián que se encontraban hasta mediados del siglo XVIII en la sacristía-, en obras valiosísimas como las pinturas del retablo principal, la de Pablo Legot, o la de la capilla del Bautismo, y en los nombres de grandes benefactores, sino en algunas piezas de especial relevancia que habían pasado desapercibidas hasta ahora.

La primera, el Crucificado del presbiterio, del que se desconoce su autor pero que ya aparecía registrado en aquel primer inventario de 1686; la segunda, la gran cruz de plata también del siglo XVII; la tercera, una crismera del siglo XVI y que es calificada por Salguero como “la pieza de orfebrería más antigua conservada en la parroquia”; y la cuarta, un terno de terciopelo bordado en oro (casulla de guitarra y dos dalmáticas) que la tradición oral venía atribuyendo a la época de los Reyes Católicos pero que en todo caso es del reinado de Felipe II.

Capítulo aparte le dedica Salguero al órgano, a su órgano, el que él mismo toca en tantas solemnidades y del que se tiene constancia documental desde 1745, obra del mismo organero de la catedral por aquellos años, Francisco Ortíguez, aunque la parroquia contara ya con organistas desde mediados del XVII. Después de recorrer la historia del gran instrumento parroquial, hasta llegar a los años de su propia adolescencia en que los parroquianos José Manuel Caro y Antonio Galán se afanaban en su última limpieza y reparación (bajo la supervisión del organista Fernando Collantes de Terán), Salguero documenta que, hace casi cuatro siglos, “el organista parroquial percibía cada año 12 fanegas de trigo y 5.984 maravedíes, perteneciéndole aparte 23 maravedíes por cada fiesta o misa cantada”. Los tiempos han cambiado tanto, que hoy ni siquiera le pagan al organista oficial por haberle regalado al pueblo el primer tratado completo de su primera parroquia, provisto finalmente de una generosa bibliografía. Pero, como dijo Manuel Machado de las coplas, “procura tú que las coplas / vayan al pueblo a parar, / aunque dejen de ser tuyas / para ser de los demás. / Que, al fundir el corazón / en el alma popular, / lo que se pierde de nombre / se gana de eternidad”. Pues eso: tiempo al tiempo.

El niño Francisco Javier Salguero Mejías, nieto por vía paterna de Salguero el cronista de El Rocío y por vía materna de Mateíto el del Gran Poder, ya no es un niño, sino un historiador titulado en el máster en Patrimonio Artístico Andaluz y su Proyección Iberoamericana por la Universidad de Sevilla, donde lleva un lustro dando clases mientras termina, desde el Departamento de Historia del Arte, su tesis doctoral sobre la Sacristía Mayor de la Catedral.

Pero en la parroquia de su pueblo, donde se ha criado, la mayor de Santa María la Blanca, no han terminado de creérselo hasta que se presentó esta semana con el catedrático Juan Clemente Rodríguez Estévez y su primer libro bajo el brazo, editado por la Diputación de Sevilla y con el título largo y bienintencionado de Santa María la Blanca. Una parroquia para Villafranca y Los Palacios.

  • Javier Salguero, en el centro, acompañado el miércoles por el catedrático Rodríguez Estévez y el párroco de Santa María la Blanca.
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A sus 30 años, el también organista de esta parroquia, a la que lo une asimismo la Hermandad Sacramental y el proyecto fructífero de haber podido rehabilitar su retablo mayor junto a un grupo de otros jóvenes historiadores del arte, ha demostrado con este compendio de todo lo que se sabía sobre el templo más antiguo de su pueblo que no ha desaprovechado ninguno en sus miradas personales y que, más allá de lo publicado durante el último medio siglo por otros historiadores locales como Antonio Cruzado, Julio Mayo o Fernando Begines, no ha tenido empacho en encerrarse durante años en el archivo parroquial para aclarar o descubrir por sí mismo aspectos nuevos sobre la fábrica del templo, sobre su patrimonio mueble y sobre su significación en la construcción de una identidad local que no se entendería tantos siglos después sin el perfil de su parroquia y la torre de su campanario, como él mismo atestigua al acordarse de los versos de Paco Cabrera, de las sabrosas fotografías de Roque el Retratista o del capítulo dedicado al templo por el más insigne de los escritores palaciegos, Joaquín Romero Murube, en su Pueblo lejano.

El resultado ha sido un riguroso libro de 300 páginas, provisto de buenas fotografías y de generosos apéndices dedicados a documentos históricos e inventarios desde el siglo XVII, en el que el estudioso Salguero recorre minuciosamente no solo el origen y el devenir de esculturas, retablos, orfebrería, textiles y pinturas de la iglesia más antigua del pueblo, probablemente de finales del siglo XIV, sino la historia de su vinculación con el propio origen de una localidad señorial y vinculada a los duques de Arcos, Los Palacios, que parecía destinada a unirse con Villafranca de la Marisma, aunque no lo hiciera hasta 1836.

Vista de
  • Vista de "Palacios" en `Civitatis orbis terrarum", de G. Hoefnagel y F. Hoghenberg, donde se aprecia la antigua parroquia.
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De hecho, uno de los capítulos más llamativos del comienzo de la obra se dedica a demostrar cómo la iglesia del Ducado de Arcos no solo sirvió para la población de Los Palacios sino que fue la de Villafranca de la Marisma, un pueblo vecino y distinto que contaba desde comienzos del siglo XVI con su propia ermita de San Sebastián, la que presionó directa o indirectamente para que se ampliaran las instalaciones de aquella parroquia estrictamente palaciega porque sus dimensiones eran claramente insuficientes para una feligresía real que pronto superó las 3.000 personas.

El libro de Salguero viene a demostrar, paulatinamente, que antes de aquel decreto gubernamental de 1836 por el que tanto otros pueblos limítrofes terminaron uniéndose en toda España, la iglesia de Villafranca de la Marisma y Los Palacios fue un poderoso nexo de unión cuando la vida sacramental estaba más íntimamente ligada a la vida cotidiana, el pueblo se encomendaba a la Providencia por tantas epidemias como lo asolaban y las cosas de valor se medían en reales de vellón.

Entre las referencias pictóricas que suponen grabados como el de Hoefnagel y Hoghenberg de 1597 (Civitatis orbis terrarum) o la vista de Los Palacios y Villafranca aparecida en la Guía del viagero en ferro-carril de 1864, Salguero comienza su libro reconociendo la escasa documentación de todo tipo que se tiene del primitivo templo, el que debió edificarse  entre 1374, el año de la Carta Puebla concedida por Fernán González de Medina, el adelantado de Enrique II, y “unas fechas cercanas a 1425”. Sin embargo, ya en 1466 aparece, refiere él, la denominación de Santa María la Blanca “en la cesión de Juan Ponce de León a su hijo Manuel del lugar de Los Palacios”.

  • Vista de Los Palacios y Villafranca en 'Guía del viagero en ferrocarril', de 1864, donde la parroquia ya es arquitectónicamente otra.
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Y habrá que esperar hasta 1492, el año del Descubrimiento de América pero sobre todo de la orden de expulsión contra los judíos dictada por los Reyes Católicos, para volver a tener referencias sobre la parroquia gracias al testimonio de su primer párroco, el también conocido como Cronista de los Reyes Católicos, Andrés Bernáldez, que terminaría enterrado en el templo allá por 1513, una fecha en la que ya hacía 12 años que los villafranqueses habían conseguido su propia Carta Puebla por parte del Concejo de Sevilla pero que seguían faltos de espacio litúrgico porque su pequeña ermita dedicada al mártir San Sebastián se antojaba muy limitada para una población tan practicante que no tardó en fundar la Hermandad de la Vera Cruz (en 1566).

Fue el propio duque de Los Palacios el primero que sugirió ampliar aquel primitivo templo antes de que la competencia que le suponía Villafranca de la Marisma se tradujese en un exilio de sus propios vecinos al pueblo de al lado o antes de que el pueblo de al lado lograse convertir su ermita en parroquia, y aquella disputa histórica duró más de dos centurias, hasta después de que la Hermandad del Gran Poder erigiera una capilla propia en las inmediaciones de Santa María la Blanca e incluso de que se erigiera una capilla de la Aurora por parte de la recién nacida Hermandad del Santo Rosario o que tuviera visos de realidad el construir otro templo más equidistante a ambas localidades.

En el templo primitivo insiste Salguero solo a través de testimonios históricos como el del cura Andrés Bernáldez, que en sus crónicas narra cómo vivió el seísmo del Viernes Santo de 1504, conocido terremoto de Carmona. Es el propio cura Bernáldez el que cuenta cómo la techumbre de aquel primitivo templo “comenzó a crujir como si fueran por encima corriendo muchas personas, y entonces volví a la iglesia hacia el Monumento que estaba en el altar mayor e vi como la iglesia se acostó mucho toda a un cabo, e volvióse a enderezar, y la tierra se bulló mucho y se estremeció”.

Desde luego, a lo largo de aquellos siglos XVI y XVII, el templo era mucho más pequeño de lo que los palaciegos lo conocen hoy, y tenía un campanario, también mucho más bajo, en un costado y no sobre el coro como actualmente, pues la gran obra que configuró definitivamente la parroquia y su campanario de estilo neoclásico no terminaría hasta 1795, que es cuando el libro de Salguero entra verdaderamente en faena, justo antes de la época en que la parroquia sufrió su enésimo deterioro estructural a pesar de distintas obras y parches y han de ser los maestros sevillanos Manuel Núñez y Fernando de Rosales los que acometan la gran reforma y ampliación, hasta el punto de que ya a finales del siglo XVIII, cuando la población contempla su parroquia como recién nacida, empieza a conocerla como “la iglesia nueva”, que Salguero explica y analiza fijándose en su nueva estructura, la disposición de sus columnas marmóreas y toda esa estética ilustrada que suponen en el ornato de su interior los resaltos de su cúpula, la decoración de sus cornisas y los entablamentos que ocupan las enjutas de sus arcos formeros, al margen de la particular diafanidad que presenta el templo con respecto a otros contemporáneos y un especial estudio de las linternas de las capillas de San Joaquín y Santa Ana y de las Ánimas, reproducciones a pequeña escala del primer cuerpo de campanas de la nueva torre.

La torre-campanario: inteligente sinfonía

A la torre que conocemos hoy, la construida en 1795 y que desde entonces se ha convertido en un auténtico icono del pueblo junto al abrazo de los dos hombres que aparecen en el escudo local y el bombón colorao, como reconoce Salguero en un simpática referencia al tomate de su pueblo, se le dedica buena parte del libro, no solo por la funcionalidad histórica de que la elevada altura de sus campanas sirviese para convocar fehacientemente a toda la población, también a la de Villafranca, sino porque ese símbolo local que en principio era blanca y ocre –y no rojiza como hoy, desde 1903- no iba a contar inicialmente con dos cuerpos de campanas, sino solo con el primero, según se recoge en el proyecto del maestro Rosales, y sin embargo fue durante la propia construcción cuando se decidió hacer también el siguiente, aunque curiosamente no haya quedado recogido el repentino cambio en los expedientes del archivo arzobispal al que ha accedido Javier Salguero.

Por otro lado, el autor del libro, que se refiere a la incorporación de viejas campanas y esquilas nuevas como las bautizadas como Nuestra Señora del Rosario o San Miguel, se detiene a reflexionar sobre el hecho de que el arquitecto de la torre la pensó igualmente como un “gigantesco instrumento sinfónico” al acoger en su interior hasta tres estancias dedicadas a diversas funciones musicales vinculadas a la liturgia: el coro inserto a sus pies para acoger himnos y salmos, la tribuna del órgano como acompañante del canto sagrado y el remate de las campanas para convocar con su sonido a las distintas celebraciones.

  • Vista de la torre-campanario de Santa María la Blanca en una deliciosa foto de mediados del pasado siglo, obra del retratista local Francisco Estévez 'Roque".
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Por lo demás, el resto del libro se dedica a analizar el rico patrimonio del templo, empezando por el ornamento de la nueva iglesia totalmente ampliada a partir del siglo XIX, desde las cajonerías de la sacristía hasta las verjas de hierro en la capilla del Sagrario y el altar mayor (luego en el coro), pasando por altares cerámicos como el de la Virgen del Rosario, vidrieras, púlpitos, ángeles lampareros, retablos, pinturas, cruces, custodias, varales, cetros, coronas, candelabros, cálices, copones y dalmáticas.

Entre todo este tesoro, Salguero no solo se detiene en objetos desaparecidos (como las pinturas de San Fernando o los Santos Cosme y Damián que se encontraban hasta mediados del siglo XVIII en la sacristía-, en obras valiosísimas como las pinturas del retablo principal, la de Pablo Legot, o la de la capilla del Bautismo, y en los nombres de grandes benefactores, sino en algunas piezas de especial relevancia que habían pasado desapercibidas hasta ahora.

La primera, el Crucificado del presbiterio, del que se desconoce su autor pero que ya aparecía registrado en aquel primer inventario de 1686; la segunda, la gran cruz de plata también del siglo XVII; la tercera, una crismera del siglo XVI y que es calificada por Salguero como “la pieza de orfebrería más antigua conservada en la parroquia”; y la cuarta, un terno de terciopelo bordado en oro (casulla de guitarra y dos dalmáticas) que la tradición oral venía atribuyendo a la época de los Reyes Católicos pero que en todo caso es del reinado de Felipe II.

Capítulo aparte le dedica Salguero al órgano, a su órgano, el que él mismo toca en tantas solemnidades y del que se tiene constancia documental desde 1745, obra del mismo organero de la catedral por aquellos años, Francisco Ortíguez, aunque la parroquia contara ya con organistas desde mediados del XVII. Después de recorrer la historia del gran instrumento parroquial, hasta llegar a los años de su propia adolescencia en que los parroquianos José Manuel Caro y Antonio Galán se afanaban en su última limpieza y reparación (bajo la supervisión del organista Fernando Collantes de Terán), Salguero documenta que, hace casi cuatro siglos, “el organista parroquial percibía cada año 12 fanegas de trigo y 5.984 maravedíes, perteneciéndole aparte 23 maravedíes por cada fiesta o misa cantada”. Los tiempos han cambiado tanto, que hoy ni siquiera le pagan al organista oficial por haberle regalado al pueblo el primer tratado completo de su primera parroquia, provisto finalmente de una generosa bibliografía. Pero, como dijo Manuel Machado de las coplas, “procura tú que las coplas / vayan al pueblo a parar, / aunque dejen de ser tuyas / para ser de los demás. / Que, al fundir el corazón / en el alma popular, / lo que se pierde de nombre / se gana de eternidad”. Pues eso: tiempo al tiempo.

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