Luto en la flor cortada de Lebrija: los agricultores claman contra "la miseria de las ayudas" tras los últimos destrozos
Cientos de floricultores planean manifestarse contra las ayudas de la Junta de 15.000 euros por hectárea después del tren de borrascas del pasado invierno que destrozó tantos invernaderos
Así quedaron los invernaderos lebrijanos tras el último tren de borrascas.
Sin que haya caído una gota ahora que haría tanta falta en el campo, puede decirse que, en Lebrija, llueve sobre mojado metafóricamente hablando por lo que respecta a los floricultores, un sector especialmente castigado en lo que va de siglo porque la mayoría de los que resisten han tenido que endeudarse una y otra vez desde que, a finales de los años 90 atendieron a la promesa de que la flor cortada iba a ser la solución para muchos jóvenes de la comarca del Bajo Guadalquivir.
Han pasado varias décadas y la situación no ha hecho sino empeorar para unos agricultores a los que les han subido todos los recursos, desde el combustible hasta el plástico, les han bajado las materias activas para combatir plagas y se les han marchado a otros menesteres las nuevas generaciones, y, para colmo, solo en este último lustro, se les han sumado tres crisis consecutivas: primero la de la pandemia del Covid, luego la borrasca de la Bernard en octubre de 2023 y, ya el pasado invierno, un violento tren de borrascas que comenzó en noviembre de 2025 y no terminó de destrozar invernaderos hasta febrero de 2026, es decir, entre fechas tan señaladas como las de las campañas de Tosantos y del día de los Enamorados.
Así quedaron muchos invernaderos en el Bajo Guadalquivir en pasados temporales.
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MANU GARCÍA
Las promesas de indemnizaciones llegaron después, a partir de marzo, cuando el Gobierno central repartió unas ayudas de oficio a determinadas zonas inundables con un tope de 25.000 euros y la Junta de Andalucía se enfrascó en la elaboración de un decreto que ha tardado en aprobarse porque pretendía cincelar las indemnizaciones con el asesoramiento de imágenes de satélites que corroboraran qué zonas eran las más inundables para tenerlas en cuenta.
Según los floricultores lebrijanos, el resultado no ha podido ser peor: primero porque esa supuesta infalibilidad del satélite no es tal, pues muchos de ellos insisten en que se les ha ayudado con generosas cantidades a muchas tierras que ni siquiera estaban sembradas, y segundo porque a quienes realmente sí sufrieron los crueles destrozos no solo del agua, sino también de los vendavales de hasta cien kilómetros por hora, les ha llegado ahora “una miseria”.
Lo lamentan hoy, en plena jornada de los Difuntos, floricultores lebrijanos como Antonio López, Cristóbal Magrif, Nieves Gil o José Luis García. Este último es el dueño de la empresa Flores de Lebrija, con cinco hectáreas dedicadas a la flor cortada, aunque no precisamente clavel y clavellina –que es lo que produce la mayoría de sus vecinos-, y entiende que “las cosas se han hecho mal desde el principio” y, encima, no se ha tenido en cuenta, erróneamente, que Lebrija sea una zona inundable. “Es que ha habido invernaderos en los que el agua manó por dentro, por el terreno”, explica García, “como se demostró que ocurría en el Pago Pastrana de Chipiona cuando la Bernard de 2023, y por eso ahora allí sí han llegado ayudas decentes”.
Así quedó el invernadero de Nieves Gil, la agricultora de Lebrija que lo ha perdido en varias ocasiones.
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"Para esa porquería, mejor nada"
La demostración de este error en la consideración de zona inundable o no la subrayan otros muchos agricultores, como Antonio López, que, junto a su esposa, tiene 4.000 metros de invernaderos –la media de lo que suelen explotar los floricultores lebrijanos, con toda la familia implicada- y le han concedido de ayuda 1.200 euros, “lo que me ha costado arreglar una parte de uno de los invernaderos, o sea, una ridiculez”, dice, y añade: “Y a mi mujer, por ejemplo, cero euros, nada”. Y sin embargo justo al lado de su explotación, sí han llegado suculentas ayudas.
“Solo un paño de esos de 45 metros que a mí se me fueron tres veces cuesta ya más de mil euros, y ahora se dejan caer con 1.200 euros después de todo”, protesta Antonio López. “Así que mientras otros se han llevado el pastel grande, a nosotros nos tratan como a pordioseros. Es de pena”.
A la agricultora Nieves Gil, que tenía 9.000 metros de flores y lo perdió todo, le han concedido una ayuda de 860 euros después de que la última borrasca le dejó el invernadero destrozado y ha tenido que trabajar mientras tanto en la hostelería y hasta sembrar coliflores últimamente como jornalera “para pagar todo lo que debo”, dice, y añade: “Yo es que ni voy a coger ese dinero, porque para la porquería que nos han dado, mejor nada. No quiero que se rían de nosotros”. En esta campaña ha reducido su explotación de 9.000 a 2.000 metros. “Y si sigue así, pues lo dejaré todo”. Su situación, desde luego, se parece a la de otros muchos floricultores que han hecho un esfuerzo ímprobo para arreglar los destrozos mientras esperaban estas ayudas para volver a invertir, pero ahora parece imposible.
Posibles movilizaciones
José Luis García, por su parte, insiste en la cadena de errores que ha llevado a generar la enorme frustración actual en Lebrija, hasta el punto de que estén preparando movilizaciones frente a la Consejería de Agricultura. En la pasada primavera, poco antes de las elecciones autonómicas, “media Lebrija asistió a una reunión con la anterior delegada provincial de Agricultura en Sevilla, Isabel Solís, contra la que yo no tengo nada porque la mujer hizo lo que pudo, y la consejera de Cultura, Patricia del Pozo, en la que se prometieron una serie de cosas pero solo de palabra”, explica García.
"Ahora nos tendrán que ayudar nuestras familias o abandonarlo todo, pero esto es una auténtica vergüenza"
Cristóbal Magrif
La promesa fue una ampliación del decreto de ayudas por la que se iban ofrecer 48.000 euros por hectárea, “pero ni entonces ni luego se puso eso por escrito; lo oímos todos los que estuvimos allí, que éramos cientos, hasta gente de Los Palacios, pero eso no se escribió, y claro, al final tampoco se ha hecho”, explica García, que incluso ha estado hablando con el actual delegado territorial de Agricultura, Alberto Sanromán, “y este no ha sabido darme ninguna explicación más, se limita a decirnos que las ayudas son las ayudas, y yo entiendo que eso es lo que está escrito, pero no es lo que se prometió de palabra, y cuando aquí nuestros mayores daban la palabra, esa palabra iba a misa”.
Muchos agricultores lebrijanos están organizándose para concretar movilizaciones, “porque esto es una auténtica vergüenza”, dice Cristóbal Magrif, con 3.000 metros de invernadero, que insiste en que “las pérdidas mías y las de todos mis compañeros son muchísimo más grandes como para hacerles frente con la miseria que nos han dado”. En su caso, 1.600 euros, cuando a él, según las promesas políticas de la pasada primavera, le hubiera correspondido por lo menos 10.000.
“Ahora nos tendrán que ayudar desde nuestras propias familias o yo qué sé, para volver a invertir y, si no, abandonarlo todo”, señala. “¿Qué hago yo con 1.600 euros, por Dios? Con eso no tengo ni para empezar. Por eso estamos todos indignados”. Y añade: “Además, en un invernadero de flor cortada, mil metros cuadrados equivale, en gastos, a dos hectáreas a cielo abierto, y se habrán creído que tenemos olivares”.
Sin que haya caído una gota ahora que haría tanta falta en el campo, puede decirse que, en Lebrija, llueve sobre mojado metafóricamente hablando por lo que respecta a los floricultores, un sector especialmente castigado en lo que va de siglo porque la mayoría de los que resisten han tenido que endeudarse una y otra vez desde que, a finales de los años 90 atendieron a la promesa de que la flor cortada iba a ser la solución para muchos jóvenes de la comarca del Bajo Guadalquivir.
Han pasado varias décadas y la situación no ha hecho sino empeorar para unos agricultores a los que les han subido todos los recursos, desde el combustible hasta el plástico, les han bajado las materias activas para combatir plagas y se les han marchado a otros menesteres las nuevas generaciones, y, para colmo, solo en este último lustro, se les han sumado tres crisis consecutivas: primero la de la pandemia del Covid, luego la borrasca de la Bernard en octubre de 2023 y, ya el pasado invierno, un violento tren de borrascas que comenzó en noviembre de 2025 y no terminó de destrozar invernaderos hasta febrero de 2026, es decir, entre fechas tan señaladas como las de las campañas de Tosantos y del día de los Enamorados.
Así quedaron muchos invernaderos en el Bajo Guadalquivir en pasados temporales.
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MANU GARCÍA
Las promesas de indemnizaciones llegaron después, a partir de marzo, cuando el Gobierno central repartió unas ayudas de oficio a determinadas zonas inundables con un tope de 25.000 euros y la Junta de Andalucía se enfrascó en la elaboración de un decreto que ha tardado en aprobarse porque pretendía cincelar las indemnizaciones con el asesoramiento de imágenes de satélites que corroboraran qué zonas eran las más inundables para tenerlas en cuenta.
Según los floricultores lebrijanos, el resultado no ha podido ser peor: primero porque esa supuesta infalibilidad del satélite no es tal, pues muchos de ellos insisten en que se les ha ayudado con generosas cantidades a muchas tierras que ni siquiera estaban sembradas, y segundo porque a quienes realmente sí sufrieron los crueles destrozos no solo del agua, sino también de los vendavales de hasta cien kilómetros por hora, les ha llegado ahora “una miseria”.
Lo lamentan hoy, en plena jornada de los Difuntos, floricultores lebrijanos como Antonio López, Cristóbal Magrif, Nieves Gil o José Luis García. Este último es el dueño de la empresa Flores de Lebrija, con cinco hectáreas dedicadas a la flor cortada, aunque no precisamente clavel y clavellina –que es lo que produce la mayoría de sus vecinos-, y entiende que “las cosas se han hecho mal desde el principio” y, encima, no se ha tenido en cuenta, erróneamente, que Lebrija sea una zona inundable. “Es que ha habido invernaderos en los que el agua manó por dentro, por el terreno”, explica García, “como se demostró que ocurría en el Pago Pastrana de Chipiona cuando la Bernard de 2023, y por eso ahora allí sí han llegado ayudas decentes”.
Así quedó el invernadero de Nieves Gil, la agricultora de Lebrija que lo ha perdido en varias ocasiones.
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"Para esa porquería, mejor nada"
La demostración de este error en la consideración de zona inundable o no la subrayan otros muchos agricultores, como Antonio López, que, junto a su esposa, tiene 4.000 metros de invernaderos –la media de lo que suelen explotar los floricultores lebrijanos, con toda la familia implicada- y le han concedido de ayuda 1.200 euros, “lo que me ha costado arreglar una parte de uno de los invernaderos, o sea, una ridiculez”, dice, y añade: “Y a mi mujer, por ejemplo, cero euros, nada”. Y sin embargo justo al lado de su explotación, sí han llegado suculentas ayudas.
“Solo un paño de esos de 45 metros que a mí se me fueron tres veces cuesta ya más de mil euros, y ahora se dejan caer con 1.200 euros después de todo”, protesta Antonio López. “Así que mientras otros se han llevado el pastel grande, a nosotros nos tratan como a pordioseros. Es de pena”.
A la agricultora Nieves Gil, que tenía 9.000 metros de flores y lo perdió todo, le han concedido una ayuda de 860 euros después de que la última borrasca le dejó el invernadero destrozado y ha tenido que trabajar mientras tanto en la hostelería y hasta sembrar coliflores últimamente como jornalera “para pagar todo lo que debo”, dice, y añade: “Yo es que ni voy a coger ese dinero, porque para la porquería que nos han dado, mejor nada. No quiero que se rían de nosotros”. En esta campaña ha reducido su explotación de 9.000 a 2.000 metros. “Y si sigue así, pues lo dejaré todo”. Su situación, desde luego, se parece a la de otros muchos floricultores que han hecho un esfuerzo ímprobo para arreglar los destrozos mientras esperaban estas ayudas para volver a invertir, pero ahora parece imposible.
Posibles movilizaciones
José Luis García, por su parte, insiste en la cadena de errores que ha llevado a generar la enorme frustración actual en Lebrija, hasta el punto de que estén preparando movilizaciones frente a la Consejería de Agricultura. En la pasada primavera, poco antes de las elecciones autonómicas, “media Lebrija asistió a una reunión con la anterior delegada provincial de Agricultura en Sevilla, Isabel Solís, contra la que yo no tengo nada porque la mujer hizo lo que pudo, y la consejera de Cultura, Patricia del Pozo, en la que se prometieron una serie de cosas pero solo de palabra”, explica García.
"Ahora nos tendrán que ayudar nuestras familias o abandonarlo todo, pero esto es una auténtica vergüenza"
Cristóbal Magrif
La promesa fue una ampliación del decreto de ayudas por la que se iban ofrecer 48.000 euros por hectárea, “pero ni entonces ni luego se puso eso por escrito; lo oímos todos los que estuvimos allí, que éramos cientos, hasta gente de Los Palacios, pero eso no se escribió, y claro, al final tampoco se ha hecho”, explica García, que incluso ha estado hablando con el actual delegado territorial de Agricultura, Alberto Sanromán, “y este no ha sabido darme ninguna explicación más, se limita a decirnos que las ayudas son las ayudas, y yo entiendo que eso es lo que está escrito, pero no es lo que se prometió de palabra, y cuando aquí nuestros mayores daban la palabra, esa palabra iba a misa”.
Muchos agricultores lebrijanos están organizándose para concretar movilizaciones, “porque esto es una auténtica vergüenza”, dice Cristóbal Magrif, con 3.000 metros de invernadero, que insiste en que “las pérdidas mías y las de todos mis compañeros son muchísimo más grandes como para hacerles frente con la miseria que nos han dado”. En su caso, 1.600 euros, cuando a él, según las promesas políticas de la pasada primavera, le hubiera correspondido por lo menos 10.000.
“Ahora nos tendrán que ayudar desde nuestras propias familias o yo qué sé, para volver a invertir y, si no, abandonarlo todo”, señala. “¿Qué hago yo con 1.600 euros, por Dios? Con eso no tengo ni para empezar. Por eso estamos todos indignados”. Y añade: “Además, en un invernadero de flor cortada, mil metros cuadrados equivale, en gastos, a dos hectáreas a cielo abierto, y se habrán creído que tenemos olivares”.
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