A la parroquia del Sagrado Corazón de Los Palacios y Villafranca, huérfana del cura Luis Merello Govantes –fallecido en octubre del año pasado después de más de medio siglo aquí-, le quedaba aún el espíritu de la sencillez que encarnaba en su placita Jesús el de la Calva, casi siempre de pie aunque hubiera bancos libres, casi siempre pensativo, evocador de otros tiempos, casi siempre silencioso porque ya iban escaseando los feligreses que pegaran la hebra con él. Y hoy ha muerto, después de varios días hospitalizado. Los días anteriores los pasó en su casa, solo y muy enfermo, hasta que las cajeras de un supermercado cercano al que solía acudir a hacer la compra lo echaron de menos.
Se ha marchado a su estilo, pasando desapercibido excepto para tantos palaciegos como sabían que Jesús María Arjona Ruiz seguía ahí, simbolizando la austeridad que hoy no se lleva, la mirada limpia de los limpios de corazón con quienes se hubiera entendido a la perfección el mismísimo Cristo, su tocayo.
Con quien se seguía entendiendo como con alma gemela era con el cura Luis, con quien se encontraba cada amanecer en la plaza de su vecindario, la del barrio de las Casas Baratas, para ir juntos a desayunar a uno de los bares cercanos. Mantuvieron aquel ritual hasta que la salud traicionera de ambos se lo permitió, es decir, hasta la primavera del año pasado, cuando al párroco le llovieron en cascada todos los males que él había sabido mantener a raya durante toda una vida de entrega por el pueblo y supo que aquel verano iba a ser su último verano. Desde entonces, a Jesús se le ha seguido viendo por la plaza, pero más intermitentemente, con la fortaleza justa para aguantar las lágrimas por su amigo del alma. Seguramente hoy le ha abierto Don Luis las puertas del Paraíso.

Rociero atípico como el propio cura, Jesús el de la Calva –el apelativo le venía por su abuela materna, Juana García de la Calva- se llevó más de 60 años ininterrumpidos haciendo el Camino del Rocío junto a la rueda del Simpecado. Primero con las hermandades de La Palma del Condado y de Gines, por vínculos familiares, y luego, ya casi toda su vida, con la Hermandad del Rocío de Los Palacios y Villafranca.
No llevó jamás, como el protagonista de aquellas sevillanas de Ecos del Rocío, más que una mochila con su manta y una botella de agua. Ni siquiera tabaco. Y aunque siempre respetó a quienes llevaban al Rocío de todo, porque fue siempre un hermano humilde y a disposición de todos, él prefirió vivir así la fiesta de peregrinar hasta la Blanca Paloma. “Yo voy siempre al Rocío a peregrinar. No a cantar ni a beber ni a cantar. Paso el Rocío bebiendo de una botella de agua”, nos dijo en una entrevista hace poco menos de tres años, cuando la Hermandad le concedió su máximo galardón: el Simpecado de Plata.
El más pequeño de siete hermanos y soltero de toda la vida, Jesús se sentía orgulloso de dormir incluso al lado del Simpecado para vigilar toda la noche “por si a alguien se le hubiera ocurrido acercarse para hacer daño”. Su único objetivo en El Rocío era ese, sin más aditivos: llegar hasta la Virgen, rezarle y venirse.
El baloncesto frustrado
Pocos palaciegos sabrán que Jesús el de la Calva fue uno de los pioneros del baloncesto en esta localidad del Bajo Guadalquivir. Fue de los primeros que empezó a jugar, de muy joven, pero se le echó encima una época, la de los años 50 y 60, en la que la única opción era trabajar en el campo, en las arenas o en la marisma. Y eso hizo durante toda su vida laboral, desde los nueve años: echar la peonada donde lo llamaran. “Entonces había trabajo en esas marismas hasta para los mosquitos”, solía decir.
Poco después, ya en los 70, conoció precisamente en las marismas a aquellos jóvenes sacerdotes que aterrizaron en los primeros poblados de colonización, no porque él fuera mucho a misa, sino porque aquellos curas trabajaban en el algodón codo a codo con él: no solo Luis Merello, con quien cultivó una amistad para los restos, sino también con Javier Santos Verdugo, con el tiempo capellán del Real Betis Balompié, o Emilio Calderón, que con el tiempo se ganó el sobrenombre del Cura de los Gitanos por su compromiso en el barrio de Las Tres Mil Viviendas.
Siempre recordó aquellos primeros años con Don José María, el primer párroco del Sagrado Corazón, con quien solía colaborar desde aquellos inicios. “Solía llamarme y me decía: tengo aquí unas cuantas cartas para los leones, por si se las puedes llevar”. Los leones, en su cómplice lenguaje, eran “los riquitos del pueblo”.
Con la ayuda de otra gran ausencia en la parroquia del Sagrado Corazón, Antonio Cruzado, a la sazón Cronista de la Villa, Jesús el de la Calva llegó a escribir un libro, El peregrino eres tú, aunque se ha muerto con otros papeles que algún día pudieran ver la luz. Era tan viejo del Rocío, que llegó a estar invitado en el bautizo del actual presidente de la Hermandad Matriz de Almonte, Santiago Padilla.
En 1995, el pregonero del Rocío Rafael Moreno Naval le dedicó unos sentidos versos a un Jesús el de la Calva que solo tenía 45 años pero que ya era un viejo conocido de la rueda de la carreta del Simpecado: “En su rostro se adivina / el peso de su promesa, / que tímidamente expresa / su paso cuando camina. / No hay fangos ni arena fina, / ni vientos, soles o frío, / que a Jesús le hayan impedido / llevar del brazo, a su vera, / a la más Divina Romera / de Los Palacios al Rocío”. Ahora Jesús el de la Calva ya descansa en paz. El funeral por el eterno descanso de su alma será este sábado a las 11.30 en su parroquia vecina del Sagrado Corazón.


