Hay 'payoyos' para rato

Villaluenga del Rosario es el único municipio de la provincia que tiene menos de 500 habitantes censados, una cifra a partir de la que se considera que existe riesgo de desaparición, aunque aquí aseguran que "hay vida e industria, por lo que hay futuro"

Antonio y José Antonio, dos generaciones de Villaluenga. / JUAN CARLOS TORO.
Antonio y José Antonio, dos generaciones de Villaluenga. / JUAN CARLOS TORO.

Una estrecha carretera, plagada de curvas, que conecta El Bosque con Grazalema, conduce hasta el pueblo más alto —roza los 1.000 metros sobre el nivel del mar—, y a su vez el más pequeño, de la provincia de Cádiz. Menos de 500 personas censadas —aunque viven habitualmente algunas menos— hacen de éste un enclave singular, por la alargada disposición de las viviendas y por las numerosas rutas senderistas y cuevas que tiene a su alrededor —ya que se asienta sobre un enorme macizo rocoso—, además de, cómo no, por el queso payoyo —una palabra que se usa como gentilicio—.

Con estas pistas no se puede tratar de otro pueblo que de Villaluenga del Rosario. Aquí los días son más largos, el estrés llega a cuentagotas y la tranquilidad apenas se rompe durante unas jornadas en las que los únicos ruidos que se escuchan son los graznidos de los pájaros y los gritos de la treintena de alumnos que tiene el único colegio, que disfrutan del recreo en una de las plazas principales.

Un vecino de Villaluenga sentado en la plaza principal del pueblo. / JUAN CARLOS TORO.

La actividad no es frenética, ni mucho menos, cuando lavozdelsur.es lo visita para palpar las impresiones de unos vecinos que viven en el único municipio de la provincia que tiene menos de 500 habitantes, una cifra a partir de la que se considera que puede empezar a estar en riesgo de desaparición, algo que todos los consultados niegan rotundamente.

“No vayas a poner eso, eh, que no es verdad”, comentan cuando se les pregunta. Pepi es la propietaria de la única panadería de Villaluenga, que tiene más de tres décadas de existencia. “El que viene de fuera no está preparado para vivir aquí”, expresa mientras atiende a un cliente, que viene de una localidad cercana para comprar sus famosas magdalenas.

Vista general de Villaluenga del Rosario. / JUAN CARLOS TORO.

Saliendo de su negocio se escucha algarabía, lo que hace pensar que el colegio no está muy lejos. Aunque ésta es una jornada especial, ya que los alumnos están de convivencia con las mujeres del pueblo, celebrando un acto con motivo del 8 de marzo Día Internacional de las Mujeres. “La igualdad es beneficiosa para una sociedad que quiere garantizar su futuro”, lee una pequeña ante el auditorio, formado por compañeros de colegio, madres y profesores del CEIP Profesor Gálvez, que es “la envidia de la comunidad educativa de la Sierra”. Quien lo asegura es Rafael Vega, director del centro, un joven profesor de inglés que ha recalado este curso en Villaluenga, donde está en su salsa. “Llevo tres años seguidos en escuelas multigrado, y ya no quiero otra cosa”, asegura, ya que en el municipio imparte clase a alumnos de dos o tres cursos distintos a la vez.

“Preparo las clases como un todo, no por cursos”, explica un profesor que viene de trabajar en cine y televisión —y hasta de ganar un Goya al mejor sonido con la película 3 días, en la que participó— y que ahora disfruta de la docencia, que aquí, como en todos sus sitios, con sus particularidades, tiene sus pros y sus contras, “pero en general le veo mucho más beneficioso académicamente, los niños aprenden más”, dice Rafael, quien destaca del municipio que, aunque es pequeño, “la industria funciona, por lo que tiene asegurada la vida”.

La industria a la que se refiere Rafael es la del queso, que da trabajo a un buen número de vecinos del pueblo y de localidades de alrededor, y que ha hecho sonar el nombre de Villaluenga a nivel nacional, ya que el payoyo está entre los mejores quesos del país, como demuestran los numerosos premios que gana y el éxito de la feria en torno a este producto que organiza la localidad y que atrae cada año a miles de visitantes. Aunque de eso ya habrá tiempo para escribir cuando se acerque la fecha.

La posible despoblación del municipio es una opción que ni se contempla. Cuando lavozdelsur.es lo visita son 446 las personas censadas según datos del INE (Instituto Nacional de Estadística), 130 de ellas de más de 60 años, 203 superan los 50 y 268 tienen más de 40 años, lo que da una idea del peso que tienen las personas de mayor edad en la pirámide poblacional del pueblo. “Se mueren vecinos pero también van naciendo, casi los mismos, se mantiene la población”, sostiene Mari, una trabajadora municipal que apunta que “va en crecimiento”. Ana Moscoso es una vecina veterana que lleva toda su vida residiendo aquí. “Antes había más niños en el colegio”, señala, “más los que estaban trabajando en el campo”. “Mucha gente ve que el pueblo el chico y les llama la atención, pero vivimos en la gloria”, añade.

Tres vecinas de Villaluenga posan para lavozdelsur.es. / JUAN CARLOS TORO.

Villaluenga estuvo ocupada por musulmanes entre el 716 y el 1485, cuando Rodrigo Ponce de León la liberó, convirtiéndola en capital de las siete villas. La historia la conoce bien Mateo Venegas, el dependiente de una pequeña tienda que se encuentra a las afueras del pueblo, que lleva más de 30 años viviendo en él. Mis príncipes se llama el negocio, donde vende productos de alimentación, souvenirs y productos de la Sierra de Cádiz. A sus 69 años, la mitad de ellos en Villaluenga, Mateo ha visto cómo ha evolucionado la población del municipio.

“Los jóvenes aquí no tienen posibilidades, pero se va a mantener la juventud que no ha estudiado pero está trabajando. Hay vida siempre, por lo que hay futuro”, sostiene, añadiendo que “la Sierra de Grazalema tiene el futuro garantizado porque se ha conservado muy bien, apenas ha habido agresión urbanística, y tiene un atractivo impresionante”. Y habla desde la experiencia. Excepto en verano, cuando el grueso de los turistas optan por desplazarse a la costa gaditana, prácticamente el resto del año se mantiene un goteo de visitantes bastante considerable. “Los fines de semana y en fechas especiales —como la Feria del Queso— esto es una romería de gente”, dice.

Frente a la tienda de Mateo, en un arriate que hace de parada de autobús improvisada, están sentados Antonio y José Antonio. El primero, de 83 años, el segundo, de 17, representando a la perfección el pasado —y presente— y el futuro de un pueblo que niega categóricamente que agonice. Hace una docena de años que Antonio se jubiló, después de dedicar toda su vida a criar cabras y ovejas. “Ahora ya solo tengo unas pocas gallinas”, apunta.

En el municipio, dice, “los que quedan son los viejos, la juventud vuela”, aunque José Antonio contradice su versión. Está esperando el autobús para ir a clase y poder sacarse el graduado en ESO, tras lo que pretende quedarse a vivir aquí. “Me gusta mucho el campo”, asegura tajante. Un vecino suyo, pastor, le ha inculcado el veneno por una profesión que en Villaluenga se enseña de generación en generación. “Aquí se está muy tranquilo”, señala José Antonio, que espera poder trabajar con ganado ovino y caprino más pronto que tarde. En sus manos está, entre la de tantos otros, el futuro del pueblo.

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