“No he tenido apoyo de nadie, todo el mundo vuelve la cara”, dice, a pocos metros de donde ocurrió todo, el día que marcó un antes y un después en su vida, el día que su exmarido la agredió. Fue unos años después de divorciarse. Él fue quien tomó la decisión. Llegó a casa tras un viaje de trabajo y le dijo que quería separarse. “Fue todo de la noche a la mañana”, cuenta Fátima, que prefiere no dar su verdadero nombre. “Yo lo quería, no lo entendía”, señala, porque poco antes “decía que quería buscar un hermanito para mi hijo”. “Para mucha gente éramos la pareja ideal”, cuenta ella. Pero la relación se acabó, después de diez años de noviazgo y cinco de matrimonio. Acabó su relación pero empezó su calvario.

Ella se quedó con la custodia del niño, que por aquel entonces cursaba Primaria, y el exmarido empezó a reclamar más tiempo para estar con su hijo. Fátima, cuenta, estaba “controlada” por su expareja. “Me tenía absorbida. No me sentía divorciada. Nunca me he sentido liberada”, relata. La custodia del niño era el principal motivo de disputa. “Lo tenía que traer después de una semana y me empezó a pegar voces porque no nos poníamos de acuerdo con la hora. Le dije que lo trajera cuando quisiera, pero que a partir de entonces se lo iba a llevar los días que ponía en los papeles”, relata, algo que no sentó nada bien a su expareja, que llegó a la casa pegando un puñetazo en la puerta al grito de: “No me vuelvas a decir cuando me llevo a mi hijo”. La escena no se le olvidará en la vida. Fátima la relata poco a poco, hurgando en su memoria, recordando los detalles. El crío fue testigo de los hechos.

Cuando le vio la cara a su exmarido temió lo peor. “Me daba miedo, era distinta a lo que conocía”, recuerda. Durante los 15 años que duró su relación nunca le puso una mano encima, pero ese día sí. La acorraló, incluso le rompió el móvil para evitar que llamara a la Policía después de que ella le pidiera que se marchara — “¿A quién vas a llamar ahora, chula?”, exclamó—, y la estampó contra la cristalera de la terraza. Ahí Fátima perdió el conocimiento unos instantes. Pero sacó fuerzas de donde no tenía para no quedar inconsciente delante de su hijo. El niño lo vio todo. Se tapaba los oídos y corría de un lado a otro de la casa, nervioso. “Me intentaba defender, pegándole pellizcos, pero no podía con su fuerza”, dice Fátima, que estando en el suelo vio cómo la plancha caía a pocos centímetros de su cara. “Mira, mamá está echando a papá de casa”, le dijo su exmarido al niño. “No se me olvida la cara de mi hijo”, relata ella. El menor, entonces, le dijo: “Mamá, se lo tienes que contar a la abuela, que es tu madre”.

“Me entró un ataque de nervios, no me podía levantar”, relata. Cuando lo hizo llamó a una compañera, que vive cerca suya, y ella le dijo: “Esto lo veía yo venir”. Denunció al exmarido y tras el juicio le impusieron una orden de alejamiento de más de cuatro años, acusado de coacciones, malos tratos y vejaciones. En mitad de ese periodo llegó el segundo varapalo: Fátima fue una de las 260 trabajadores incluidas en el ERE realizado por el PP en el Ayuntamiento. No se lo creía. Pensaba que por su condición de víctima de violencia de género volvería a su puesto de trabajo. Pero no ha sido así.

“Cuando me dijeron que estaba en el ERE pensaba que era una equivocación”, dice Fátima, que ha aportado toda la documentación que obra en su poder para acreditar su situación en las alegaciones presentadas tras las sentencias recibidas, tanto de las demandas individuales como colectivas. Nada. Su despido es declarado improcedente, no nulo, lo que conllevaría su readmisión inmediata. La vida de Fátima ha cambiado radicalmente en pocos años. Era feliz en su trabajo, con su familia… pero todo empezó a ir cuesta abajo. Su exmarido la dejó, la acosaba, dejó de pagar su parte de hipoteca… “Se me iba más de la mitad de lo que ganaba, he estado trabajado y arruinada”, cuenta. Su expareja estuvo tres años sin abonar nada por la casa hasta que acordó cedérsela. Ahora ella acarrea con la deuda. Sus ingresos se limitan a los 426 euros que percibe por estar incluida en el programa de activación laboral destinado a parados de larga duración.

Desde que salió del Ayuntamiento ha centrado sus esfuerzos en volver, estaba convencida de que su despido era un error, que lo justo era regresar a su puesto de trabajo. Ahora, tras la marcha atrás del gobierno local en el último momento, tras contar con informes que desaconsejaban la readmisión, se plantea abrirse a nuevos horizontes laborales. Su carrera, casi exclusivamente, ha estado ligada a la administración pública. Más de dos décadas de experiencia la contemplan. Entró tras realizar prácticas en el Ayuntamiento y después de estar unos años como trabajadora eventual. “La gente venía con cartas de recomendación, a mí me decían que hiciera lo mismo, pero yo no conocía a nadie, entré por méritos propios”, cuenta.

“Nuestra vida está en manos de políticos, que son los primeros que se ponen detrás de una pancarta apoyando a las víctimas de violencia de género, diciendo que hay que tenerlas en cuenta en el mundo laboral, y a mí me están dejando tirada”, dice Fátima con rabia. La misma que tendrán las otras cuatro compañeras, incluidas en el ERE, que también han sido víctimas de malos tratos. El camino de obstáculos en el que se ha convertido el proceso —interruptus— de readmisión del ERE ha tenido que sortearlo esquivando, a su vez, las trabas que le ponía su exmarido, con el que no habla desde la agresión. “Lo mío con este hombre no termina”, dice. Su hijo sigue viendo al padre. “Se lleva bien con él porque le he enseñado eso”, cuenta Fátima, que no ha vuelto a hablar del incidente con el niño: “Se acuerda pero nunca lo mencionamos”.

Ahora, después de estar cuatro años luchando para volver al Ayuntamiento, se siente “agotada”. “Hemos estado con un pie dentro”, dice resignada, quien no ha parado de moverse desde que la despidieron. Su situación la conoce el gobierno local, el PSOE a nivel provincial y andaluz, el sindicato del que fue delegada sindical… “No me ayudaron”, lamenta. Su suerte, espera, tiene que cambiar: “Ya me tiene que llegar algo bueno”.

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