Ya es primavera en el espectacular colegio de La Ina en el Jerez rural: "Nos mantenemos por las familias de fuera"

El CEIP La Ina, con actividad lectiva desde finales de los 80 y tras un invierno duro por la riada del Guadalete, sigue promoviendo una educación vinculada a su entorno gracias al importante número de familias de otros puntos, incluyendo el Jerez urbano, que lo eligen

Algunos de los integrantes del claustro docente del CEIP La Ina, un ejemplo educativo en el Jerez rural.
Algunos de los integrantes del claustro docente del CEIP La Ina, un ejemplo educativo en el Jerez rural. MANU GARCÍA
28 de marzo de 2026 a las 08:00h

Unos gallos caminan por la ladera. Cultivos y un cielo azul añil arropan un lugar donde las generaciones crecen. Aprenden matemáticas o lengua a unos pasos del río Guadalete y en mitad de un silencio sepulcral irrumpido por el griterío de los niños y niñas. El CEIP La Ina, en la barriada rural jerezana del mismo nombre —con unos 800 habitantes—, está formado por una gran familia. Cerca de un centenar de alumnos, unos veinte docentes y padres y madres que se implican en la educación de sus pequeños.

"Somos un colegio muy familiar que tiene comunicación directa con todas las familias. Participan mucho en la vida del centro", comenta José Antonio Corrales, director desde hace 13 años, aunque lleva 21 transmitiendo enseñanzas. El jerezano, profesor de Educación Física, explica que la mayoría de los profesores llevan en el colegio muchos años e incluso han sido tutores de hermanos de distintas edades. “El claustro está muy identificado con la forma de trabajar y más de la mitad no es de la zona de Jerez, pero piden este centro”, comenta.

Líneas de Infantil, Primaria y primero y segundo de la ESO llenan las aulas de este colegio que basa su filosofía en ofrecer una educación vivencial donde priman las actividades prácticas. Sin dejar de lado a los libros, dan rienda suelta al aprendizaje en un espacio donde no faltan los colores y cada día se forjan lazos afectivos que van más allá de la formación académica.

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Alumnos y alumnas en el CEIP La Ina.   MANU GARCÍA

Blanca Crespo, jefa de estudios desde hace ocho años, pisa un escalón que versa que “todos deberíamos ser feministas”. Después entra en la clase de Música, con cortinas de partituras y una enorme tabla periódica con términos del flamenco. En las mesas, los alumnos han recreado los carteles de los 30 años de historia del Festival de Jerez y han grabado podcasts en la radio instalada al fondo.

En cada rincón, se divisan murales pintados por madres. La creatividad reina también en el aula de Infantil, donde Joselito, el único alumno de 3 años del centro, juega mientras sus compañeros hacen un puzzle o figuras de arena. En el exterior, otros más mayores escalan en un rocódromo custodiado por El Principito y riegan las plantas del huerto.

Estas actividades se realizan en este centro educativo desde 1987, año en el que echó a andar con el impulso de Antonio Granado, conocido como el maestro Toni. José Antonio se detiene frente a una fotografía de este docente que ha dejado huella. “Para mí ha sido un referente. Empezó en la unitaria y ha trabajado muchísimo por la zona”, dice. Fue el primer director del centro al que mimó durante 35 años hasta su jubilación.

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La jefa de estudios, Blanca Crespo, y José Antonio Corrales, el director, en la biblioteca.   MANU GARCÍA
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Cuadro del maestro Toni en uno de los pasillos del centro.   MANU GARCÍA

Desde hace más de una década, el equipo docente, continúa con su legado, transmitiendo unos valores que están muy ligados al entorno en el que se enmarca. El mundo rural está muy presente. El colegio brota en una zona de alto valor natural y paisajístico que no pasa desapercibida. La ermita de La Ina, la Cañada León, los senderos de La Greduela, la Laguna de Medina y el río dibujan una postal que marca el ritmo de muchas de las actividades. “Muchas veces desconocemos la riqueza que tiene nuestro alrededor”, expresa José Antonio lanzando una mirada al campo.

“Hay alumnos que no conocen el río. Vienen en transporte público, les dejan en la puerta y se vuelven a ir. Si no ofrecemos verlo, no tienen ese contacto”, explica. Aunque en las últimas semanas, a causa de los temporales, desde las ventanas pudieron verlo forzosamente. “Esto parecía una Bahía”, dicen los docentes, que recuerdan cómo el agua llegó al límite, arrasó con la carretera y dejó a la barriada incomunicada. De hecho, a día de hoy, la vía de acceso al colegio permanece cortada por obras y hay que tomar un itinerario alternativo para llegar.

El medio natural cobra especial relevancia en los planes de estudio. Hacer senderismo o realizar una ruta en bicicleta con algunas de las propuestas. También organizan jornadas de plogging para luchar contra la basuraleza y buenas prácticas para concienciar sobre el cuidado del medio ambiente.

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Los alumnos y alumnas riegan las plantas del huerto escolar.   MANU GARCÍA
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Juegos al aire libre, en pleno Jerez rural.   MANU GARCÍA

“Si nos limitáramos a hacer actividades sin contextualizar el medio donde estamos, sería una pobreza. Esto es una fortaleza que nos enriquece a todos”, comenta el director.

En pleno Jerez rural, donde es habitual ver tractores desde el patio o las pistas deportivas, el CEIP La Ina fue creciendo hasta llegar a tener 400 alumnos matriculados. Sin embargo, en los últimos años ha ido perdiendo líneas hasta quedarse con unidades de ratio muy baja, sobre todo, debido al descenso demográfico registrado.

El boca a boca y un gran porcentaje de familias procedentes de otros municipios contribuyen a la supervivencia de este colegio. Del centenar de niños y niñas matriculados, un 25% pertenece a La Ina y a sus alrededores, como Rajamancera, El Palomar, El Mojo Baldío de Gallardo o La Graduela. Mientras que un 75% viene de otras zonas como Torrecera, El Torno, Lomopardo, Jerez o El Puerto.

“Hay una demanda de familias de la ciudad que no solo buscan la ratio baja sino también esa filosofía del centro. El primer año que cogí la dirección, por consecuencias demográficas bajó 16 alumnos, hice los cálculos y pensé, en 7 u 8 años esto desaparece. Pero la verdad que nos mantenemos por el alumnado que no es de esta zona”, detalla José Antonio.

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Los niños y niñas escalan en el rocódromo.   MANU GARCÍA
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El aula de Infantil está formada por niños y niñas de 3, 4 y 5 años.   MANU GARCÍA

Según explica, la continuidad del colegio es todo un reto, que de momento, van superando. “Mantenerse es crecer, porque viendo cómo están las matrículas con el descenso de la población y el cierre de unidades en muchos centros, para nosotros mantenernos es un logro”, expresa el director, que valora el esfuerzo de las familias que eligen este centro pese a la distancia. Un apoyo fundamental que también se refleja en la participación.

“Si no tuviéramos alumnos de otros lados, este centro terminaría en aulas mixtas. Gracias a este alumnado externo, junto al que tenemos, podemos mantener las unidades”, sostiene. Tan solo en Infantil se unen las etapas de 3, 4 y 5 años en una misma aula, unos 10 pequeños y pequeñas. Esto se debe a la existencia de otras escuelas infantiles en la zona y a que la población ya está envejecida y los nacimientos escasean.

Del huerto escolar al flamenco

El canto de un pájaro es la banda sonora de los niños y niñas que están en el huerto escolar. Uno de los múltiples proyectos de este colegio donde también hay programas de hábitos saludables o de cooperación, excursiones en la naturaleza, convivencias con otros centros de la zona, o programas culturales donde nacen iniciativas como Flamencole, que toma este estilo musical como hilo conductor en las asignaturas. “Nos metemos en muchos planes y proyectos y eso enriquece”, dice Blanca, que explica que también están conectados con otros colegios para brindar la posibilidad de hacer salidas, por ejemplo, a Sierra Nevada.

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El huerto escolar es uno de los proyectos del centro.   MANU GARCÍA
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Juegos en el aula de Infantil de La Ina.   MANU GARCÍA

“Aquí diseñamos actividades que sean transversales y que de alguna forma refuercen todas las áreas. Se trabaja de manera interdisciplinar. Por ejemplo, estamos en el año de Lorca, pues se trabaja su biografía en inglés y se hacen bocetos de poemas. En Educación física, vamos al río y llevamos un cuaderno de campo para conocer el medio o la siembra y después hacer una redacción de la experiencia”, detallan.

Otro de sus atractivos es que cuenta con un comedor de gestión directa, que no está en manos de una empresa de catering. Es la dirección la que se encarga de tratar con los proveedores y procurar tener alimentos de la zona para unos 50 niños y niñas. Por esta razón, no es extraño que el olor a puchero se cuele en las clases desde primera hora de la mañana, momento en el que Alberto y María José, los cocineros, se meten en los fogones.

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José Antonio explica la filosofía del colegio rural.   MANU GARCÍA
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Alberto, uno de los cocineros, sirve los espaguetis al alumnado en el comedor.   MANU GARCÍA

Ángeles Cuenca, la secretaria sirve queso a los alumnos que ya están sentado con un plato de espaguetis con tomate en uno de los pocos centros que disponen de este servicio. “Es como si comieran en casa. La comida la hacemos por la mañana y está recién hecha”, comentan los encargados de los fogones.

Reclaman un aula específica

Otro de los potenciales de este colegio reside en la gran diversidad que existe en sus aulas. Cerca del 30% es alumnado con necesidades especiales (NEAE). “Son muchos de los que vienen de fuera. Sus familias buscan una ratio baja para que puedan tener una mayor atención y aquí la encuentran. Bienvenidos sean. Enriquece tanto a los profesores como al alumnado”, explica el director.

Estos alumnos están integrados en los cursos de forma que en una clase se pueden encontrar hasta cuatro niveles de necesidades distintos. “Por ejemplo, en una, más del 50% es NEAE. El mundo es diverso y hay que adaptarse. Te acostumbras a trabajar así”, añaden.

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Profesores y alumnos forjan lazos afectivos es este colegio con la ratio baja.   MANU GARCÍA

Sin embargo, consideran que un aula específica mejoraría la atención a este alumnado. Por ello, la han solicitado con el fin de destinar los recursos pertinentes a estos pequeños y pequeñas. “Hay un grado de aceptación grandísimo hacia el alumnado TEA porque se normaliza desde Infantil y es uno más”, explican.

Si hay algo de lo que este colegio muestra estar orgulloso es de sus estudiantes, cargados de valores de respeto, empatía y solidaridad. Algunos son diamantes en bruto que llegarán a ser grandes profesionales. Otros, no tendrán la oportunidad. Sus profesores lo perciben, pero comparten que vivir en el medio rural influye. “Vemos como muchas veces se perpetúan generaciones. Familias que siguen los mismos patrones y que hay niños y niñas con un gran potencial que siguen heredando el trabajo de sus padres”, explica José Antonio.

Ellos ponen su granito de arena para dar el mejor desarrollo a estos pequeños y pequeñas a los que tienen mucho cariño. Lo hacen desde un centro que más allá de ser un CEIP, es “el órgano motor de la barriada”. En sus instalaciones se organizan convivencias para todos los vecinos de La Ina y actividades extraescolares de todo tipo. Hasta fiestas pijama con proyecciones de películas.

Sobre el autor

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Patricia Merello

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