Paco tiene un kilo de flor de sal y lo ofrece. Ismael lo quiere y quedan para hacer el traspaso. Pero el pago no se hace en euros. O no totalmente. Ambos sacan una cartilla, del tamaño de un carné, donde apuntan las condiciones del trato: fecha, concepto y la cantidad a abonar, cuatro euros y dos zoquitos, por un producto que tiene un coste en el mercado de unos doce euros. La moneda local está a punto de cumplir una década de existencia. Su valor, explican quienes la usan, es el mismo que el de un café y la idea es “ayudarse mutuamente”, usándola entre la red de confianza que componen todos los zoquiteros.

Unas 200 personas utilizan esta moneda en la ciudad, la mayoría de forma individual, pero también hay empresas de diseño gráfico, programación, alimentación ecológica, asociaciones culturales, grupos de teatro… Ismael Ruiz tiene una empresa, Anexo 3, en la que junto a otro socio realiza proyectos de ingeniería. Ellos llevan cinco años utilizando el zoquito. “A uno le hicimos una memoria tecnológica por 150 zoquitos, algo que vale unos 500 euros; otra miembro de la red necesitaba un certificado energético para poder alquiler una vivienda y se lo cobramos en zoquitos, a una empresa la inscribimos en el registro de industria agroalimentaria...”, explica. “Nosotros no vamos a vivir de eso, es un complemento”, señala Ismael, que en su oficina tiene diverso material que ha conseguido gracias a la red: “Este ratón lo cambié por zoquitos, esos archivadores también… Cada vez que alguien ofrece material de oficina, ahí estoy yo”.

El funcionamiento de la red es sencillo. Para ingresar lo ideal es hacerlo recomendado por uno de los miembros, aunque no es imprescindible. En los encuentros zoquiteros explican todo lo necesario para poder utilizar esta moneda, que no existe físicamente como tal, ya que los intercambios se apuntan en una cartilla personalizada que tiene cada miembro y que se renueva cada año. A través de la web o de un grupo de Facebook privado que componen los miembros de la red, se ofrecen productos o servicios, como llevar a alguien al aeropuerto, pintar una oficina o entregar unos pantalones que se han quedado pequeños. No es necesario ofrecer algo material para realizar un intercambio, todo lo contrario, el zoquito pretende fomentar la economía social, “recuperando el sentido original del dinero como simple medio de intercambio entre personas y no el concepto especulativo y acumulativo que del dinero se tiene en el sistema actual”, se explica en los principios fundacionales. 

“El zoquito contribuye a crear riqueza, te beneficias de una red de confianza y creas unos lazos sociales muy fuertes”, asegura Ismael, que cuenta que tienen varios normas, como realizar al menos tres intercambios al año mediante esta moneda y que el miembro que quiera dejar la red debe hacerlo con el saldo a cero. El concepto de endeudamiento aquí es relativo. No se penaliza a quien tiene un saldo negativo o se le impide seguir realizando intercambios. Los propios miembros saben que deben equilibrar sus cifras y se comprometen a ello. “Ni penalizamos estar en negativo, ni se fomenta acumular muchos zoquitos”, explican.

“El euro es pura especulación, nuestra idea es hacer que la sociedad cambie”, señala Francisco Pérez, Paco para los amigos, que señala que dentro de la red se valora a las personas “por las capacidades que tiene”. Él, como Ismael, lleva varios años usando el zoquito y la clave, señala, es “pensar que cada cosa que te hace falta la puedes pedir u ofrecer en zoquitos”. No para enriquecerse ellos mismos, sino para fortalecer el uso de una moneda social que repercute en la economía de la zona. El propio sistema, dicen, excluye a personas que entran para intentar aprovecharse. “Si veo que alguien ofrece un producto que vale diez euros y pide diez euros y dos zoquitos… no realizo el intercambio con esa persona”, señala Ismael, que se ha encontrado con más de un caso así. “Para nosotros es importante conocernos, saber con quién hacemos los intercambios, ya que estos intercambios no son el fin, sino el medio para crear comunidad”, explican desde la organización de esta moneda social, que “mejora las relaciones entre las personas y aumenta la autoestima de sus miembros”.

En abril de 2017 el zoquito cumple diez años, siendo así una de las monedas locales más antiguas del país. Por eso sus miembros están pensando en organizar un encuentro estatal de monedas sociales que aún está por definir. Además, los miembros de la red tienen contacto con los de otras monedas sociales, como el salero, de El Puerto; el piñón, de Puerto Real; el arquito, de Arcos; o el puma, del barrio sevillano de El Pumarejo, que forman parte de la CES —Community Exchange System, Sistema de Intercambio Colectivo—, una plataforma donde se ofrecen e intercambian los productos y servicios.

Fue la japonesa Maki Iizuka, afincada en Jerez por su afición al flamenco, quien a través de la asociación de consumidores el Zoco dio forma al zoquito hace casi una década, aunque la moneda social más antigua de las que opera en España es el axarco, usada en la Axarquía malagueña, aunque con la crisis se han creado un buen número de monedas locales y existen en torno a un centenar en todo el país. El chavico, la mora, la canica, la oliva, el espronceda, el ekhi… “Más que el número de usuarios, las principales características del fenómeno son la diversidad y su originalidad”, señala Julio Gisbert, autor del libro Vivir sin empleo, en el diario.es. En otros países, como Inglaterra, el uso de este tipo de monedas está más asentado. En Bristol, por ejemplo, el alcalde cobra el 100% de su sueldo en la moneda local y los trabajadores municipales perciben parte de su sueldo en la libra propia de la ciudad. ¿Veremos algo así algún día en España?

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