Los históricos del Bululú, leyenda viva de La Granja: "Hacíamos una gran labor social en el barrio"

Cuatro de los fundadores de un proyecto asociativo que más de 30 años después sigue vivo recuerdan las historias y curiosidades de una asociación juvenil que ha marcado a miles de jóvenes granjeros

José Antonio Chamizo, Lolo Cornejo, Tere Chamizo y Rafael Guerrero Coca, cuatro de los monitores históricos del Bululú.
José Antonio Chamizo, Lolo Cornejo, Tere Chamizo y Rafael Guerrero Coca, cuatro de los monitores históricos del Bululú. MANU GARCÍA

Mediados de los años 80 del pasado siglo. La Granja era una barriada joven, a la que habían llegado muchas familias cargadas de hijos. No había miedo al índice de natalidad y era relativamente sencillo encontrar bloques con más de cuarenta niños y niñas. Las plazoletas desprendían sonidos y colores joviales de aquellos pequeños que jugaban sin peligro de coches ni adicciones a videojuegos y redes sociales. 

En aquellos tiempos, un grupo de jóvenes voluntarios puso en marcha un proyecto asociativo que, casi cuatro décadas después, todavía perdura en el tiempo. Un movimiento sociocultural que es símbolo y emblema de un barrio. No hay nadie que haya crecido en La Granja que no tenga, directa o indirectamente, relación con el CETL (Centro de Educación en el Tiempo Libre) Bululú

Esta iniciativa tuvo su semilla en la pequeña iglesia, luego reformada y ampliada, del barrio. Unos jóvenes del grupo de confirmación recibieron la llamada de Miguel Romero por si podían colaborar con la biblioteca que estaba en el centro cívico de La Granja. Hacían prestaciones de libros, ayudaban a los más pequeños a hacer las tareas y montaron dos jornadas sobre literatura infantil y Julio Verne. Entonces, unos educadores sociales del Ayuntamiento (Marce e Inma) les propusieron formarse como monitores de tiempo libre. Así nació la historia del Bululú, que en sus comienzos se llamaba grupo Fantasía

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Los fundadores del Bululú miran con nostalgia el lugar donde hacían sus actividades.   MANU GARCÍA

Durante dos años, aquellos adolescentes de entre 14 y 16 años, se fueron formando. En Jerez ya existían otros movimientos similares en Las Delicias (El Arrabal) y Las Torres (Burbuja). El Bululú era el recién nacido, pero fue cogiendo una fuerza tremenda. Y a día de hoy es el único que ha sobrevivido al paso del tiempo y al nuevo concepto de sociedad marcado por las nuevas tecnologías.

Más de 200 niños y niñas acudían cada sábado por la mañana al encuentro de unos jóvenes que dinamizaron la vida del barrio, además de desarrollar una increíble labor social. "Ahora sería imposible e impensable que un grupo de jóvenes se hiciera cargo de tantos niños, pero teníamos la confianza de las familias", afirma Rafael Guerrero Coca, uno de aquellos primeros monitores. "Los padres antes no tenían ese concepto de proteccionismo que hay ahora", apunta Tere Chamizo, otra histórica del grupo. 

"Ahora sería impensable que un grupo de jóvenes se hiciera cargo de tantos niños"

Los niños no pagaban nada por las actividades en las que participaban cada fin de semana. Y los campamentos de verano se sacaban adelante con rifas, venta de camisetas y diferentes actividades para recaudar dinero. El Charco de los Hurones, San José del Valle o la Sauceda fueron algunos de los escenarios de unas excursiones que todavía no se han borrado de la memoria de aquellos que disfrutaron de esos años maravillosos. En las colonias de verano en Chipiona se juntaban con grupos de otras localidades llegando a superar el millar de niños.

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Lolo Cornejo, Rafael Guerrero Coca y José Antonio Chamizo.   MANU GARCÍA

El Bululú subsistía gracias a pequeñas subvenciones del Ayuntamiento y la Junta de Andalucía para comprar materiales y demás recursos necesarios para desarrollar todas las actividades que ponían en marcha junto a los célebres pasacalles por las diferentes plazoletas del barrio. "Al inicio de curso poníamos carteles en diferentes puntos de La Granja e invitábamos a los niños a que se pasasen por el parque", cuenta José Antonio Chamizo, mítico componente. Desde las 9.30 de la mañana, los monitores preparaban una jornada sabatina que comenzaba para los niños a las once. Había grupos de pequeños, medianos y mayores, para organizar mejor el trabajo con los jóvenes. "Una cuarta parte de los jóvenes de La Granja estaba en el Bululú por entonces", añade Lolo Cornejo, que también recuerda con nostalgia aquella época. 

"Éramos un grupo de 16-20 chavales con una vocación de voluntariado bastante grande. El tema de la formación y los valores eran muy importantes", señala Coca. Nada estaba dejado a la improvisación. El grupo estaba totalmente organizado y fue un adelantado a sus tiempos en el concepto de las reuniones asamblearias. Hasta el propio nombre de Bululú, que hace referencia a los juglares de la Edad Media que iban contando historias por los pueblos, se eligió de forma democrática entre todos los componentes. "Trabajábamos sobre coeducación, sexismo y medioambiente. A lo mejor íbamos a los campamentos de Campano y nos decían que los niños y las niñas tenían que dividirse e irse cada uno para un lado. Nosotros nos negábamos, ya que era echar por tierra el trabajo que estábamos haciendo en igualdad", recuerda Cornejo. 

"Una cuarta parte de los jóvenes de La Granja estaba en el Bululú"

La Asociación de Vecinos Pueblo Nuevo ayudó mucho al grupo. "Éramos casi la delegación de Juventud por todo lo que hacíamos en el barrio. Organizábamos pasacalles y para la cabalgata de Reyes Magos del barrio hacíamos campañas de recogida de juguetes que coordinábamos con la trabajadora social. Hacíamos una gran labor social. Por entonces, no nos dábamos cuenta del valor que tenía aquello", destaca Coca. 

También aquellas actividades eran todo un aprendizaje para estos jóvenes que apenas tenían unos cuantos años más que los pequeños que participaban cada sábado. "Esto nos enseñó a programar, a organizar, a cómo enfocar objetivos y desarrollar un plan de trabajo. Teníamos todo muy estructurado. Cada uno de nosotros tenía una labor, desde el coordinador al tesorero o los responsables de cada grupo", señala Chami. 

El Bululú también dio la oportunidad de conocer mundo a muchos jóvenes de La Granja, que salieron por primera vez de España gracias al programa de juventud de intercambio con Europa. A principios de los 90 se organizaron viajes a Dinamarca, Irlanda e Italia. También fueron pioneros en eso de los juegos de rol que cobraron mayor relieve a principios de milenio. "Nosotros muchos de los temas que hacíamos eran juegos de rol", indica Tere. También formaron a muchos monitores, que tomaron el relevo de aquellos fundadores de un Bululú que hoy sigue con vida en La Granja con la segunda generación de monitores. "No esperábamos tener una cantera tan buena de jóvenes que han ido formándose", destaca Cornejo. 

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Tere Chamizo sigue conservando una sudadera del Bululú.   MANU GARCÍA

Aunque en muchas ocasiones tuvieron que escuchar comentarios de gente que les tachaban de hippies, secta o algún que otro descalificativo más, el grupo siguió manteniendo y defendiendo su estilo educativo y filosofía de vida. "Teníamos muchas inquietudes –comenta Coca– y nos gustaba hablarlas y reflexionarlas. No era normal que un grupo de adolescentes de 16 años se hiciera cargo de tantos niños. Lo que hacíamos es algo que nos han reconocido los chavales con el paso de los años". Para Tere fue "una labor muy bonita", que, para Cornejo, "te llenaba un montón. Ahora cuando te encuentras con alguno de aquellos niños y hablamos de aquellos tiempos ves el brillo en los ojos. El sábado por la mañana, los niños de La Granja sabían donde tenían que ir".

"Lo que hacíamos era algo que nos han reconocido los chavales con el paso de los años"

Dentro de los grupos de niños y niñas estaban representados todos los estereotipos de la sociedad. Algunos, con comportamientos más disruptivos, otros, con más carisma o alma de líder. Pero todas las piezas encajaban de manera espectacular en el Bululú. "Trabajábamos con los chavales la resolución de conflictos o los temas de asociar roles. Hablábamos con ellos sobre sexualidad o los problemas del alcohol", detalla Tere. 

Han pasado los años y aquellos monitores de antaño siguen conservando una bonita amistad. Hablan con nostalgia de los tiempos del Bululú y se muestran orgullosos de que, más de tres décadas después, "el Bululú siga vivo y siendo un punto de encuentro para los jóvenes de La Granja". 

Sobre el autor:

Rubén Guerrero

Periodista con más de veinte años de experiencia en los medios de comunicación (prensa escrita, digital, radio y televisión). Autor de Nosotras. Historias del olvidado deporte femenino y otros seis libros más. Recuperando la ilusión por el periodismo en lavozdelsur.es.

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Comentarios (1)

Inmaculada Nieto Hace 1 mes
Que gran labor de desarrollo comunitario! Bululu es un gran ejemplo de gente que ofrece su trabajo voluntario para hacer un mundo mejor, con menos discriminacion y más tolerancia. Estoy muy orgullosa de su labor!
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