Las hermanas de Jesús llevan alrededor de 400 años peleando por su derecho a alumbrar el camino del Nazareno cada Viernes Santo Madrugada en Jerez. Siglos antes de que se hablara de igualdad en las hermandades o de sororidad y empoderamiento femenino a todos los niveles, eran ellas las que a toda costa mantenían la promesa de procesionar junto a la enigmática talla jerezana, ese expresivo Jesús Nazareno de factura anónima y del que hay diversas informaciones sobre un origen que puede ser anterior al siglo XVIII.
Sucede algo parecido con la propia hermandad y archicofradía jerezana, cuyos cimientos son difusos (reorganizaciones que se remontan a 1504) y a los que las últimas documentaciones fijan en el siglo XIII. Lo cual importa, pero no parece en el fondo que demasiado. Más, si se tiene en cuenta que históricamente muchas de sus nazarenas ni siquiera salían como hermanas de la cofradía y otras muchas lo fueron sin saber muy bien por qué, salvo porque había que seguir empuñando el farol de generación en generación. La cronología histórica del Nazareno de Jerez es tan rica, apasionante e intensa como las horas en las que cada Noche de Jesús —en Jerez no se llama Madrugá— se planta en la calle rumbo a la Catedral y regresa hasta Cristina.
Son tantas las singularidades y el caudal de pureza máxima que desembalsa por todo el centro histórico de la ciudad esta institución durante la noche más larga del año que la convierten probablemente en el ejemplo cumbre del casticismo cofrade jerezano. Solo el Cristo de la Expiración, desde la Ermita de San Telmo este Viernes Santo, reúne probablemente tanta autenticidad, tanta devoción libre de influencias y modas pasajeras.
Tradicionalmente bajo la hegemonía de Sevilla, la Semana Santa de Jerez encuentra en la Capilla de San Juan de Letrán, valiosa y oculta para el paseante, sus formas más genuinas. Un espíritu que desoyó a la capital andaluza, históricamente marcando el paso de la Pasión en la Baja Andalucía, hasta cuando en 1604 llegaron hasta Jerez unas normas que cerraban el paso a la mujer a la hora de acompañar a Jesús.
Siglos después de aquellos primeros vetos fallidos, todas las hermanas con farol, siempre con una imagen característica de apelotonamiento en las filas —más si cabe si uno traspasa ya bien entrada la madrugada la delgada línea que va de la calle a la antesala de la capilla—, tienen incluso libertad a la hora de distribuirse por el nutrido cortejo.
"¿Por qué soy de Jesús?"
Celosas del anonimato nazareno, pocas dejan ver sus rostros. Apenas unos ojos de colores vivos e intensos se clavan desde otro lado de los faroles que conformarán un río de puntos de luz en mitad de la noche. A esos faroles, en los momentos previos a la salida, da también luz el encendedor de Jesús, David Montes. "¿Por qué soy de Jesús? No lo sé, solo sé que entre 215.000 habitantes, yo alumbro esta noche su camino", responde.
El periodista, ataviado con una túnica nazarena similar a las que desfilaban en el siglo XIX, con las puñetas de terciopelo y el característico ruán morado, rememora la importancia de la tradición y la esencia en una hermandad donde la mujer, tras siglos de prejuicios, vetos oficiales y menosprecios, lo es todo. "Las hermanas venían vestidas de Jesús directamente desde los cortijos donde trabajaban, hacían la estación y se volvían por la mañana. Era un momento culminante del año para ellas".
Su actual hermana mayor, la primera máxima responsable de la cofradía en más de 400 años (o más) del Nazareno, Carmen Tejero, lleva 36 de 50 años con su hábito y su capuz morado. "En el Nazareno la mujer está totalmente integrada. Y es una realidad, es algo normalizado desde hace muchísimos años. Hemos sido pioneras en formar parte de juntas de gobierno y muchas otras cosas", contaba a este periódico en una entrevista cuando fue elegida para esta responsabilidad.
Cerca de ella, su esposo Raúl Castaño, que ha sido hermano mayor durante dos mandatos y que lleva el apellido de una saga legendaria en San Juan de Letrán. Su primo José María Castaño, conocido periodista y flamencólogo, aparece bajo el dintel de la capilla agarrado de su padre, hermano mayor honorario perpetuo de Jesús Nazareno, José Castaño Rubiales. En realidad, no es un caso excepcional. Las generaciones se suceden aquí, el capuz va pasando de bisabuelas a niñas. El hábito nazareno ha llegado hasta el hijo de Antonio Valdivieso, cuyo padre, de 93 años y uno de los penitentes de mayor edad —si no el más longevo— de la Semana Santa de Jerez, se ha quedado sin salir este año por un proceso vírico. “Nada grave, pero no queríamos arriesgarnos por su edad”, cuenta horas antes de una nueva Noche de Jesús.
Felizmente atrapada en el tiempo
Una procesión felizmente atrapada en otro tiempo, con horquillas y cargadores a rostro descubierto —al igual que ocurre en el Cristo de Jerez, la otra gran reserva cofrade de pureza jerezana—. Con antiguos guardias de campo delante del Nazareno y con la trompeta saetera. Un instrumento de otra época (en este caso, datado en 1856) que agarra el músico David Guillén, recuperando los vientos más arcaicos para, lejos de algoritmos e IA, anunciar la llegada de la cofradía o la irrupción de saetas como las que la joven cantaora Lucía Aliaño dedica, cerca de las 4 de esta pasada madrugada, a los sagrados titulares de la hermandad de Cristina.
Una procesión envuelta en un halo especial, en un ambiente despreocupado y desprejuiciado, dando una sensación de que la fe mueve montañas, pero también las organiza como quiere sobre el terreno. "Estáis en vuestra casa, esta es la casa de todo Jerez", invita dibujando una amplia sonrisa Raúl Castaño, que no solo se funde en abrazos y besos, sino que jalea y anima a los jóvenes cargadores del tercer paso de la procesión, un San Juan tan carismático como el icónico Marquillo, el popular sayón que tira de la soga que ata al Nazareno.
Coronas de difuntos sobre los varales de la Virgen del Traspaso, una de las dolorosas más impactantes de la Semana Santa andaluza, dejan en la retina el fin del cortejo procesional. Un desfile que, esta pasada Madrugada, en un recorrido pleno que ha concluido unas seis horas después de echarse a la calle, ha estado integrado por una cantera de unos 120 pavitos, niños y especialmente niñas que ya vislumbran lo que va a ocurrir siglos antes de que suceda.
