Fernando lleva unos meses criando capones, que así tienen una carne más jugosa, y cuenta que es de los pocos de Andalucía que se dedica a esta práctica.

Fernando lleva toda su vida dedicado al campo. También ha trabajado en la construcción, pero dejó de hacerlo cuando se lastimó la espalda. Desde pequeño, y tiene 50 años, se ha criado junto a gallinas. No conoce otra cosa. Por eso lleva unos meses dedicado a criar pollos. Empezó con pocos pero este año tenía 600. Ya le quedan unos 300. Él, dice, es de los pocos que se dedica a vender gallos capones en toda Andalucía. La práctica está extendida en otras regiones, sobre todo el norte de España, pero aquí no es común.

Los capones son gallos que, cuando alcanzan el kilo y medio de peso, son castrados. El motivo de esta práctica es que la carne es más jugosa. Fernando lo hace con un electrobisturí que compró en Valencia, aunque no es él mismo quien se encarga, sino un veterinario de La Barca con el que está asociado. “Antes se hacía con lazos o por torsión, pero la microcirugía es más eficaz, de otra manera se pueden regenerar”.

La temporada alta de esta práctica es en Navidad, cuando la gente más compra para las cenas de estas fiestas. Aunque Fernando continúa todo el año. Por el momento, cuenta, le da para comer. Necesitaría vender unos 6.000 pollos al año, calcula, para poder vivir de ellos. Lleva unos 18 años criando pollos y ahora, cuenta, “es cuando estoy más fuerte”.
A la parcela, cerca de San José Obrero, donde Fernando tiene los pollos, llega sobre las ocho de la mañana para darles de comer. Luego limpia los compartimentos donde pasan el día, en los que no hay más de 100 pollos por estancia. Él lo tiene claro: “Lo principal para que esto funcione es la limpieza”, dice. “Hay que estar todo el día atendiéndolos”. A su casa no vuelve hasta pasadas las nueve de la noche.

Donde tiene a los pollos, que corren a sus anchas por los extensos terrenos que los acogen, comparte horas con Quiles y Tula, dos perros que los custodian. “Llevan desde que tenían 20 días con los pollos”, cuenta Fernando, que no se imagina la vida sin ellos. “Son los guardianes”, dice. Ya le han robado más de una vez, por eso son tan importantes. Mientras atiende a lavozdelsur.es, llega un cliente. Fernando lo atiende y recoge el encargo, diez pollos, que coge y mete en dos cajas. “Esto es muy difícil”, señala el criador, ya que “cuando empiezas hay mucha mortalidad”, añade.
Para poder dedicarse a este mundillo Fernando ha recorrido ferias de avicultura de toda España. “Observaba mucho las primeras veces”, señala. Ahora, apunta: “Veo de lejos a un pollo que se regenera”. En una de esas muestras conoció a un biólogo peruano que castraba loros. Él le dio la idea de realizar la castración química.

Por el momento vende a particulares y tiendas de Jerez, Sevilla, Huelva y Málaga, aunque también tiene encargos de Madrid o Bilbao. “Tenía carteles y puse el anuncio en internet”, cuenta. Cuando hace un encargo son de mínimo 500 o 600 pollos, a una granja de Pinseque (Zaragoza). Fernando aclara que cuenta con número de explotación. “No puedes traer animales de por ahí así como así". Tras ver la aceptación que están teniendo los pollos que cría, ya piensa en contar con unas instalaciones mejores.

La práctica de capar pollos para que su carne sea más jugosa está muy extendida en algunas poblaciones gallegas como Vilalba (Lugo), famosa por vender a toda España ejemplares de gran calidad. También el El Prat de Llobregat (Barcelona) se crían pollos capones y hasta tienen una raza autóctona que se caracteriza por el color azulado de sus patas. El jerezano, por el momento, se conforma con traerlos desde Zaragoza. 

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído