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La zona de llegadas del Aeropuerto de Jerez es un hervidero de familias incompletas que esperan que su otra parte aparezca una vez se deslizan las puertas que les separan.

Amor es el nombre de una joven de 21 años que acaba de aterrizar en el Aeropuerto de Jerez para pasar la Nochebuena junto a su padre. En Barcelona trabaja como educadora infantil. Inquieto, un pequeño que ronda los 6 años espera en la zona de salida en zapatillas de deporte. “Las trae puestas porque lo que quiere es jugar con mi hermano al fútbol”, explica su madre. Se separan las dos hojas de las puertas deslizantes cuando los sensores detectan a Álvaro, el tío afortunado, ingeniero Informático. De la mano del sobrino, que tímido se agarra a su pierna que se resiste a soltar, recibe un dibujo. Un año y tres meses lleva residiendo en la capital catalana donde ha podido encontrar un buen empleo. Hasta entonces sólo había encadenado becas y trabajos esporádicos en condiciones precarias. “Estaba deseando volver. No estoy mal allí, pero si pudiera trabajar aquí en las mismas condiciones no me lo pensaría y me vendría”, reconoce el joven de 30 años. “Es muy gadita”, bromea su hermana.

Desde el municipio de Barbate, donde la tasa de paro supera el 50%, un abuelo de avanzada edad espera recoger a su nieto Daniel, de 31 años. “Llego aquí y lo primero que hago es… (cierra los ojos con fuerza e inspira profundamente)”, cuenta visiblemente emocionado. Miente. Lo primero que ha hecho ha sido fundirse en un abrazo con su abuelo y su hermano. En la isla trabaja como profesor de español para extranjeros y su pareja Lucía, de 28 años, también barbateña, como doctora. “Mallorca es España, pero no es lo mismo. Dicen que aquello es el paraíso, pero para mí está aquí”, enfatiza antes de marcharse con los suyos después de ocho meses sin pisar la península.

Los padres de Soledad, estudiante de Erasmus en Creta, la esperan con impaciencia. Según cuentan, su hija estudia Trabajo Social y deseaba perfeccionar su inglés y aprender otros idiomas. “Escogió Creta porque quería un lugar donde las cosas no marchasen precisamente bien”, puntualiza su madre. Mientras espera, narra la epopeya de sus tres hijos “exiliados”: Uno de ellos en Madrid, otro en Alemania donde ejerce como arquitecto y vive con su pareja, enfermera de profesión. “Cuando recojamos a la niña, nos vamos a Sevilla a por el hermano. Tienen muchas ganas de verse”. De ellos, cuenta, el que peor lo pasa es el que trabaja en el país germano. Echa de menos a sus amigos y el clima, “pero están muy bien, sobre todo mi nuera, en Alemania se rifan al personal sanitario de aquí porque están muy bien preparados”. El matrimonio no lo duda. En el caso de que sus hijos por las razones que fueran no pudiesen venir, “nos iríamos con ellos, estas fechas son para pasarlas en familia”.

Son sevillanos residentes en Jerez. Al igual que el resto de las personas congregadas en la salida de los pasajeros que regresan, Concha y Manuel, esperan a su hija y a su nieto de 20 meses que viven en Tarrasa. A pesar de que su hija trabaja allí como profesora de Educación Especial y no pueden verse con la asiduidad que quisieran, Manuel se llena la boca: “Mi nieto se vuelve loco cuando nos ve y pega un salto para mí…”. Así es, se abre la puerta, el pequeño se queda asombrado unas milésimas de segundo –quizá porque el bullicio y la expectación es mayor de lo habitual- y corre hacia Manuel. Hasta el día de Reyes disfrutarán juntos de la gracia de la Navidad que hace posible lo imposible rompiendo las distancias. Aunque también se echa de menos a quienes no están, como se oye decir a una de las señoras que espera: "Lo pasamos en familia, pero desde que se fue mi padre, no es lo mismo".

Poco a poco se marchan a sus casas. María Rosa, empleada en el departamento de información del Aeropuerto, es sensible al cambio en estas fechas. Según explica, los pasajeros de los vuelos procedentes de Madrid y Barcelona, en general, son personas de negocios. Estos días, en cambio, no son pocos los extranjeros, la mayoría alemanes, que traen sus portamaletas cargados de los palos de golf. Y lo más especial: “Se ven muchas familias, se nota la felicidad. A veces no me doy cuenta, me quedo mirando y me emociono”. 

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