Los siglos XIV y XV, y también buena parte del siglo XVI, fueron para Jerez un período plagado de momentos de dureza y crueldad en las costumbres sociales. Es cierto que no todo era violencia, mazmorras y látigos sobre las espaldas expiando culpas en las procesiones religiosas, pero la vida brusca, los ajusticiamientos, el hambre, la falta de higiene y la suciedad en las calles, etc., eran realidades muy comunes. Una determinada idea de la muerte, sorpresiva, horrible, omnipresente, se había apoderado de aquel tiempo.

El gran historiador John Huizinga dice en su obra El otoño de la edad media -obra escrita en 1930- que de "todas las pasiones que la colman de dolor [a la vida diaria en la Edad Media], mencionan los documentos, por lo regular, sólo dos: la codicia y la belicosidad". También Marta Madero, en su libro Manos violentas, palabras vedadas. La injuria en Castilla y León (siglos XIII-XV), da a entender algo muy parecido respecto a Castilla y León cuando escribe que: “Los esquimales tendrían 15 palabras para decir nieve y los castellanos y leoneses de los siglos XIII y XIV más de 15 para decir injuria: escarnio, porfazo, tuerto, desprez, despreciamiento, baldón, mancilla, afruenta, enfamamiento, agravio, escatima, estultar,, escarnecer ... "

Efectivamente, las pasiones desbordadas, los sentimientos radicales ante la vida y la muerte, el amor entendido como salvación o como hundimiento fatal, la muerte temida no por "la pérdida de personas amadas, sino... la propia muerte que se acerca y sólo significa mal y espanto" (Huizinga, p. 211), etc., etc., eran visiones, sentimientos, miedos, que hacían de la vida personal y colectiva un camino difícil, intenso, de placer o de dolor ... pero siempre pletórico. Paraíso o infierno en vida, ésta era la dualidad que regía los sentimientos, y en buena medida las ideas, de los hombres y de las mujeres del medioevo.

Obviamente, también en Jerez este estallido de vida y de temores tenía lugar a través de numerosas historias que queremos evocar aquí. Historias más o menos relevantes de las que sólo ofreceremos pinceladas, pero que dan cuenta, en nuestra opinión, de un clima cotidiano donde la vida humana, más que una suerte, podía ser considerada –con razón- una desgracia.

La violencia económica y la prohibición de llevar joyas. La violencia económica en Jerez, fruto de la eterna guerra civil entre ricos y pobres, fue in crescendo durante la Baja Edad Media. Los caballeros, la iglesia y sobre todo algunas ricas familias aristocráticas de la ciudad, detentaban un porcentaje colosal de la riqueza territorial, agraria y comercial. Como ejemplo de esta situación de lacerante agravio comparativo entre la mayoría y la minoría (véase p. 63 y ss. del libro de E. Balancy Violencia civil en la Andalucía moderna, siglos XV-XVI), podemos citar el impresionante patrimonio agropecuario del monasterio de la Cartuja ya desde su fundación en el último tercio del siglo XV, así como el proceso de continuas usurpaciones de terrenos y dehesas públicas por parte de la aristocracia jerezana.

No hay que olvidar tampoco, en relación con la dura violencia económica de la época, que la causa directa que más revueltas sociales originó en Jerez fue una causa de orden económico, a saber, la presión fiscal que sobre la clase pechera ejercía el insaciable Concejo o Ayuntamiento, a veces por motivos justificados y, en la mayoría de los casos, para abonar gastos de guerra, o subsanar desfalcos, o pagar prebendas, etc.

Las clases socioeconómicas estaban muy bien definidas en la baja Edad Media. Si se era caballero o hijodalgo, si se pertenecía a la alta aristocracia o si se era sedero o curtidor, fueras quien fueras, las posibilidades sociales de cada quien estaban sumamente regladas y ajustadas a lo que se esperaba exactamente de cada uno. Al que sacara los pies del plato o se le azotaba o se le multaba (lo que era mucho peor). Este es el caso -según un documento de 1426- de las mujeres que, no siendo madres, hijas o esposas de hijodalgos, se atrevían a llevar adornos de oro o plata por la calle.

Pero, ¿tantas mujeres humildes llevaban joyas como para que el Ayuntamiento aprobase un edicto prohibitivo bajo amenaza de multa?, ¿acaso el edicto municipal se refería a algunas mujeres de los burdeles que, engalanadas con bellos regalos, soliviantaban la moral de las otras de más alta alcurnia? No lo sabemos bien, pero el caso es que nadie podía lucir joyas, excepto los ricos hombres y mujeres de la aristocracia. La apariencia de las personas era castigada si subvertía de algún modo, por leve que fuera, el orden económico y social establecido.

Una religión de espíritus extraños. Desde luego que no todo en la ciudad era, en cuanto a sentimientos religiosos se refiere, devoción mariana y bellos desfiles cofradieros..., tal como una parte de la tradiciona1 historiografía local ha dado a entender durante muchos años. Tenemos noticias de ritos religiosos de tipo mágico o animista o espiritualista, como por ejemplo las llamadas misas de la luz... probablemente enfocadas a la comunicación con los familiares y amigos muertos. Igualmente pudo haber, como apunta el historiador H. Sancho para el siglo XVI, prácticas de exorcismo, sanadores, ciegos rezadores... , como consecuencia... “1os prejuicios y supersticiones reinaban sin oposición". Aquella imaginería milagrera, las Hermanas de las Candelas Amarillas, los velatorios con pan, vino y velas ofrecidas a los muertos, etc., debieron configurar una parte importante del programa religioso del momento... todo lo cual puede espigarse en el reciente y documentado libro de Juan Abellán y Belén Piqueras titulado La religiosidad de los jerezanos a través de sus testamentos.

A oír misa y nada de dados. En este ambiente pagano, la iglesia católica de entonces tenía problemas. Aún no había logrado convencer a todos, sobre todo a la clase trabajadora, de su pavoroso poder. Y el problema era, claro, que pocos iban a misa, que nadie o pocos (según parece) rezaban ni oían los sermones de los curas en sus parroquias. Para cambiar esta situación la iglesia trabajaba con gran afán. El deber de oír misa los domingos, reprimiendo de paso juegos y costumbres indecorosas, fue uno de sus objetivos más enconados.

Cristóbal Orellana es archivero municipal

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