El barrio de Vista Alegre, que acoge a más de 1.200 habitantes y popularmente conocido como "viaje al fondo del mar", nace en la década de los 60 como uno de los primeros vecindarios del Distrito Sur.

Antonio Verdugo tiene 84 años, baja con cuidado la cuesta de Vista Alegre del brazo de su hija y con la ayuda de su bastón. No vive en los cinco bloques que iniciaron el vecindario de “viaje al fondo del mar”, pero dice que es del barrio, de las casitas amarillas que están justo detrás. Lleva sombrero, gafas y las manos un poco hinchadas. Dice que sube y baja la cuesta todos los días y que “alguna que otra vez se ha caído”, espeta su hija. Como Antonio, muchos otros vecinos -más de 1.200- continúan su vida diaria “en el boquete” que es el barrio de Vista Alegre.

La asociación de vecinos se llama ‘Viaje al Fondo del Mar’. ¿Por qué? “Porque esto está metido en un hoyo y San Telmo era antes una playa”, contesta Mercedes, la actual propietaria del supermercado más antiguo de la zona, abierto desde 1962. Antonio, un “auténtico veterano del barrio” le contradice. Cuenta que lo que había debajo de los bloques era campo, y más adelante tierra de labrar. “A las grandes extensiones de terreno se les llamaba playa, de ahí el nombre de viaje al fondo del mar”. La zona de la que habla Antonio se conocía popularmente como “las playas de San Telmo” por el agua que procedía de un pozo situado a 10 metros de profundidad, llegando a suministrar 150.000 litros diarios. Incluso llegaron a construir un balneario a principios del siglo XX llamado Llano de Brea a unos 6,50 metros sobre el nivel del mar, propiedad del Marqués de Bonanza.

Poco a poco, tras el paso de los años, el terreno fue quedándose sin agua y pasó a convertirse en tierras de cultivo de trigo, remolacha, girasoles… No obstante, en el imaginario de la población jerezana todavía sigue viva la denominación de “playas de San Telmo”. Es en los años 60 cuando se construyen Estancia Barrera, Vista Alegre y San José del Agrimensor. Los primeros vecinos, esos que consiguen que Don Urbano Herrero —agricultor ya fallecido que compra muchas viviendas en los distintos bloques— les ceda las llaves de sus pisos allá en el año 68, relatan los inicios de la barriada. Cuentan que una constructora de Madrid compra las tierras para edificar “los chismes estos”. “Esto era una zona residencial, eran bloques con portero, ascensor y muchas flores. En aquella época era todo un lujo”, señala uno de ellos.“Ahí abajo había barracones hechos en el 68 donde hacinaban a las familias que se quedaban sin casa. Lo de atrás era campo por donde pasaban las vías del tren y no existía San Telmo. En los barracones había gente de toda clase, pero la mayoría era muy peligrosa. Cuando hicieron los primeros bloques de San Telmo empezaron a darle viviendas a los que estaban en esas chabolas”, indica señalando al horizonte Isabel Feijóo, vecina que viene desde lo alto de la cuesta con el carrito de la compra. “Esta cuesta no estaba hecha. Lo que había era del bloque 1 al 5, y de aquí para arriba todo era tierra. Al pasar tanto camión todo estaba lleno de pelotes y boquetes, los taxis ni se aproximaban a los pisos”, recuerda Isabel. Comenta que no asfaltan la cuesta de la calle Vista Alegre hasta la década de los 80. Hasta entonces, pasear por el barrio era un suplicio.

“Ahí abajo había barracones hechos en el 68 donde hacinaban a las familias que se quedaban sin casa"

Durante la conversación con algunos vecinos, aparece de la nada Paco Díaz Salazar, quien fuera presidente durante cinco años del bloque cuatro. “He escuchado que estaban preguntando por la historia del barrio y aquí traigo el contrato. Hace 50 años que se entregaron las llaves de estos bloques. A mí me las dieron en octubre del 66”. En menos de dos minutos se enzarzan en una discusión pacífica sobre la evolución del vecindario. Que si el piso les costó 230.000 o 208.000 pesetas (1.380 euros en la actualidad), que si el bloque de Isabel, el quinto, no dispone de administrador, que si el de Paco tiene una antena desde la década de los 80… Otra pareja de vecinos se suman al coloquio y resaltan los problemas de limpieza y la “falta de educación”.

Una vecina critica el estado de su plazoleta desde la ventana. “Hay más mierda aquí que en cualquier otro sitio de Jerez”, reprende. Este barrio fue noticia hace justo dos años debido al gran número de heces de perros, que hacía torcer el gesto de todos los residentes, además de roedores y reptiles que salieron de jardines públicos que fueron abandonados a su suerte. 

Isidoro Romero, vecino del bloque cinco —conocido como el edificio marginal de la comunidad por su localización alejada, la falta de administrador y la situación paupérrima de acceso— se queja de que los barrenderos no bajan hasta su plaza a limpiar, que dejan socavones llenos de “porquería” y que, a causa de la mala ejecución de las reformas urbanas que se hicieron hace varios años, disponen de una bolsa de aparcamiento pero que ni la ambulancia ni los bomberos pueden aparcar en la entrada. Hay una rampa en zigzag, escaleras en línea recta, una barandilla que rodea a la plaza entera, pero hay una zona de cemento rojo que da a la nada. “Cualquiera puede caerse por ahí, ¿de qué sirve este tramo?”, se plantea.El matrimonio que regenta el Supermercado Vista Alegre denuncia el estado de la casa abandonada y llena de escombros que tienen justo a su derecha. “El problema más grande que tenemos en el barrio es la casa esta donde se meten muchísimos drogadictos. Aquí han venido Pilar Sánchez, María José García-Pelayo, Mamen Sánchez y nadie hace nada. La casa la han cerrado un montón de veces, pero nada, ellos se las avían y se meten”, explica Salvador, el dueño del negocio. “Se lían a tirar basura… eso es un nido de ratas”, añade. Les preocupa esa zona en especial porque es un tramo por donde transitan todos los niños del barrio de San Telmo que van al colegio de Madre de Dios. 

“El problema más grande que tenemos en el barrio es la casa esta donde se meten muchísimos drogadictos"

Hace siete u ocho años que crearon los pisos bajos que están justo enfrente de los “rascacielos” de Vista Alegre. Mauri –ya jubilada– abre su ultramarinos en 1981 sin que una de estas nuevas fachadas le "tapase las vistas". Su hija atiende detrás del mostrador mientras que ella y su marido Rafael pasan el rato enfrente del establecimiento junto a su chihuahua Chester, que ladra como si le fuera la vida en ello. La antigua regente del local comenta que nunca ha tenido problemas en Vista Alegre, que “es un barrio muy tranquilo”.  Al otro extremo de la calle, en un saliente de la barandilla a modo de banco, se encuentran tres jóvenes fumando marihuana.  “Aquí ver eso está a la orden del día. Yo les vendo papelillos, más vale hacerlo antes de que te cojan manía”, indica una de las comerciantes del barrio.

Vista Alegre se encuentra ahora con un problema generacional. Antes la juventud se lanzaba a la calle a jugar, “ahora están todos enganchados a las maquinitas, cada uno en su casa, y no salen para nada”, declara una vecina. Hay algunos que aseguran que el barrio, después de 50 años de vida, se encuentra en mejores condiciones, pero otros —con mirada nostálgica por el movimiento de antes— rechazan esta afirmación. “Antes se veía la Sierra de San Cristóbal, era una zona con unas vistas con encanto. Ya no se ve nada, todo está peor, y ahora hay más mala comunicación entre los vecinos”, contesta uno de ellos. Mercedes dice que la policía para a cada momento en la cuesta porque las peleas entre los residentes son habituales. “Pero vamos, este barrio es súper aburrido”, concluye. 

Sobre el autor:

Claudia González Romero

Periodista.

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