cádiz

Con un quinqué para bajar a las entrañas legendarias de Cádiz: así son las Cuevas de María Moco

El recorrido permite descubrir una antigua galería de fusileros construida en la segunda mitad del siglo XVIII y concebida como parte del sistema defensivo de la ciudad

  • Las cuevas de María Moco ya se pueden visitar, previa reserva. -

Durante generaciones, las Cuevas de María Moco han formado parte del imaginario colectivo de Cádiz. Todo el mundo ha oído hablar de ellas, pero son muy pocos los que han podido entrar en este espacio escondido bajo la ciudad. Esa historia cambia desde este miércoles, cuando las cuevas han abierto sus puertas a los visitantes dentro de un programa que permite recorrer una parte de este desconocido subsuelo gaditano. La experiencia comienza con algo tan sencillo como revelador: tomar un quinqué y empezar a bajar. A medida que se abandona la superficie, aparece ante los ojos una realidad que durante mucho tiempo permaneció entre la historia y la leyenda.

Las visitas se desarrollan del miércoles 16 al domingo 20, con doce pases diarios para grupos de 15 personas, dentro de Cádiz, Emporio del Orbe. Además, habrá otras cuatro jornadas de visitas, jueves, viernes, sábado y domingo, ya fuera de esta tercera edición del programa municipal Orgullos@s de nuestra historia. El recorrido dura unos 15 minutos y está dividido en dos partes: las propias Cuevas de María Moco y el Instituto Hidrográfico, donde se encuentra la entrada al túnel. El acceso se realiza en grupos reducidos por razones de seguridad, pero la experiencia resulta mucho más amable de lo que podría imaginarse al pensar en unas galerías subterráneas. Hay humedad, naturalmente, y la sensación de estar bajo tierra acompaña todo el recorrido, pero el espacio es suficientemente amplio como para que incluso quienes sienten cierta inquietud ante los lugares cerrados puedan disfrutar de la visita.

  • Uno de los actores que dan la bienvenida en las cuevas.
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  • El tramo abierto al público ronda los 300 metros.
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El alcalde de Cádiz, Bruno García, ha puesto el acento en el carácter histórico de la apertura y en la colaboración del Instituto Hidrográfico y de la Armada. "Las cuevas de María Moco siempre estaban en el imaginario, en la leyenda, pero son una realidad y hoy las vamos a abrir para que la ciudad de Cádiz las haga suyas", ha señalado. García ha agradecido especialmente el esfuerzo realizado para abrir las instalaciones y ha destacado que la Armada, pese a tener sus propias funciones, ha querido ofrecer durante estos días "esta puerta a las cuevas". El alcalde ha situado esta apertura dentro del propósito de recuperar espacios culturales e históricos que permanecían abandonados y ha considerado que las Cuevas de María Moco son uno de los símbolos de esa parte del programa Orgullos@s de nuestra historia.

La expectación ha superado las previsiones iniciales. El Ayuntamiento se había marcado como objetivo que 2.000 gaditanos pudieran conocer las cuevas durante estos días, una cifra que se pretende cumplir pese a que las peticiones han alcanzado casi las 5.000. "Ha habido una enorme expectación", ha explicado el alcalde, que ha reconocido que existen muchas solicitudes pero que el aforo debe mantenerse limitado porque "la seguridad premia" en este caso. García ha dejado abierta la posibilidad de que las visitas puedan continuar en el futuro, aunque ha precisado que cualquier decisión deberá estudiarse junto a la Armada y el Instituto Hidrográfico. La apertura actual, por tanto, no supone todavía una incorporación permanente de las cuevas a la oferta visitable de la ciudad.

  • Pepe Gener, historiador y arqueólogo municipal, explicando la visita.
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  • El alcalde de Cádiz, Bruno García, en la visita guiada.
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Una vez bajo tierra, el relato cambia. Pepe Gener, historiador y arqueólogo municipal, explica que detrás del nombre de María Moco existe una realidad mucho más concreta: la defensa de Cádiz durante la segunda mitad del siglo XVIII. Cuando la ciudad se convirtió en un importante emporio comercial, también necesitó reforzar sus sistemas defensivos. Las fortificaciones no se limitaban a las murallas, baluartes y castillos visibles en la superficie. Había también una defensa bajo tierra. Gener explica que las conocidas como Cuevas de María Moco reúnen tres tipos de galerías semejantes, pero con funciones diferentes. Entre ellas se encuentran las contraminas, concebidas para impedir que un enemigo pudiera penetrar bajo tierra, y las galerías aspilleradas o de fusileros, como la que ahora se puede recorrer.

Esta última se encuentra en uno de los puntos más avanzados y exteriores del frente de tierra, en una zona próxima a la bahía que en aquella época era una playa de fango y podía resultar vulnerable ante un desembarco en barcazas. La artillería situada en altura tenía dificultades para defender un punto tan bajo y, por eso, la solución consistía en colocar soldados en el interior de la galería. Desde allí podían disparar a través de las aspilleras mientras permanecían protegidos. La separación entre ellas tampoco era casual. Los fusiles de avancarga se cargaban lentamente y, además, cada disparo generaba una importante cantidad de humo. Por eso las aspilleras se distribuían a cierta distancia y se incorporaban respiraderos en la parte superior de la bóveda. La organización permitía también que un soldado disparase mientras otro preparaba el siguiente fusil, de manera que la defensa pudiera mantener una cadencia continua.

Qué parte se visita

El espacio que ahora se visita es solo una parte del conjunto. Tiene aproximadamente 1,60 metros de anchura y casi 2,50 metros de altura, con muros construidos con sillares de piedra ostionera y mortero de cal y arena y una bóveda de cañón formada por ladrillos. El tramo abierto al público ronda los 200 metros, aunque existe una parte posterior que todavía necesita trabajos para hacerla más accesible. Esa zona llega incluso a tener dos plantas y dos tramos de escaleras que conducen hacia la superficie. La red, además, no constituye el gran laberinto subterráneo que durante años pudo alimentar la imaginación popular: las diferentes contraminas no están comunicadas entre sí y cada una cuenta con su propia entrada y ubicación. Algunas terminan en pozos oscuros que pueden alcanzar hasta 13 metros de caída, motivo por el que se han cerrado prácticamente todas para evitar que los curiosos accedan a ellas.

  • Eugenio Belgrano, explicando detalles de las cuevas.
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  • Una de las vistas desde dentro de los túneles.
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Las paredes también conservan las huellas de las distintas épocas por las que ha pasado el lugar. Pueden observarse inscripciones antiguas de principios del siglo XIX y elementos relacionados con la ingeniería de la propia construcción, como las líneas utilizadas para marcar niveles y pendientes con el objetivo de evitar que el agua inundara las galerías. A mediados de los años veinte, una parte del espacio se dividió para diferentes usos: una zona quedó vinculada al Ejército y otra fue utilizada por el guardavía de la estación de tren, que llegó a emplearla como gallinero. La intervención realizada para permitir la visita actual ha sido fundamentalmente de limpieza y desinfección, junto con la creación de un acceso más adecuado. La intención, según la explicación ofrecida durante el recorrido, ha sido preservar el espacio y evitar transformarlo hasta el punto de que perdiera su carácter original.

Contrabando y escondite de delincuentes

Y ahí aparece también la otra historia de las Cuevas de María Moco, la que ha alimentado durante años su leyenda. Las galerías fueron utilizadas para el contrabando y, ya a comienzos del siglo XX, también sirvieron de escondite para delincuentes. En una de ellas llegaron a encontrarse asientos de coches robados, lo que provocó que el propio alcalde ordenara cerrar las cuevas al considerar que se estaban convirtiendo en un lugar frecuentado por rateros. También se utilizaron para guardar colchones, dentro de una época en la que ese tipo de robos era habitual. Sobre el origen del nombre de María Moco, en cambio, no existe una explicación conocida. Las historias hablan de una mujer enamorada de un comandante que terminó viviendo allí, de una gitana relacionada con la brujería o de una contrabandista. Son relatos que han contribuido a mantener viva la curiosidad.

  • Exposición ‘Cádiz, la Armada y la ciencia’ en el Instituto Hidrográfico.
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  • El archivo histórico del Instituto Hidrográfico completa la visita.
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Esa realidad defensiva es, precisamente, la que domina cuando se apaga por un momento la leyenda y se observa la galería. Las aspilleras, los respiraderos, la bóveda y el trazado permiten imaginar a los fusileros esperando bajo tierra ante un posible desembarco enemigo. No llegaron a utilizarse en combate, según Gener, porque Cádiz nunca sufrió un ataque que alcanzara este punto. La estructura, sin embargo, permaneció y soportó incluso la explosión de 1947: a unos cien metros, la onda expansiva derribó estructuras, mientras que esta construcción consiguió resistir. La visita se completa además con una pequeña exposición en el archivo del Instituto Hidrográfico dedicada al papel de la Armada en la ciencia y la investigación. Al salir de nuevo a la superficie, después de haber recorrido las galerías con un quinqué y de haber pisado una parte de la historia defensiva de Cádiz, María Moco sigue siendo un misterio. Pero las cuevas ya no lo son tanto: bajo la leyenda existe una arquitectura militar real, construida hace más de dos siglos y ahora abierta, por unos días, a la ciudad.

Durante generaciones, las Cuevas de María Moco han formado parte del imaginario colectivo de Cádiz. Todo el mundo ha oído hablar de ellas, pero son muy pocos los que han podido entrar en este espacio escondido bajo la ciudad. Esa historia cambia desde este miércoles, cuando las cuevas han abierto sus puertas a los visitantes dentro de un programa que permite recorrer una parte de este desconocido subsuelo gaditano. La experiencia comienza con algo tan sencillo como revelador: tomar un quinqué y empezar a bajar. A medida que se abandona la superficie, aparece ante los ojos una realidad que durante mucho tiempo permaneció entre la historia y la leyenda.

Las visitas se desarrollan del miércoles 16 al domingo 20, con doce pases diarios para grupos de 15 personas, dentro de Cádiz, Emporio del Orbe. Además, habrá otras cuatro jornadas de visitas, jueves, viernes, sábado y domingo, ya fuera de esta tercera edición del programa municipal Orgullos@s de nuestra historia. El recorrido dura unos 15 minutos y está dividido en dos partes: las propias Cuevas de María Moco y el Instituto Hidrográfico, donde se encuentra la entrada al túnel. El acceso se realiza en grupos reducidos por razones de seguridad, pero la experiencia resulta mucho más amable de lo que podría imaginarse al pensar en unas galerías subterráneas. Hay humedad, naturalmente, y la sensación de estar bajo tierra acompaña todo el recorrido, pero el espacio es suficientemente amplio como para que incluso quienes sienten cierta inquietud ante los lugares cerrados puedan disfrutar de la visita.

  • Uno de los actores que dan la bienvenida en las cuevas.
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  • El tramo abierto al público ronda los 300 metros.
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El alcalde de Cádiz, Bruno García, ha puesto el acento en el carácter histórico de la apertura y en la colaboración del Instituto Hidrográfico y de la Armada. "Las cuevas de María Moco siempre estaban en el imaginario, en la leyenda, pero son una realidad y hoy las vamos a abrir para que la ciudad de Cádiz las haga suyas", ha señalado. García ha agradecido especialmente el esfuerzo realizado para abrir las instalaciones y ha destacado que la Armada, pese a tener sus propias funciones, ha querido ofrecer durante estos días "esta puerta a las cuevas". El alcalde ha situado esta apertura dentro del propósito de recuperar espacios culturales e históricos que permanecían abandonados y ha considerado que las Cuevas de María Moco son uno de los símbolos de esa parte del programa Orgullos@s de nuestra historia.

La expectación ha superado las previsiones iniciales. El Ayuntamiento se había marcado como objetivo que 2.000 gaditanos pudieran conocer las cuevas durante estos días, una cifra que se pretende cumplir pese a que las peticiones han alcanzado casi las 5.000. "Ha habido una enorme expectación", ha explicado el alcalde, que ha reconocido que existen muchas solicitudes pero que el aforo debe mantenerse limitado porque "la seguridad premia" en este caso. García ha dejado abierta la posibilidad de que las visitas puedan continuar en el futuro, aunque ha precisado que cualquier decisión deberá estudiarse junto a la Armada y el Instituto Hidrográfico. La apertura actual, por tanto, no supone todavía una incorporación permanente de las cuevas a la oferta visitable de la ciudad.

  • Pepe Gener, historiador y arqueólogo municipal, explicando la visita.
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  • El alcalde de Cádiz, Bruno García, en la visita guiada.
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Una vez bajo tierra, el relato cambia. Pepe Gener, historiador y arqueólogo municipal, explica que detrás del nombre de María Moco existe una realidad mucho más concreta: la defensa de Cádiz durante la segunda mitad del siglo XVIII. Cuando la ciudad se convirtió en un importante emporio comercial, también necesitó reforzar sus sistemas defensivos. Las fortificaciones no se limitaban a las murallas, baluartes y castillos visibles en la superficie. Había también una defensa bajo tierra. Gener explica que las conocidas como Cuevas de María Moco reúnen tres tipos de galerías semejantes, pero con funciones diferentes. Entre ellas se encuentran las contraminas, concebidas para impedir que un enemigo pudiera penetrar bajo tierra, y las galerías aspilleradas o de fusileros, como la que ahora se puede recorrer.

Esta última se encuentra en uno de los puntos más avanzados y exteriores del frente de tierra, en una zona próxima a la bahía que en aquella época era una playa de fango y podía resultar vulnerable ante un desembarco en barcazas. La artillería situada en altura tenía dificultades para defender un punto tan bajo y, por eso, la solución consistía en colocar soldados en el interior de la galería. Desde allí podían disparar a través de las aspilleras mientras permanecían protegidos. La separación entre ellas tampoco era casual. Los fusiles de avancarga se cargaban lentamente y, además, cada disparo generaba una importante cantidad de humo. Por eso las aspilleras se distribuían a cierta distancia y se incorporaban respiraderos en la parte superior de la bóveda. La organización permitía también que un soldado disparase mientras otro preparaba el siguiente fusil, de manera que la defensa pudiera mantener una cadencia continua.

Qué parte se visita

El espacio que ahora se visita es solo una parte del conjunto. Tiene aproximadamente 1,60 metros de anchura y casi 2,50 metros de altura, con muros construidos con sillares de piedra ostionera y mortero de cal y arena y una bóveda de cañón formada por ladrillos. El tramo abierto al público ronda los 200 metros, aunque existe una parte posterior que todavía necesita trabajos para hacerla más accesible. Esa zona llega incluso a tener dos plantas y dos tramos de escaleras que conducen hacia la superficie. La red, además, no constituye el gran laberinto subterráneo que durante años pudo alimentar la imaginación popular: las diferentes contraminas no están comunicadas entre sí y cada una cuenta con su propia entrada y ubicación. Algunas terminan en pozos oscuros que pueden alcanzar hasta 13 metros de caída, motivo por el que se han cerrado prácticamente todas para evitar que los curiosos accedan a ellas.

  • Eugenio Belgrano, explicando detalles de las cuevas.
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  • Una de las vistas desde dentro de los túneles.
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Las paredes también conservan las huellas de las distintas épocas por las que ha pasado el lugar. Pueden observarse inscripciones antiguas de principios del siglo XIX y elementos relacionados con la ingeniería de la propia construcción, como las líneas utilizadas para marcar niveles y pendientes con el objetivo de evitar que el agua inundara las galerías. A mediados de los años veinte, una parte del espacio se dividió para diferentes usos: una zona quedó vinculada al Ejército y otra fue utilizada por el guardavía de la estación de tren, que llegó a emplearla como gallinero. La intervención realizada para permitir la visita actual ha sido fundamentalmente de limpieza y desinfección, junto con la creación de un acceso más adecuado. La intención, según la explicación ofrecida durante el recorrido, ha sido preservar el espacio y evitar transformarlo hasta el punto de que perdiera su carácter original.

Contrabando y escondite de delincuentes

Y ahí aparece también la otra historia de las Cuevas de María Moco, la que ha alimentado durante años su leyenda. Las galerías fueron utilizadas para el contrabando y, ya a comienzos del siglo XX, también sirvieron de escondite para delincuentes. En una de ellas llegaron a encontrarse asientos de coches robados, lo que provocó que el propio alcalde ordenara cerrar las cuevas al considerar que se estaban convirtiendo en un lugar frecuentado por rateros. También se utilizaron para guardar colchones, dentro de una época en la que ese tipo de robos era habitual. Sobre el origen del nombre de María Moco, en cambio, no existe una explicación conocida. Las historias hablan de una mujer enamorada de un comandante que terminó viviendo allí, de una gitana relacionada con la brujería o de una contrabandista. Son relatos que han contribuido a mantener viva la curiosidad.

  • Exposición ‘Cádiz, la Armada y la ciencia’ en el Instituto Hidrográfico.
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  • El archivo histórico del Instituto Hidrográfico completa la visita.
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Esa realidad defensiva es, precisamente, la que domina cuando se apaga por un momento la leyenda y se observa la galería. Las aspilleras, los respiraderos, la bóveda y el trazado permiten imaginar a los fusileros esperando bajo tierra ante un posible desembarco enemigo. No llegaron a utilizarse en combate, según Gener, porque Cádiz nunca sufrió un ataque que alcanzara este punto. La estructura, sin embargo, permaneció y soportó incluso la explosión de 1947: a unos cien metros, la onda expansiva derribó estructuras, mientras que esta construcción consiguió resistir. La visita se completa además con una pequeña exposición en el archivo del Instituto Hidrográfico dedicada al papel de la Armada en la ciencia y la investigación. Al salir de nuevo a la superficie, después de haber recorrido las galerías con un quinqué y de haber pisado una parte de la historia defensiva de Cádiz, María Moco sigue siendo un misterio. Pero las cuevas ya no lo son tanto: bajo la leyenda existe una arquitectura militar real, construida hace más de dos siglos y ahora abierta, por unos días, a la ciudad.

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