¿De qué sirve una revolución o conocer al dedillo la teoría Marxista si en casa somos un gañán? 

Sindicalista en la calle y gran conocedor de la teoría socialista. Lector de libros de escritores comprometidos, coleccionista de cantautores de aquellas dictaduras latinoamericanas y gustoso en la añoranza de aquellas reuniones en el edificio de los sindicatos donde en la cantina, con las fotos puestas de Dolores y Marcelino, caían unos cuantos cortos de vino... Comentando los logros en los convenios y los cojones que le echamos en la última manifestación. Todo maravilloso, qué de recuerdos... El problema es que al regresar a casa no quitabas ni un plato. A tu hija le exigías una hora más prudente para volver a casa y al dejar el coche a tu primogénito no le ponía pegas, pero cuando te lo pedía tu “princesa” pensabas en los posibles y costosos arreglos en chapa y pintura.

¿De qué sirve una revolución o conocer al dedillo la teoría marxista si en casa somos unos gañanes? No quiero apuntar a una determinada generación a la que denominaría Generación Rianal aquí en Jerez, porque en la mía y en las que me siguen todavía se cometerán tropelías con la mujer. Sería injusto señalar a quienes han tenido, por lo general, una crianza más machista que nosotros. Pero de verdad, ya no hay escusas y hasta que no vayamos con nuestras compañeras codo a codo y entendamos que somos iguales me río yo de cualquier individuo que me diga a la cara que es de izquierdas. Y éste que les habla comete el mismo error. Porque todavía tengo en el cuerpo este veneno.

Por supuesto un veneno que da confort como la heroína. Se sustenta hasta en la pereza. Y es que llegar a casa de tu madre y que tu hermana de un salto antes que tú, casi por obligación en las costumbres, para fregar es cojonudo. Una manera de hacerse el despistado amparado por las tradiciones y lo que toda la vida de Dios se ha hecho. Ayer mi hermana me refirió, con un tono de indignación, que aún recuerda cómo, en su adolescencia, ella fregaba las escaleras del bloque, tarea que tocaba por turno a cada familia, por no poder pagar a alguien que las limpiara. Me decía que esa posibilidad no era imaginada ni contemplada en el caso de los machirulos de mi casa. Y que mamá nunca nos hubiera expuesto a las malas lenguas. Que ella no iba a emprender la revolución en su bloque.

Más que una crítica en sí mismo este artículo no pretende apuntar con el dedo a nadie. Antes no contábamos con las herramientas adecuadas para construir una silla a la que llamaremos Igualdad, pero ahora tenemos a nuestra disposición una ferretería entera. Entonces tenemos que aprender bricolaje por dignidad y lógica. Porque ya no hay forma de justificar, amparados en la vileza, que sigamos sin querer ser unos buenos carpinteros. ¿De izquierdas y machista? No sé, usted dirá caballero.

Sobre el autor:

Estefanía Escoriza

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