La Crítica de Villamarta. Eva Yerbabuena estrena 'Apariencias' en la inauguración del XX Festival de Jerez, un catálogo de baile de raíz bajo una fachada de danza contemporánea guiada por la soberbia partitura de Paco Jarana.

Compañía de Eva Yerbabuena. 'Apariencias'. Dirección, idea original y coreografía: Eva Yerbabuena. Dirección musical y guitarra: Paco Jarana. Bailarines intérpretes: Christian Lozano, David Coria, Fernando Jiménez y Ángel Fariña. Cante: José Valencia (artista invitado) y Alfredo Tejada. Colaboración especial: Alana Sinkëy. Percusión: Antonio Coronel. 19 de febrero de 2016. Teatro Villamarta. Aforo: Lleno. (***)

Es de agradecer a Eva Yerbabuena su natural forma de afrontar nuevos desafíos. Su regusto por incomodarnos con propuestas poliédricas y que parecen surgidas de un sueño (o una pesadilla). Ese riesgo a veces temerario por exprimir su baile hasta límites insospechados nos provoca y nos convoca una y otra vez a plegarnos ante su talentosa concepción del arte. En Apariencias, el nuevo trabajo de su compañía que ha abierto el XX Festival de Jerez, la bailaora y coreógrafa despliega un catálogo de baile radical bajo una fachada de danza contemporánea próxima por momentos a la performance. Como en La cantante calva de Ionesco, incomprensible e incomprendido ser humano, o como en 2001 de Kubrick, plagada de simbología y pequeños detalles semiocultos, esta Yerbabuena posmoderna renuncia a todo (incluido su pelo) para remontarse millones de años atrás. África, tal vez. Donde pudo empezar todo. Donde el hueso de un animal muerto enseñó al primer ser humano que ya no tenía que pasar hambre y sed, y que podía defenderse de otros semejantes. Ya conocen todo lo que vino luego.

Las danzas tribales se suceden, la letanía de la guineana Alana Sinkëy invoca a los ancestros como la hechicera alrededor del fuego. Más fría y desapegada que en otras ocasiones, Eva reflexiona sobre sus mismas pulsiones y sentimientos desde una perspectiva que bien pudo empezar a explorar en obras como La voz del silencio. “Unirse a la raíz no es enterrarse”, declama en escena la granadina como lapidaria declaración de intenciones. La sobresaliente partitura de Paco Jarana da calor al conjunto y la va meciendo por secuencias de danza y cante como un rayo que no cesa. Un poemario más propio de una pintora que de una rapsoda, una música más propia de una orquesta que de las seis soberbias cuerdas de Jarana y de la percusión vibrante y efectiva de Antonio Coronel.
Su plan es insobornable y solo pasa por ser ella misma. Por eso esta Eva, que siempre son muchas Eva, es más mestiza que nunca. La malagueña y la petenera contemporánea son bien defendidas por los ecos poderosos de José Valencia y Alfredo Tejada, mientras que el atlético y fibroso cuerpo de baile cobra especial protagonismo y sentido en la mascarada en la que otra vez parece sobresalir aquel Kubrick sudoroso y perturbador de Eyes wide shut. Todo formando parte de un montaje relativista y desanclado de toda convención o estereotipo. Apariencias no está confeccionada para ser entendida, sino para ser sentida. Como fruto de la necesidad más primaria y perentoria, no siempre se ve esta saciada de forma plena. Hay altibajos y falta de ritmo propia de los estrenos.

La escenografía está a muchos kilómetros de distancia de lo que hemos visto en otros montajes de la granadina –mal resueltas y justificadas las proyecciones y muy plano ese huesudo esqueleto que de forma permanente cuelga del cielo del proscenio–. Hay algunos momentos de sopor en el núcleo central del trabajo –dos números seguidos de solos de bailarines que se solapan–. Pero nada de lo anterior resta mérito a una función que aparta a Eva definitivamente del carril de lo tradicional, retomado en ¡Ay! hace tres años, y que la hace crecer hasta la estratosfera en la soleá de clausura. Su SOLEÁ. La gran esperanza de un espectáculo sombrío y de pulso inquietante, en el que se explicitan los males de la humanidad y del mundo capitalista-materialista proyectados sobre el lienzo de una Verónica masculina o bajo un muestrario de máscaras, perfiles falsos y poses impostadas. A la postre, a la manera de Miguel Hernández, después de tanto amor, queda el odio; y después de tanto odio, siempre nos queda el amor. Y ahí resiste ella, eléctrica y avasalladora en el número final marca de la casa. Sin el luto de otras ocasiones, de verde futuro y con enaguas de lunares. Con un haz de luz cenital poderoso e imborrable que se te queda en la retina. Ralentizando sus movimientos para invitar a detenernos. Ofreciendo escorzos y aleteos imposibles y asombrosos. Alumbrando un sendero luminoso que invita a la introspección y, sobre todo, a no callarnos ni paralizarnos ante tanto miedo e ignominia. Demostrando que volver al origen no tiene por qué ser necesariamente retroceder.

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