Josefa Parra admitió que siente envidia sana por Dolors Alberola, por su sensibilidad, creatividad y fecundidad. Por ese pulso poético que permanece a lo largo de todos sus libros. Y es que percibimos una imbricación casi mágica de esos tres ingredientes, remarcó. Con una obra poética ya muy extensa, Dolors ha sido traducida al francés, portugués, árabe, ruso,… Y sus títulos, dijo Parra, han sido siempre muy llamativos, como Historias de snack bar o El vagabundo de la calle Algarve. Mujer en pepitoria con huevo duro es más sugerente todavía. El libro ha sido editado por Dalya, de San Fernando; el prólogo es del cantautor Javier Ruibal; y las ilustraciones de la cubierta y la contracubierta son de Enfero Carulo, creadora dedicada al arte visual y poético.

En la introducción, Javier Ruibal destacó el compromiso de Dolors con la palabra. Como los verdaderos poetas, se lanza a ese abismo de sombras que todos llevamos dentro. Para Javier, dejar escritas las vergüenzas de nuestros rincones oscuros supone un acto casi de heroísmo. Lamentó que la poesía haya dejado de ser un arma cargada de futuro, como decía Celaya. Hay mucha poesía hoy escrita por poetas que no se lanzan a ese abismo. “Antes de poner la primera palabra hay que tener las manos limpias, como el cirujano que va operar. Hay que ir a la poesía con la mente limpia y el corazón entregado a lo que va a hacer. Si no, se corre el riesgo de ir hilvanando palabras, una detrás de otra, y terminar por no decir nada”. Dolors exhibe una constancia creativa digna de admiración.

Javier Ruibal ha escrito el prólogo de Mujer en pepitoria con huevo duro. El libro habla de la entrega de la mujer en todo aquello que se propone en la vida. Son muchos los papeles. Uno de ellos, defenderse de todas esas formas de maltratarla que encontramos en nuestras sociedades. Este poemario, con distanciamiento e ironía, hace una descripción de cómo la mujer es capaz de entregarse a las pasiones amorosas. Porque esencialmente es un poemario de amor, aclaró Ruibal: “Son estos poemas todo un tratado de pautas amorosas, en forma de recetas culinarias, cuyo principal objetivo es reeducar la glotonería masculina y enseña al hombre a degustar y paladear los sabores exquisitos con que la mujer se adereza para entregarse”. Es un libro reflexivo, crítico, un texto que desvela muchas de nuestras paradojas: “Y es ella misma el plato y el manjar, la vianda y la salsa, el vino y los postres. En una escenificación primorosa del acto de amar, Dolors nos pinta el festín y el deslumbrante banquete pero también da buena cuenta de las cuitas y complejos que pueden convertir en un infierno la vida de la laboriosa cocinera”. Y la mirada que propone es profunda y corrosiva: “Entretanto repiensa sobre todo aquello que hay más allá de los visillos, esa frontera de niebla que sólo en ocasiones nos aísla del exterior, a salvo de las miradas indiscretas o las tardes borrascosas”.

Dolors nos explicó que el libro parte de un hecho: “Parece ser que muchos hombres nos quieren comer…”. Así dice. “Y la mujer cocina y se ve cocinándose. / Se coloca en el pelo/ unas hojitas secas de laurel/ y en el vientre pimienta y se adereza…”. Cada parte del libro es un ingrediente auténtico de la gallina a la pepitoria: 1 kg de pollo, 1 huevo, dos cebollas medianas, 100 gr. de almendras, un vaso de vino blanco, un diente de ajo, aceite de oliva, agua, tres o cuatro cucharadas soperas de harina y azafrán. Los ingredientes son reales y la forma de guisarlos aparece bajo metáforas: “Es muy fácil de hacer. /Con aceite de oliva/ sofría su delirio troceado”. Mientras se fríe la cebolla, se va leyendo. Es un libro que sirve tanto para la cocina como para la estantería.

“Los poemas no hablan directamente de lo que se está guisando, pero sí que hablan de lo que se está guisando…” El quinto ingrediente, por ejemplo, es un vaso de vino blanco. Ahí leemos el poema Acerca de la madre del vino, muy interesante para los jerezanos. Y hay referencias a la disidencia. A todos nos esperan las conchas, como a Hipatia de Alejandría… El poemario habla de las pasiones, de la libertad, y de todas las contradicciones que nos rodean. Hay resistencia, desde luego: “… y dejar sin acceso a todo aquel/ que aparezca, en sus horas, / blandiendo, contra ella, su cuchara”. La Sibila lo observa todo y nos advierte de los excesos: “Como el polvo de harina suspendido en el aire/ todo terminará en el fuego”. Y tranquilos, porque “El contenido de estas ilusiones es bajo en grasas”.

Acerca de la madre del vino

Se acaban las bodegas, se seccionan, se cierran.

Como la división horizontal

de un sueño inabarcable,

convierten su esqueleto en diminutos

habitáculos nuevos.

La crisis las fulmina y las reparte,

no muy proporcional la componenda

al reparto que fuera equitativo.

La crisis, ese verbo,

ese sonido a forja malversada,

a moneda sin trueque o a mentira,

suena encima del vino

y a través de la madre de los vinos,

y penetra en la boca con los caldos

y nos empapa enteros. Ya todos somos crisis,

sin que esta sea así en ningún sitio.

Las bodegas se cierran, los bolsillos se amagan,

el dinero se esconde

y sólo la palabra grita en par.

Ya somos todos crisis, crisantemos tendremos

si no evitamos pronto tanta sombra.

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