A la espera de lanzar su álbum debú en 2017, La Pompa Jonda pone de largo su proyecto musical en la Sala Juglar de Madrid. Una hora de directo vibrante y contagioso.

Los cuatro componentes de La Pompa Jonda empezaron a tontear con las jam session en un garito de Jerez. Hace más de siete años de aquello y no han perdido la esencia. En El cuatro gatos, que así se llamaba el local, unieron talento Fede Collado (dj Divinofino), José Crespo (vocalista), Pepe Chilla (vientos) y Kiko Tiburón (cuerdas). Hasta hoy. Sin dejar de experimentar en todo este tiempo, incluso con diferentes nombres, estilos e integrantes, el resultado final de este guiso cocinado a fuego lento solo invita a probarlo. Aunque ni ellos mismos tengan muy claro cómo definen a su potaje, ni nosotros seamos capaces de descifrar exactamente todos los ingredientes que lleva, la cosa tiene buena pinta y está sabrosa.

Háganse una idea: si Kusturica, Bregovic, Reindhart y Silvio hubieran pasado juntos un día de campo en Las Aguilillas, parque de la barriada rural de Cuartillos —de donde es natural la voz de La Pompa—, habrían agitado, probablemente con apoyo psicotrópico, semejante coctelera de estilos, ritmos, reverberaciones, sonoridades e influencias. En su lugar, tenemos a este cuarteto descarado y efervescente que flirtea con el swing, la electrónica, el rock andaluz, aquel agropop de Los Chanclas, el funky, los sonidos balcánicos y sefardíes, y hasta con los mismísimos soníos negros de Manuel Torre si se tercia.Solo hay que escuchar los quejíos de Crespo (que a veces recuerdan a Manolo García), los apuntes jazzísticos-flamencos de Chilla y el guitarreo taquicárdico de Tiburón para entender que esto es otro rollo. Y, por descontado, solo hay que husmear un poco en la lista de Dj Divinofino en Spotify (altamente recomendable, por cierto) para entender algo mejor de qué va la cosa: de Benny Goodman a Madness; de Daft Punk a Balkan Beat Box; y de Niño de Elche a Tomasito. Sin complejos, sin pretensiones. Una orgía ecléctica que, a pesar de todo, suena honesta y auténtica. Y que, de remate, funciona a las mil maravillas en una hora de directo vibrante y contagioso. Sin tomarse demasiado en serio ni antes ni ahora, aunque con un insobornable amor por la música, La Pompa nos lanza a chorros una dosis perfecta de canalleo y originalidad que les ha permitido empezar a labrarse una parcela en el casi siempre previsible panorama de la música española e ir ganando seguidores partido a partido, directo a directo.

A la espera de que lancen disco a primeros de 2017 —producido por el jerezano Josema Pelayo, que ya destapó en su momento a Los Delinqüentes, y Lance Quinn, con un currículo en el que figuran Bon Jovi, Gloria Gaynor y Talking Heads—, la Sala Juglar de Lavapiés, tan mítica para muchos flamencos jerezanos, ha abrigado la puesta de largo en Madrid de La Pompa Jonda y sus coplas marcianas. Con la única premisa de darlo todo sobre el escenario, el cuarteto jerezano no se ha andado con rodeos. El señor de la esquina, Diga diga doo, Arrincóname ya, Me voy contigo, Adelante, África… Un repertorio que cada vez suena más y mejor, y con el que el público, que era poco pero bien avenido, no ha dejado de bailar, saltar y divertirse. Haciendo el trenecito por la sala y hasta a punto de caer redondo al suelo, aturdido por el viaje. Con la sensación, quizás, de que asistíamos hoy al concierto de una banda del mañana. Con el regusto de probar algo que puede que no sepas muy bien qué es o por dónde va a salir pero que, joder, está muy rico. 

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