'Todo el tiempo del mundo' podrá verse este viernes en el Villamarta.

En la duermevela del momento antes del cierre, cada noche cuando está a punto de abandonar la zapatería de señoras que regenta y volver a casa, el señor Flores (Íñigo Rodríguez Claro) se topa con una sucesión de personajes insólitos, a cada palabra o acto más extraños, pero también a cada palabra y gesto más familiares. Como si se adentrara en otra dimensión, como si hubiese olvidado el montón de pequeños grandes recuerdos que cada uno atesoramos en la vida y como si, de repente, noche tras noche, los fuese recuperando desde el principio mismo de los tiempos, de su propio tiempo. El bueno de Flores, acostumbrado a las historias fantásticas de sus clientas, no sabe si dar crédito a este mal sueño, como así se lo advierte repetidamente a su fiel dependienta Nené (Carlota Gaviño) o decantarse por terminar de desnudarse ante ese espejo de sí mismo y ante esos propios fantasmas que se le aparecen día tras día y que le relatan destellos de su pasado, le advierten sobre su presente, y le preconizan hasta su futuro. 

El tiempo, el recuerdo, los lugares comunes (“todos son ciertos”) y, sobre todo, el amor como respuesta a todos los miedos, son los ejes sobre los que gira Todo el tiempo del mundo, el emotivo y aclamado texto del dramaturgo y director de escena argentino Pablo Messiez, una de las voces más sugerentes del panorama teatral contemporáneo. Inspirado en la historia de su abuelo, él mismo pone en escena este montaje que fue candidato a nueve Premios Max 2017 y finalista en la categoría de mejor producción privada de artes escénicas. “Yo pasaba mucho tiempo allí en su zapatería cuando era muy chiquito y siempre me pareció un espacio muy teatral y fascinante”, ha sostenido el dramaturgo argentino afincado en Madrid, quien ha tratado de, a partir de ese imaginario concreto, lanzar una reflexión general sobre el paso del tiempo y, fundamentalmente, contraponer “el tiempo de la historia, que medimos en minutos y segundos, con el tiempo de las sensaciones, las emociones, de algo más subjetivo”.

En efecto, Todo el tiempo del mundo congela los instantes o acelera en un vertiginoso time-lapse las horas del día, muestra la hermosura del mundo y la tragedia de las pérdidas, pero, especialmente, deja claro, como escribe Messiez en un texto dramático incluido en su antología Las palabras de las obras, que muchas veces hay que resetear para detenerse, contemplar, entender y volver a empezar. O como proclama Flores, ya convencido, en uno de sus parlamentos: “Lo necesito. Necesito empezar de nuevo y entender… Yo… Necesito un presente. Por eso digo y repito: mañana nazco….Me diré que tenga paciencia. Me diré muchas cosas. Me diré por ejemplo que todos los lugares comunes son ciertos. Que el amor será la respuesta a todos mis miedos. Que el mundo es horrible. Y hermoso. Y que no importa nada de eso. Que sólo importarán las sensaciones que queden en la piel. Que la piel es lo más importante…". 

Repuesto recientemente en el Teatro Pavón-Kamikaze de Madrid —Kamikaze es coproductora del espectáculo— casi un año después de un apabullante éxito de público y crítica en su estreno a finales de 2016 en las antiguas Naves del Teatro Español, el espectáculo, teatro a flor de piel, llega este viernes 2 de febrero al Teatro Villamarta. “Si el pasado está hecho de relatos y el futuro está hecho de deseos, ¿en qué lugar entre las palabras y las cosas está nuestro presente?”, interroga Messiez en la sinopsis de un ejercicio de realismo mágico bello e intenso.

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