Una elegía por lo que ya hemos perdido y una plegaria por lo que conservamos todavía

Javier Vela presenta su primera novela, 'La tierra es para siempre', que habla sobre una tragedia inminente: el cambio climático y las grandes migraciones

Javier Vela momentos antes de la presentación de su novela "La tierra para siempre". FOTO: MANU GARCÍA.
Javier Vela momentos antes de la presentación de su novela "La tierra para siempre". FOTO: MANU GARCÍA.

En una semana marcada por las consecuencias del ciberataque en el Ayuntamiento de Jerez, Javier Vela presentó en la Fundación Caballero Bonald su primera novela, La tierra es para siempre, publicada por la editorial Maclein y Parker. Ha sido una semana en la que se ha vuelto “si no a la Edad de Piedra, sí a los años sesenta...”, comentó Josefa Parra,  porque el ataque también ha afectado a la gestión cultural. De hecho la divulgación por internet de este acto no ha podido realizarse como es debido. Javier Vela es Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, explicó Josefa Parra. En Cádiz desarrolla su actividad literaria y su trabajo en gestión cultural. Se dio a conocer en 2003 con la concesión del Premio Adonais. “Vocación, trabajo y rigor” son los tres pilares de su labor, remarcó. Ha publicado ya varios poemarios, entre otros: Imaginario (Visor, 2009), por el que recibió el Premio Loewe a la Joven Creación y el Premio de la Crítica de Madrid; Ofelia y otras lunas (Hiperión, 2012), Hotel Origen (Pre-Textos, 2015) y Fábula (Fundación Lara, 2017). Ha realizado dos trabajos que exploran las fronteras entre poesía, ficción y pensamiento: el libro de relatos Pequeñas sediciones (Menoscuarto, 2017) y Libro de las máscaras (Pre-Textos, 2018). También ha traducido obras en verso y prosa como El viaje de Grecia, de Jean Moréas (Pre-Textos, 2010), o Alfabeto, de Paul Valéry (Pre-Textos, 2018). La tierra es para siempre es su primera novela.

Antes de iniciar el diálogo, Josefa Parra realizó un breve resumen del argumento. “La novela es una distopía, o una antiutopía, una realidad posible pero irreal. Habla de un futuro indeseable, pero que se adivina irremediable. El cambio climático ha devastado las zonas meridionales, obligando a la población a huir hacia el norte, donde el desastre todavía no es tan evidente. En este paisaje de deterioro, transcurre la historia de una pareja, igualmente quebrantada, y un niño emigrante (procedente de un país asolado por los incendios y las crecidas marítimas) que influirá en la vida de ambos.”

La novela habla del presente, de una tragedia inminente. El cambio climático y las migraciones masivas son dos fenómenos que ya observamos a diario, señalo Josefa Parra. Javier Vela explicó que la obra es una elegía por lo que ya se ha perdido, y una plegaria por lo que se conserva todavía como comunidad. A partir de ahí brota el carácter de los personajes principales. “El niño viene a revolver las tripas de la pareja como institución y también del país como comunidad, Suecia, que atraviesa por una especie de indolencia, un periodo histórico aparentemente benévolo”. El niño les muestra una realidad opuesta, la de los países del sur. “Hace de espejo y les anticipa un futuro que está muy cerca”. Al abordarlo desde una perspectiva distópica, el lector puede detectar en el presente los síntomas del desastre y anticipar lo que se avecina.

Josefa Parra y Javier Vela dialogan sobre el libro. FOTO: MANU GARCÍA.

En la novela, el exilio forzoso ocurre en Europa, resaltó Josefa Parra. Los refugiados ya no son solo subsaharianos o de oriente próximo, sino que proceden de España, Francia, Italia… Para Javier Vela, ésta es una de las claves del relato. “El mayor signo de autosuficiencia y falsa hegemonía cultural es la que ejerce el europeo que se siente mejor que el subsahariano y así sucesivamente… Esa misma hegemonía se percibe en países nórdicos respecto a nosotros”. Varios factores, como las crisis económicas, los problemas políticos y los desastres climáticos convergen en un mismo escenario y provocan migraciones masivas en los países mediterráneos, amenazados hoy ya por la desertización. Los signos de ese desastre aparecen ya en las noticias todos los días. En ese futuro distópico, a los españoles nos toca migrar hacia los países nórdicos, todavía habitables.

La tierra es para siempre también habla de las contradicciones de nuestro modo de vida y nuestra forma de percibir lo que está ocurriendo. La falta de de conciencia individual y colectiva. A pesar de tener datos desde hace mucho tiempo, hemos mirado para otro lado. No hemos modificado nuestros comportamientos. Estas contradicciones se reflejan en los dos personajes centrales, Emma y Argus. Hay dos actitudes enfrentadas. Emma exige ser conscientes de lo que está sucediendo y reaccionar a tiempo, antes de que la casa se nos derrumbe del todo. Argus, sin embargo, vive al día, carpe diem, y mantiene una actitud más pasiva, de resignación. Argus es casi 15 años mayor que Emma. Su percepción del presente y del futuro es muy diferente. “Intento contraponer en el fondo dos facetas que están en la misma persona”, aclaró Javier Vela.

"La tierra es para siempre", editada por Maclein y Parker. FOTO: MANU GARCÍA.

La llegada de Hugo, que ha emigrado desde el sur, remueve los cimientos de la pareja. Al adoptarlo, Emma y Argus deben repensar muchas de sus actitudes y prejuicios. En Hugo ven reflejado su futuro. Emma comprende desde su conciencia cívica que hay que actuar ya y abandonar esa pasividad que caracteriza a Argus. Hugo representa a esos refugiados que se ven obligados a abandonar su tierra y que se encuentran con el rechazo y la incomprensión de las sociedades acomodadas. El niño se halla en un terreno de nadie. Los sueños que traía (el norte idealizado) chocan con la realidad. Hay decepción, desasosiego y nostalgia. Se encuentra con situaciones desagradables que no había vivido hasta entonces, como la xenofobia. Los niños de su edad lo ven desde su burbuja de bienestar como un ser inferior. "No encuentra los códigos culturales que le permitan ser un ciudadano de primera categoría en ese nuevo país... Tiene nostalgia de ese futuro que imaginó cuando se vio obligado a emigrar."

A pesar de hablar de un mundo devastado, en la novela ocupa un lugar destacado la belleza, en el estilo, en las descripciones incluso de los paisajes arrasados. Esa belleza quizás abre un camino a la esperanza,  sugirió Josefa Parra. La novela, efectivamente, “está impregnada de un lenguaje bíblico, épico”, explicó Javier. Emma utiliza el lenguaje de la plegaria para intentar salvar lo que todavía nos queda. El tono poético sirve para despertar la conciencia del lector. No se trata de describir, sino de sugerir. “Es una novela ambientalista, que intenta despertar la conciencia de un lector comprometido, activo mentalmente… Es una novela para personas que todavía quieren cambiar cosas en su conducta individual, lo que llevará a un cambio colectivo. La novela es optimista en ese sentido”.

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