A todas luces, esta nueva colección del grupo Pandora, comandado por Pedro Tabernero, va viento en popa. El número 23 de la colección es un magnífico relato del escritor Gabriel Rodríguez Pascual, toda una institución como doctor en Ciencias de la Información con publicaciones y ensayos sobre arte y creatividad, como por ejemplo El territorio de la escultura actual (1992), Una teoría de la actividad creativa (1995) Premio Nacional de Ensayo, El arco creativo (2005), El color de la parte obscura (2011); entre otros, son absolutamente referenciales.
Lo son igualmente, sus artículos de prensa en El Diario Montañés, el suplemento cultural de ABC o la revista Arte y Parte. Complementa su quehacer la impartición de diversos talleres de escritura creativa y su labor como pintor. Una doble ventana al mundo que se sustenta en esas enriquecedoras relaciones entre lo pictórico y lo literario, lo filosófico y lo creativo. Por extensión, su relato es un guiño a la colección y a su línea editorial de historias fantásticas y extraordinarias, que navegan entre aguas misteriosas, escenas de lo absurdo, la magia y el terror, siempre con la sorpresa como primera reacción y el solidario quehacer de aunar el texto con imágenes de los más solventes ilustradores.
Las “desertoras del presidio”, una antropoide, delicada, coqueta, rebelde, inteligente y muy analítica que se llama Flo. Observa con detalle las enseñanzas de sus entrenadoras, Jane y Sue. Ese proceder reflexivo, filosófico de Flo que va integrando en su pensamiento y en su discurso todas las conclusiones, los diálogos, los experimentos, los estudios, las anécdotas, hasta las fragancias, confiere al relato una dimensión tan tierna como elegante, tan sutil como contundente. La narración desde la perspectiva de Flo se condensa en un pensamiento fundamental: “No tengo la necesidad de simplificar. Y creo que simplificar no es bueno; se pierde la variedad del mundo”.

Paralelamente, el proceso de enseñanza y aprendizaje, con sus errores y aciertos, contiene el mayor peso narrativo, sin desmerecer las resonancias de Albert Camus, del escritor Milan Kundera o del pintor Giorgio de Chirico cuyas lecturas de Schopenhauer y Nietzsche le proponen como pintor metafísico, o si se quiere como pintor creador de espacios sugerentes en los que el espectador crea el sentido definitivo. Hablando de errores y aciertos, el escritor nos dice “No hay mayor fracaso en esta vida, o en esta muerte, que sobrevivir a un intento de suicidio”, pues es además un tema transversal de la narración. Así que Sócrates, Petronio, Carolina Von Gunterrode, Walter Benjamin, Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Paul Celan, Silvia Plath, Serguéi Esenin. Este último se ahorcó, pero al parecer momentos antes escribió su último poema con su sangre ( "morir en esta vida no es nuevo,/ pero tampoco es nuevo el vivir" , versos que serán contrarrestados por estos versos de Vladímir Mayakovski: “En esta vida morir no es difícil,/ construir la vida es más difícil”.
Con todo, el poeta y dramaturgo ruso también acabaría pegándose un tiro. La condición humana, repleta de paradojas y contradicciones, un pozo amargo y a la vez insurgente que nos debe hacer reflexionar no solo sobre la condición humana, también sobre la cordura y la locura, la lucidez y el disparate. Percibimos lo perturbador y lo inquietante en ese proceso de aprendizaje que a veces colapsa, la descripción emocional de seres que evolucionan con silencios, sufrimientos, desesperaciones, una suerte de análisis sociológico sinestésico, contrastando lo habitual con lo inusitad, lo usual con lo inhabitual, pero, por fortuna, están las piedras humanizadas que permiten lecturas fascinantes.
Un pensamiento que se enfatiza con las imágenes de Blas (Blas Toro Martín). De entrada, con una magnífica portada que presenta un estilo visual tan altamente decorativo como detallado y, que mediante el uso de colores vibrantes y contrastantes, especialmente el azul intenso y el rojo, con la figura del felino en un ornamentado marco, parece querer centrar su simbolismo en lo estético visual para reforzar lo ético predominante del relato. Otras ilustraciones esenciales son las referidas a “la mona” que oscila desde los simétricos diseños florales hasta el colorido vivo, quizá reminiscente de ciertas tendencias de arte folclórico y diseños textiles, buscando acaso un significado no tanto de exactitud como de universalidad.

Así, por ejemplo, la obra que representa un gorila rodeado de números y palabras en español tiene la fuerza del colorido, la persuasión de lo distintivo o publicitario. En cualquier caso, la recurrencia estilística es tan variada como acertada, el arte pop, estilo naíf, la perspectiva imaginativa, el neoexpresionismo, inclusive esa forma de creación espontánea y original conocida como el arte outsider, caracterizan la aventura pictórica de Blas con una presencia humana determinante. Ambos, el narrador y el ilustrador, exploran mundos donde la necesidad de transgredir convenciones, detallar para alinear conceptos o delinear figuras nos lleva a ese doble plano del arte que asume lo estético y lo ético.
La tercera vía es el canto, y en ese espacio el narrador y el ilustrador construyen un marco emocionante que postula, desde luego, el trabajo como fuente de inspiración. Todo un fluir de creatividad en ese río de sucesos, formas, lógicas y analogías. Jesús Herrán Ceballos en la presentación de Gabriel Rodríguez acierta de pleno: “Lleva una vida dedicada al arte, la creatividad y el pensamiento, sin estridencias, pero con una hondura que deja huella”. No le va a la zaga, Javier Lara que a propósito de Blas Toro, nos escribe: “En mis cristales habita el reflejo de un hombre que nunca dejó de ser niño, que siguió recortando el mundo con amor y devoción”.
Si no hay suficientes argumentos para su adquisición, que venga el padre eterno y lo vea.



