Otero Seco y Sebastián Oliva, dos olvidados

La exquisita edición de Libros de la Herida es la primera española que, de forma exenta, recoge su obra poética. Entre los poemas figura un romance, incompleto en opinión de Bonet, dedicado a Sebastián Oliva, el cenetista jerezano

Otero Seco y Sebastián Oliva, dos olvidados
Otero Seco y Sebastián Oliva, dos olvidados

Hace unos meses comenzó a rular por las librerías y redes informáticas el libro de Antonio Otero Seco, Poemas de ausencia y lejanía que ha editado la editorial sevillana Libros de la Herida. Cuenta con un prólogo de Juan Manuel Bonet y un epílogo de Mariano Otero San José, hijo del poeta. Otero Seco es uno de los intelectuales que formaban parte de esa mejor España que tuvo que dejar un país que había entrado en un negro túnel durante el que fue condenado a muerte, encarcelado en diferentes penales, torturado, perseguido y depurado profesionalmente. Su salida no alcanzó a ver porque ya había muerto. Periodista, poeta, novelista, profesor universitario y otros cuantos oficios más a los que le llevó la dureza del exilio, no tuvo la suerte de otros cuando el dictador pasó a mejor vida y su régimen se transformó en la actual monarquía parlamentaria.

No fue un caso excepcional, otros muchos tuvieron parecido destino. No tuvieron cabida en el marco intelectual de la España de la Transición y quedaron en el olvido o, frecuentemente, patrimonio de las sociedades que les acogieron. En este caso la francesa, más concretamente el de la ciudad bretona de Rennes. En la biblioteca de su universidad figura una placa que recuerda a “Antonio Otero Seco, español, liberal, republicano, nacido en 1905, fue poeta, periodista y crítico literario; exiliado en 1947, enseñó español desde 1952 en esta Universidad y murió en 1970 de nostalgia y lejanía”. Quizás fuera su republicanismo, ser confeso católico y pertenecer a la masonería, algunas de las razones que expliquen ese ostracismo. Ni el uno ni la otra tenían el viento a favor aquellos años.

Como es tradición en la universidad gala, al poco de su desaparición apareció, en 1971, un Hommenage en el que destacadas personalidades, del país vecino y españolas, glosaron su figura. Al siguiente, en 1972, esta misma institución editó A. Otero Seco, Obra periodística y crítica. Exilio 1947-1970. Durante los años siguientes se fueron sucediendo los trabajos sobre quien había sido, además de profesor, colaborador del vespertino parisino de referencia Le Monde y de la prestigiosa  publicación de Jean Paul Sartre Les Temps Modernes.

En España, hay que esperar, tras el prehistórico artículo de Gemma Mañá de 1995 en Cuadernos Republicanos, a ya entrado el actual siglo, 2005, para que Francisco Espinosa y Migel Ángel Lama le dedicaran varios artículos en prensa y revistas. Después fue incluido en la antología dedicada a La generación de 1936 que publicó Cátedra en el 2006 y al artículo que le dedica Mario Martín en la  Revista de Estudios Extremeños en el 2007. Pero no fue hasta 2008 cuando los citados Espinosa y Lama realizaron una antología de sus textos periodísticos y literarios (Antonio Otero Seco, Obra periodística y Literaria, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2008) precedidos de una completa introducción y abundantes notas que llenan las casi mil páginas de sus dos volúmenes.

Hace unos años el nombre de Otero Seco volvió a tener cierta notoriedad por considerársele el último periodista que entrevistó a García Lorca, el 3 de julio de 1936, antes de su asesinato. Una entrevista que no publicó hasta febrero de 1937 en la revista Mundo Gráfico con la que solía colaborar. Lo fue cuatro años después, en 2017, cuando la prensa española se hizo eco del texto que sus hijos habían publicado cuatro años antes en el libro bilingüe Écrits sur Garcia Lorca (La Part Comunne, 2013).

Era la época por la que comenzaba a elaborarse lo que llaman “la tercera España”. Esa que, supuestamente no estaba ni con los rojos ni con los del “Movimiento” siguiendo la división del país establecida por los golpistas de julio de 1936. Una clasificación que iguala a golpistas y demócratas, a conspiradores y autoridades.

La exquisita edición de Libros de la Herida es la primera española que, de forma exenta, recoge su obra poética. Entre los poemas figura un romance, incompleto en opinión de Bonet, dedicado a Sebastián Oliva, el cenetista jerezano que lleva ya unos años esperando a que la calle aprobada en Jerez lleve por fin su nombre. Poco más se dice de él salvo que no está claro que fuera escrito tras el golpe, una vez conocido su asesinato. Es posible incluso que fuera anterior. Por eso, el inédito, está incluido en Viaje al Sur 1930-1936.

Recordemos que Sebastián Oliva Jiménez  fue uno de los más importantes militantes anarcosindicalistas hasta los años treinta del siglo pasado. Nacido en la penúltima década del XIX aprendió el oficio de viticultor y pronto participó en el obrerismo local. En 1914 fue uno de los creadores de la creación de la Federación Nacional de Obreros Agricultores. Una intensa actividad que mantuvo durante los conflictivos años del llamado Trienio Bolchevique. Sufrió diversos encarcelamientos. Con más de cuarenta años, durante la dictadura de Primo, vivía de las clases que impartía como maestro cortijero.

Tras la reaparición de la CNT en 1930 Oliva se reincorporó a las tareas sindicales y luchó por la reorganización de la FNOA desaparecida tras la constitución de los sindicatos únicos en 1919. Tras la proclamación de la Segunda República estuvo en el centro de las polémicas que surgieron en el sindicalismo jerezano sobre la actitud a mantener ante el nuevo régimen. Tenía más de cincuenta años y chocó con la nueva militancia. El resultado fue el repliegue hasta ponerse finalmente al margen, para dedicarse a sus tareas educativas por los campos. Además participó, como ha señalado Caro Cancela, en el Consejo Local de Primera Enseñanza municipal. En 1936 pidió el voto para la candidatura del Frente Popular. En julio fue detenido y asesinado la madrugada del 19 de agosto.

Si desconocemos la fecha en la que las cuartetas fueron escritas tampoco sabemos las razones que llevaron a Otero a hacerlas. Desde luego, y dando por supuesto que está inacabo, el autor conoce bien a Oliva. Así lo demuestran los primeros seis versos en los que describe al personaje “Ahí va Sebastián Oliva/Gran Capitán de la Huelga,/…/para levantar los campos de Jerez de la Frontera.” Sintetiza su actividad sindicalista y educativa. Como los siguientes se refieren a su aspecto físico: “Fino de talle,… zapatos de cordobán/ y un rizo sobre la oreja. Presentado el personaje comienza a contar su vida. Empezando por una estancia en Cuba: “en su juventud…era/ su carne… una pira/… de hambre y protesta. Le sigue una referencias a sus prisiones: … tiene en los ojos/ las líneas de muchas rejas.

Aquí se quedan los versos. Puestos a elucubrar quizás pudo conocer al jerezano en 1932 o 1933 cuando estuvo por Sevilla y distintas poblaciones de la provincia gaditana. Fue cuando compuso los primeros poemas que recoge la edición. Por aquellos meses entrevistó a Blas Infante y tuvo noticias de Vallina. El caso es que la figura de Oliva le debió impresionar lo suficiente para dedicarle un poema que no llegó a terminar.

Pronto Oliva parece que tendrá por fin una calle en su ciudad. Hasta entonces seguro que aparecen otras informaciones.

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