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“Mi padre tenía un taller y siempre estaba modificando piezas, ensamblando, construyendo; mi madre, a nivel textil, sacaba de un trapo diez. Supongo que ser pobres agudizaba el ingenio y creo que, aunque no tuviese grandes motivaciones culturales, sí tenía ejemplos de creatividad práctica todos los días”. Ana Barriga (1984) nace en una barriada rural jerezana de poco más de un millar de habitantes. Este dato no es baladí. “Ha sido como muy engorroso, casi milagroso; no vengo ni de un ambiente familiar, ni cultural, que haya propiciado que tenga interés en dedicarme al arte”. Si la oferta cultural del núcleo urbano, a unos 11 kilómetros de distancia, es ya escuálida, “imagínate en mi pueblo”.

El pope del arte contemporáneo, Marcel Duchamp, defendía la creación artística como puro ejercicio de la voluntad del individuo, más allá de la formación o el talento. No es el caso de esta joven representante de eso que viejunamente llamaban vanguardia. Curiosa e inquieta desde siempre, su interés por lo artístico fue creciendo de forma progresiva, cultivándose con el estudio y la formación, otras veces por el instinto y la intuición, y a veces casi empujada por quienes desde el minuto uno ya observaban su talento. De Cuartillos, que así se llama el núcleo rural donde se crio, salta a la Escuela de Arte de Jerez. Allí saca adelante los grados superiores en artes aplicadas a la piedra y al diseño de mueble, y un grado medio en ebanistería artística.

No es suficiente. Quiere seguir creciendo, formándose, ampliando horizontes y perfeccionando la técnica. Se marcha a Sevilla. Logra licenciarse en Bellas Artes, en la especialidad de pintura, y empieza a marcarse como objetivo poder vivir del arte. “Tuve mucha suerte porque los profesores me ponían los concursos sobre la mesa para que me presentara y me motivaban muchísimo para que todo lo que produjese lo moviera en exposiciones y concursos. En segundo de carrera, todo lo que produje tuvo visibilidad de alguna manera: o me lo premiaban o lo compraban en alguna exposición. Ahí ves factible de alguna manera poder vivir de esto algún día”. Y ese momento ha llegado.

Recién a

Aterrizada en Madrid, donde ha fijado su nueva residencia tras nueve años en Sevilla, prepara diferentes proyectos expositivos, ha participado en una experiencia, Truck Art Project —pintar camiones que luego han salido de ruta comercial— en la última edición de ARCO, y ha recibido hace unas semanas el XXIII certamen nacional de Artes Plásticas de la Universidad de Sevilla, "una familia en la que hay muchos nombres importantes y en la que tenía muchas ganas de estar". Aun así, Ana Barriga sigue en permanente estado de alerta. Sin bajar la guardia ni dejar de buscar la inspiración ni de cincelar su trayectoria. “Por la mañana me meto en el estudio y normalmente tengo mi horario, de 8 de la mañana a 7 de la tarde (paro media hora para comer)… es un currazo, pero es más curro todavía porque en realidad le dedicas todo tu tiempo. En el tiempo libre que te deja, vas a ver una exposición, lees un libro de un crítico de tal movimiento, ves una obra de teatro… Todo lo vinculas con esto. Intentas estar atento y en plan cazador para rescatar cualquier cosa de la calle, pendiente de todo lo que pasa a tu alrededor, de si escuchas algo en la radio que te pueda inspirar”.

Consciente de la estabilidad inestable que significa el arte para quienes intentan vivir de él, la artista recuerda cómo en los años 80 del siglo pasado "se fomentaba y se incentiva que fuesen saliendo nuevos artistas, ya fuese con becas de producción, o apoyo por interés social y cultural". "A día de hoy, hay la mitad de la mitad de las becas; y encima antes los artistas con mi edad ya tenían galería propia pero ahora ya no compites en becas con gente de tu nivel sino con gente que ha expuesto en sitios que ni te planteas. Es un camino lleno de obstáculos, que no es imposible de superar, pero sí es lo suficientemente duro como para dejarse a gente valiosa por el camino". "Ahora es una cuestión de resistencia para que confíen en ti", reflexiona. Y agrega, ya en relación con su tierra natal: "Hay una carencia evidente de toda promoción cultural y de los jóvenes. He conocido a muchos artistas que están en el mismo punto de trayectoria que yo, que están despuntando, y es muy triste que se conozcan fuera y allí no, y no son uno o dos, son muchos, no ha sido casualidad, hay mucha gente con mucho trabajo interesante que no se conoce para nada".

Centrándose ya en su trabajo en sí y las técnicas que domina, Barriga asegura que trabaja "con objetos de desechos, objetos que voy comprando en el mercadillo, o que de alguna manera rescato y les otorgo valor, trabajo con bodegones que fotografío, siempre tienen un carácter lúdico y festivo, porque son objetos vinculados con el juego, la decoración, el fetiche... Que mi iconografía parta de estos objetos permite hablar de la muerte, la sexualidad, restablecer y darle seriedad al asunto". Volvemos a Duchamp. Recordaba Vicente Verdú hace unos días en El País que fue el afamado artista-ajedrecista quien logró que un objeto en serie pudiera ser un objeto único. O viceversa. “Todo depende del punto de vista o de la vista del punto”. Y claro, ahí surge el debate. ¿Qué es arte? ¿Todo vale? La joven pintora y escultora contrarresta: "Esto es como todo, en todas las familias hay de todo. No quiero ni pensar en eso, intento centrarme en las cosas que me interesan y valorar las cosas que se están haciendo bien y a la gente que lucha porque esto siga adelante. Es muy fácil hablar mal, también hay que ver el contexto de la producción y por qué esa persona ha querido hacer eso. Es fácil hablar mal cuando alguien está en el punto de mira, pero hay que valorar las cosas positivas para que esto siga creciendo".

Una vez, quizás algo descontextualizado, un titular de una entrevista con Ana Barriga aseguraba que su meta era "reiventar la pintura". Confiando todavía en que "espero que no esté todo inventado, el compromiso no es quizás reinventar pero sí hacer algo que merezca la pena y que sea honesto y aporte algo; si no, no tendría sentido". "A mí me pone muchísimo hacer algo que no sepa cómo va a acabar, que se escape a mis posibilidades, que vea cómo va cobrando vida sin tener un patrón establecido. El siguiente reto y el que tengo todos los días es intentar hacer algo que me sorprenda primero a mí y que merezca realmente la pena y dé pie a otros proyectos para que siga creciendo mi pintura". Para todo ello, no duda en emplear óleo, ceras blandas, rotuladores, sprays... y lo más decisivo, la valentía a no tener miedo a equivocarse. "De ahí también salen cosas". En relación al espectador, más allá de que lo entienda o no, el desafío es "que no se quede impasible cuando vea la obra. Que te reconozcan es fantástico pero aspiro a que cuando vean mi obra, esa visión del espectador pueda involucrarse en lo que ocurre ahí", remata la admiradora de, entre otros muchos, Sánchez Cotán, Chantal Joffe, Caravaggio o Goya.

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