La luz perpetua de La Zaranda: teatro de la imaginación que no hace teatro

Dos bolos de la última obra de la compañía andaluza, en este caso en San Roque y El Puerto en 24 horas, revelan que tras casi medio siglo de andadura, uno de los grupos teatrales independientes y en activo más antiguos de Europa sigue jugando al límite. Para el espectador que les descubre, el teatro pasa a ser otra cosa

Los personajes de 'Todos los ángeles alzaron el vuelo', en una imagen de La Zaranda.
Los personajes de 'Todos los ángeles alzaron el vuelo', en una imagen de La Zaranda.
13 de abril de 2026 a las 20:18h

En el escenario hay pocos bártulos. Poco atrezo, poca ropa, unos cuantos tacones. Cada vez son los pasajes más caros y en verano hay que volver a Buenos Aires, donde se les espera con ansia entre las barras bravas de zarandianos. En Europa apenas hay un puñado de compañías de teatro independientes, privadas y estables en activo más longevas que La Zaranda.

Els Joglars, Odin Teatret y Théâtre du Soleil… son los ejemplos en nuestro continente que superan en historial en cartel al grupo teatral andaluz, que cumplirá dentro de dos años la friolera de medio siglo de intensa andadura con casi una veintena de espectáculos de creación propia y miles de representaciones por escenarios de más de 40 países en cuatro continentes.

Si lo cuantitativo es bárbaro, lo cualitativo de este colectivo nacido en Jerez, Premio Nacional de Teatro y Medalla de Oro de las Artes Escénicas, deja claro en un bolo cualquiera, como los del pasado fin de semana en la provincia de Cádiz —el pasado viernes en el Teatro Juan Luis Galiardo de San Roque; y un día después en el Muñoz Seca de El Puerto—, que adentrarse en las entrañas de su forma de entender el hecho teatral supone que ya nada vuelva a ser igual cuando uno vuelve a ir de nuevo al teatro. Le pasa a quien les descubrió hace 40 años o le pasará a quien se ha topado por primera vez con este zarandeo —con perdón— donde importa tanto el texto como todo lo que acontece en escena —de los silencios a una selección musical que es parte inconfundible de los trabajos del grupo—.

No es igual ya nada después de esto. Para empezar, porque parece que cualquier actuación pudiera ser la penúltima de la compañía, y esto no es ya por la media de edad del grupo —que también, subrayarían con su retranca habitual— o por las dificultades de mantenerse en activo con tantas trabas burocráticas y financieras—, sino por la forma de encarar cada encuentro con el público jugando (pareciera literal) al límite y ajenos a una representación en el sentido de esa acepción que habla de imagen o idea que sustituye a la realidad. 

Este teatro en los huesos, esta escenografía en cueros, va calando, va atrapando escena tras escena, adentrándose en nuestra imaginanciación mediante una danza coral donde cada palabra, cada gesto, cada objeto (mínimos) y cada mirada hace avanzar una trama que pisa un terreno sórdido y espeso hasta evaporar a los personajes como mariposas que abandonan las orugas y vuelan libres hacia ninguna parte. Y ese teatro inestable de ninguna parte, como se autodenominan, sigue siendo de aquí, de la Baja Andalucía. Y mantiene sus constantes vitales puestas en prestar voz y amparo a los desheredados, a buscar la honrilla in extremis de los nadie.

Una experiencia de esas que llaman ahora inmersivas, pero que forma parte de los ritos más primitivos de la Humanidad

Y luego está el espacio vacío que rebosa con la imaginación. Aquí se aporrea a las puertas o se matan mosquitos a compás, o se piden tragos en una barra de bar que es a la vez somier, barca, calabozo, y féretro. Todo exige al espectador casi al mismo nivel que al trío de actores —toda una vida buscando entre eternos hallazgos— o a las dos espléndidas actrices que se incorporan al elenco.

Para el público-cómplice-comulgante, a poco que sostenga la mirada y sobrevuele desde el patio de butacas esta coreografía quirúrgica de objetos, símbolos y alegorías, hay un antes y un después de asistir a este ceremonial que dispone La Zaranda. Una experiencia de esas que llaman ahora inmersivas, pero que forma parte de los ritos más primitivos de la Humanidad. Una incursión por un terreno movedizo donde el espectador vive (y sufre) la escena de una forma tan verdadera como onírica, tan fuera del pellejo como alucinada. 

Todos los ángeles alzaron el vuelo es una síntesis de ese teatro en dos o tres planos que siempre se superponen y que mecen como un paso de Semana Santa de lo terreno, del lumpen en este caso, de ese proxeneta, esas prostitutas migrantes y ese yonki exconvicto, hacia lo lírico y lo metafísico. De las cloacas al altar mayor del auto sacramental. De ese Idiota de Dostoyevski que quiere creer que el mundo es algo diferente a una manada de hombres devorando hombres que pugnan por sobrevivir a ese Caronte conduciendo a los muertos y al que persigue la guadaña en la barca por la laguna Estigia en la pintura de Luca Giordano.

Está en este trabajo otra vez el sueño y Morfeo, y ese ahora todo es noche de unas obras que siempre trascienden en la sencillez y en la esperanza de que la muerte no es el final. Como siempre, queda una rendija entreabierta para que entre y brille para siempre esa luz perpetua que es el teatro tal y como lo alumbra y lo amasa La Zaranda. Ese teatro que no es teatro y que, quizás por eso mismo, ya te atrapó para siempre. Como si fuera fruto de la imaginación.  

Ficha técnica.

Teatro Municipal Muñoz Seca. El Puerto de Santa María. Día: 11 de abril de 2026. Hora: 20 horas. Aforo. Casi lleno. Dirección y espacio escénico: Paco de La Zaranda. Texto: Eusebio Calonge. Con Ingrid Magrinyà, Natalia Martínez, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Enrique Bustos. Iluminación: Peggy Bruzual. Vestuario: Encarnación Sancho. Ayudantía de dirección: Andrea Delicado. Fotografía y cartel: Víctor Iglesias. Distribución: Carme Tierz (Focus)

Sobre el autor

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Paco Sánchez Múgica

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