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Entre el 28 de junio y el 1º de julio de 1918 tuvo lugar en Barcelona el congreso del sindicato en el que fue adoptado su actual escudo.

Desde la adopción oficial del actual escudo de Andalucía en 1981, recogiéndose en el Artículo 6 del Título Preliminar de nuestro primer Estatuto de Autonomía, junto a la bandera y el himno, ha habido una discusión por parte de algunos heraldistas de si se puede considerar realmente o no como escudo un logotipo que aparentemente no cumple las normas básicas de la ciencia heráldica. Por el contrario, los defensores del escudo argumentan precisamente su falta de adecuación como su precisa justificación para ser considerado escudo como tal, pues los propios autonomistas de las Asambleas de Ronda (1918) y Córdoba (1919) lo hicieron así de forma consciente para evitar que pudiera ser identificado o asemejado con ningún escudo nobiliar o militar ya existente, y evitarle así al nuevo símbolo naciente cualquier pasado bélico. Para apoyar esta postura se aluden como ejemplo la mayor parte de escudos nacionales de las repúblicas latinoamericanas, o de las repúblicas exsoviéticas –o exrepúblicas soviéticas, según se mire-, que cumplen muy pocas de las normas heráldicas, por no decir casi ninguna en algunos casos.

Pero hay otra cuestión sobre el origen del escudo andaluz mucho más llamativa y que habitualmente ha pasado desapercibida. Mucho se ha escrito sobre su parecido con el escudo municipal de la ciudad de Cádiz, sí, pero prácticamente nada sobre su indiscutible parecido al emblema del centenario sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo, la CNT.

Entre el 28 de junio y el 1º de julio de 1918 tuvo lugar en Barcelona el congreso de la CNT en el que fue adoptado su actual escudo. Tras la presentación y estudio de diferentes propuestas que incluían soles radiantes, alegorías togadas o ángeles soportando el mundo, finalmente fue elegido uno que representaba a Heracles –el posterior Hércules romano- luchando con el león de Nemea, en el primero de los llamados doce trabajos encargados por parte de Euristeo, rey de la región griega de la Argólida, al viril héroe mitológico para conseguir la inmortalidad; una iconografía que pretende representar la lucha del ser humano por su superación y por su emancipación de dioses y reyes.

Por su parte, el escudo de Andalucía representa la creación del Estrecho de Gibraltar por parte de Hércules (de ahí que al Estrecho se le conozca como “las Columnas de Hércules”) en su camino a Andalucía para realizar el décimo de estos trabajos hercúleos, consistente en robar el ganado del rey Gerión de Tartessos. No es que se quisiera representar en el escudo de Andalucía a un ladrón –algo que no despegaría hoy con los tiempos que corren-, sino que con la leyenda de Heracles el territorio hoy conocido como Andalucía entra por primera vez en la literatura occidental y en la historia escrita.

Aunque no está claro para los historiadores cuándo se aprueba exactamente el escudo andaluz entre los autonomistas, lo que sí sabemos seguro es que la Asamblea de Ronda, celebrada entre el 12 y el 14 de enero de 1918, estuvo presidida por un escudo –más bien de tipo francés- compuesto por un único cuartel en el que se incluía a Hércules con un león y una columna a cada uno de sus lados, y el lema “DOMINATOR HERCVLES FVNDATOR”, todo ello rodeado de una corona de laurel, atemporal símbolo de virtud, honorabilidad, y triunfo del bien sobre el mal.

Por tanto, el escudo de Andalucía fue confeccionado al menos seis meses antes de que la CNT aprobara el suyo. Pero, ¿podría haber alguna relación directa entre ambos? A menos que un día encontremos alguna documentación perdida hoy en el sueño de los justos que nos lo argumente, la respuesta a esta pregunta entra más en la especulación historiográfica que en la seguridad histórica, aunque no debemos olvidar la estrecha relación que muchos protoandalucistas, autonomistas, regionalistas y andalucistas históricos tuvieron con las ideas anarquizantes tan en boga en la Andalucía de la lucha de clases de principios del siglo XX, y sobre todo con la lucha de la clase trabajadora por el acceso a la tierra como digno medio de vida.

En ese difuso límite entre la lucha por la tierra física y la lucha por la tierra política, encontramos en primer lugar al gaditano Fermín Salvochea, cantonalista y posterior inspirador a partes iguales tanto de anarquistas como de autonomistas, y al que le siguen otros como el bujalanceño Juan Díaz del Moral, autor de la archicitada Historia de las agitaciones campesinas andaluzas (1929), donde narra su experiencia durante el Trienio Bolchevique Andaluz (1918-1920); el grazalemeño José Sánchez Rosa, maestro de obreros y creador de la anarcosindicalista Federación Regional Obrera Andaluza en 1918; el guadalcanalense Pedro Vallina –alias “El Tigre”-, médico de trabajadores, destacado dirigente cenetista y colaborador de diferentes campañas políticas de Blas Infante; o incluso el que llegara a ser Presidente de la II República, Diego Martínez Barrio, militante de juventud de organizaciones anarquistas y del Centro Regionalista Andaluz de Sevilla, donde figuró como Vocal de la Sección de Conferencias en 1916.

Otra de las vocaciones políticas típicamente anarquistas como es el iberismo (con el palmario ejemplo de la FAI: Federación Anarquista Ibérica), también fue recogido por el escudo de Andalucía durante unos años, pues algunos sectores andalucistas como la Casa de Andalucía en Madrid entre 1922 y 1923 o la agrupación melillense de la Junta Liberalista de Andalucía en los años 30, versionan el lema inferior del mismo cambiándolo por el de “ANDALUCÍA POR SÍ, PARA IBERIA Y LA HUMANIDAD”.

Pero no reflejan ambos escudos el mismo mensaje, aunque estéticamente pueda parecer lo contrario, pues mientras el emblema cenetista muestra un Heracles que utiliza la fuerza bruta para enfrentarse a su destino y dominar los elementos, el andaluz busca significar el uso de la razón como medio para convivir y cohabitar con las fuerzas de la naturaleza. Por tanto, no hay que pensar con todo esto que llevamos dicho que el Ideal Andaluz sea una especie de ideal anarquista, ni que tengamos hoy el único Pater Patriae anarquista del mundo, ni mucho menos, pues no sólo de filoanarquistas se alimentó el Andalucismo Histórico, ya que también lo hizo de republicanos, socialistas, comunistas y, por qué no reconocerlo, hasta de conservadores y derechistas que a partir de 1936 trataron de esconder, o al menos disimular y disculpar, sus livianos pecadillos regionalistas del pasado. Sobre todo, el Andalucismo Histórico trató de ser una ideología transversal que, más allá de las opciones políticas personales, fuera capaz de alzar la voz de los problemas del pueblo andaluz allá donde tuvieran que ser escuchados.

Jesús P. Vergara Varela, Licenciado en Historia.

Bibliografía recomendada:

-DÍAZ DEL MORAL, Juan, Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Alianza Editorial, 1969

-DÍAZ DEL MORAL, Juan, Las agitaciones campesinas del período bolchevista (1918-1920), Biblioteca de la Cultura Andaluza, 1985

-INIESTA COULLAUT-VALERA, Enrique, Blas Infante. Toda su verdad. Vol. I, 1885-1919, Ed. Comares, 2000

-VALLINA, Pedro, Mis memorias, Ed. Libre Pensamiento, 2000

Sobre el autor:

María Luisa Parra

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