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Se acerca a una figura real, en este caso la de un antepasado suyo que luchó con los nacionalistas en la guerra civil, contando con pelos y señales su propia investigación sobre el personaje.

Hace unos días un amigo me comentaba que él prefería la novela que partiera de cero, que creara un mundo narrativo a partir de la nada -admitiendo que eso fuera posible en estos tiempos en los que ya parece que todo está inventado-. Me hizo ese razonamiento a raíz de la última novela de Javier Cercas, El monarca de las sombras (Mondadori, 2017), en la que el escritor extremeño reincide en la fórmula que tanto éxito de crítica y público le ha reportado, principalmente en las que considero sus dos obras maestras: Anatomía de un instante y El impostor.

Cercas se acerca a una figura real, en este caso la de un antepasado suyo que luchó con los nacionalistas en la guerra civil, contando con pelos y señales su propia investigación sobre el personaje y sus dudas a la hora de encarar y de qué modo al susodicho. A mí personalmente me parece una opción tan válida como cualquier otra, incluso más atractiva para el lector, ya que las tripas de la confección narrativa están a la vista, algo poco habitual en el género. Y me lo parece todavía más porque Cercas ya ha demostrado con creces su pericia para generar universos novelescos propios, caso de El vientre de la ballena o La ley de la frontera.

Son varios, no obstante, los que han salido ahora a escena hablando de una fórmula agotada, que ya no será capaz de germinar frutos de una calidad tan suprema como los mencionados. Y aquí sí me tengo que poner de su parte, no porque considere que la "tierra" que le gusta pisar a Cercas no puede dar más de sí, sino porque El monarca de las sombras -y me duele decir esto, porque soy un gran admirador de su técnica narrativa- parece escrita demasiado a la carrera, con una prosa más descuidada que en episodios anteriores, y genera la extraña sensación de gustarse demasiado a sí misma, amplificando líneas narrativas secundarias que parecen fuera de lugar, como el generoso espacio dedicado a su amistad con David Trueba, que desvían la trama principal hacia asuntos sentimentales que poco tienen que ver con ella y sí más con un boceto de diario privado.

Creo que aquí Cercas ha errado el tiro y se ha dejado llevar por las amplias posibilidades que permite la técnica no ficcional que le gusta cultivar, sin importarle que la tensión narrativa decaiga y el lector se sienta un tanto desorientado. Ello no quita, no obstante, mérito a una investigación de la genealogía familiar que evita con habilidad lugares comunes y escollos posicionales obvios, asumiendo una herencia difícil como deuda narrativa que había que saldar en algún momento. No podemos dejar de valorar esto, aunque el modo de hacerlo y el resultado no sean tan brillantes como el autor nos tenía acostumbrados.

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