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¿Puede una canción resumir toda una novela? O mejor: ¿puede una canción resumir la experiencia estética que supone leer una novela? Lean Esperando a mister Bojangles (Salamandra, 2017) de Olivier Bourdeaut y a continuación escuchen Mister Bojangles de Nina Simone. Algunos lectores se preguntarán qué tiene que ver una canción en apariencia triste con una novela extravagante, ligera, divertida, surrealista, naíf a ratos, desbordante, breve y muy fácil de leer. Es lo que tienen ciertos libros, que nunca son lo que parecen. Y son los mejores. O quizás sí son lo que parecen, lo que ocurre es que no sabemos leer esos fogonazos que la literatura nos regala de vez en cuando. Como ocurre con la buena poesía, lo más difícil es lograr esa simplicidad tan cargada de sentido. El libro de Olivier Bourdeaut cuenta la historia de una familia poco común. Hay dos narradores, con dos tonos muy diferentes, el hijo y el padre. La madre es el epicentro de la delirante y melancólica vida cotidiana en la que también participan un amigo senador y una grulla. ¿Puede una novela resumir una canción? O mejor: ¿puede una novela resumir la experiencia estética que supone escuchar una canción? He jumped so high, he jumped so high Then he lightly touched down...

Los amantes de Haruki Murakami ya pueden conocer sus intereses y mecanismos creativos en De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets Editores, 2017). Quizás este libro debería ser leído junto con De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets Editores, 2010). Con la lectura de los dos textos descubriremos un estilo de vida, la de Haruki Murakami. Sus ensayos están escritos con una prosa directa y sincera. Lejos de dibujar a un personaje bohemio, misterioso, maldito o atormentado, Murakami nos muestra a un ser muy normal, trabajador y obsesivo, pero muy normal. Cualquiera puede escribir una novela, repite varias veces, no se necesita un talento especial. De qué hablo cuando hablo de escribir es un texto que habla sobre cómo se convirtió en escritor, sobre la originalidad, sobre los personajes, sobre los premios, sobre la formación, pero ante todo, nos transmite un modo de vida. El libro, más que a escribir, nos anima a leer las obras de Murakami. Porque a lo mejor para construir una gran novela no sé necesita un talento especial,  pero es obvio que sí que se necesita una capacidad fuera de lo común para obsesionarse con algo tan complejo y lograrlo. Sólo así pueden brotar tramas enrevesadas y personajes apasionantes. Incluso los relatos cortos de Murakami, un género que podría parecer más relajado que la gran novela, son ejemplos de ese trabajo creativo. Lean, por ejemplo, Hombres sin mujeres (Tusquets Editores, 2016) y encontrarán joyas como Samsa enamorado o Sherezade.

El arte contemporáneo requiere hermeneutas, críticos que descifren esos códigos secretos. Hay gente que no lee poesía actual porque no la entiende, y lo dicen sin ningún tipo de reparos, porque dan por hecho que la culpa es de los poetas y su escritura sin rima, críptica, sin orden ni concierto. Algo parecido ocurre con las artes plásticas. Sólo los creyentes asisten a las exposiciones. Digo creyentes, sí, porque algún filósofo del arte ha llegado a decir que contemplar hoy determinadas obras y aceptarlas como arte supone un acto de fe ciega en el autor y su genialidad. Uno de los rasgos del arte moderno y contemporáneo consiste en ser consciente de sí mismo. Sabe que es un problema irresoluble y se cuestiona su propia esencia. Necesita ser aclarado, analizado e interpretado a cada paso. Se vuelve sobre su actividad, sobre la historia del arte y sobre la experiencia estética. Es el precio de la autonomía, de la transgresión y la originalidad… Hans Sedlmayr en La revolución del arte moderno (Acantilado, 2008) analiza muy bien todas esas características. Habla de cuatro determinaciones: el afán de pureza, el hechizo de la geometría (constructivismo), lo disparatado como refugio de la libertad (surrealismo), y la búsqueda de lo original (expresionismo). Y es un libro de 1955... Quiero decir que todavía se han dado más vueltas de tuerca en la creatividad. El autor explica muy bien de dónde procede tanto la potencialidad como las limitaciones del arte moderno. Esa obsesión por la pintura pura, la arquitectura pura, la música pura y la poesía pura ha desembocado en un arte autónomo, libre de cualquier condicionamiento. Pero esa autonomía ha dado lugar a la separación entre lo artístico y lo estético. Ya no es necesario apelar a lo bello o al placer estético. En el límite, el arte se reduce a la idea. Para completar los análisis de Hans Sedlmayr, y pensar esas últimas vueltas de tuerca, conviene leer, por ejemplo, Del arte a la idea. Ensayos sobre el arte conceptual, de Robert C. Morgan (Akal, 2003) y Transgresiones. El arte como provocación, de Anthony Julius (Destino, 2002).

¿Podemos acceder una exposición sin poseer conocimientos de arte? ¿No es suficiente con la presencia de la obra delante del observador? ¿Es que la obra no se explica a sí misma? ¿Dónde reside el valor de una obra de arte? ¿Necesitamos leer para valorar? ¿Quién atribuye el valor a al arte contemporáneo? ¿Qué valores puede encarnar una obra de arte? Este es el tema de El valor del arte (La balsa de la Medusa, 2017). El valor principal en el arte es el valor estético. Pero hay otros que interfieren con él, como los valores epistémicos, éticos, económicos y políticos. Francisca Pérez Carreño ha reunido a siete investigadores para que aborden el concepto de valor en el arte. Muy interesantes son también los ensayos que José Luis Pardo ha publicado bajo el título Estética de lo peor (Pasos perdidos, 2016). Y para completar, Félix Ovejero Lucas, en El compromiso del creador. Ética de la estética. (Galaxia Gutenberg, 2014), se adentra en los misterios del mercado y la crítica del arte contemporáneo para saber a qué atenernos y dónde buscar la autenticidad.

La arquitectura y el urbanismo nunca podrán alcanzar la autonomía formal, ya que su misma esencia incluye cumplir una función, y cumplirla bien. Pero hay muchas maneras de construir viviendas y ciudades, tantas como modelos económicos y sociales. La distribución del espacio es un asunto que atañe a la política. En el urbanismo y la arquitectura se concretan relaciones de poder, ideologías. El error consiste en pensar que las ciudades que habitamos son las únicas posibles, las naturales, las lógicas, y que no hay alternativa. Para reflexionar sobre estos temas hay desde hace décadas grupos de investigación en las universidades. Estos equipos aprovechan los conocimientos de diferentes disciplinas y las experiencias prácticas llevadas a cabo en diversas comunidades. Lógicas relacionales. Cultura, ciudad y política. (Abada Editores, 2017) se trata de una obra colectiva coordinada por Josep María Montaner y Antoni Ramón. Es el resultado del trabajo desarrollado por el grupo de investigación Teoria i Crítica de la Ciutat, l’Arquitectura i les Arts de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona. Contiene textos teóricos y trabajos de investigación sobre temas concretos. Se aborda, por ejemplo, la arquitectura desde la perspectiva de género, las tendencias en la arquitectura catalana, la gestión científica del hogar, el “efecto Bilbao” y sus derivados, la docencia de la arquitectura, el papel de la teoría, la distribución de los teatros en las ciudades, la ciudad subjetiva de la Valencia contemporánea, la relación entre arquitectura y política, las intervenciones urbanísticas… Una lectura que puede interesar a aquellos gobernantes locales que se estén planteando redefinir su ciudad para facilitar la convivencia, la movilidad y evitar el abandono…

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