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Se hace difícil añadir algo más a lo ya dicho por mi maestro Carlos Colón en una crítica reciente. De ella se me quedó grabada sobre todo una frase, que la historia de la soprano Florence Foster Jenkins sería, de no ser real, el cuento más triste jamás escrito. La verdad es que cuesta quedarse indiferente ante la velada tragedia de una mujer que quiso hacer realidad su sueño a toda costa: cantar en grandes escenarios las piezas de ópera y canciones que le conmovían el corazón, pero —y esta es la parte dramática de la historia— siendo ajena a las burlas y rechifla que provocaba en el respetable, cuidadosamente seleccionado por su marido y promotor para evitar males mayores y fomentar su complicidad con la diva.

Apoyado en un soberbio guión de Nicholas Martin, el veterano realizador Stephen Frears vuelve a la ya lejana brillantez de algunos de sus primeros trabajos —Las amistades peligrosas, La camioneta, Mi hermosa lavandería, Los timadores— para centrarse en los últimos meses de vida de Jenkins y meternos rápidamente en situación: una cantante de dudosas dotes que parece vivir en un universo paralelo donde sus amigos de la aristocracia prefieren taparse los ojos ante sus defectos y celebran su entusiasmo, un marido hiperprotector que cuida al detalle cualquier intromisión de la cruda realidad y que goza de los favores consentidos de una amante, y un pianista contratado para que participe de este extraño y casi patético juego.

A esta sensación de introducirnos rápidamente en el asunto contribuye el trío de actores elegido, cuya presencia real e iconográfica se diluye a los pocos segundos de entrar en escena, ya se trate de un fabuloso Hugh Grant -en uno de sus mejores papeles, lejos de esos personajes dubitativos que hacían perder la paciencia al espectador-, de una, como siempre, inconmensurable Meryl Streep, y de un acertadísimo Simon Helberg, conocido por su rol humorístico en la serie Big Bang, que nos hace olvidar enseguida.

Frears, con buen criterio, decide no hurgar en el patetismo de la historia y dejar que esta fluya de una manera natural, logrando escenas francamente memorables como la del hallazgo de la demoledora crítica en el periódico. En mi opinión, y a falta de conocer los títulos que vendrán en breve hacia la carrera de los Oscar, Florence Foster Jenkins debería figurar en todas las quinielas.

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