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En 1530 ya hay constancia de británicos que residían en Jerez.

En los últimos años del siglo XV, uno de los productos más valiosos de Jerez junto con el caballo, el vino, participa en la etapa de expansión comercial y conquistadora que caracteriza las primeras décadas de la Edad Moderna. Aunque conoce el esplendor en estos años, nuestro vino se empieza a impulsar  a través de la conquista castellana del siglo XIII cuando comienzan, lentamente, las primeras exportaciones a Europa.

Durante este período buena parte del vino de Jerez es enviado a Inglaterra y llega a ser, por otro lado, uno de los más valorados de la América Hispana de la época. Este esplendor del vino de Jerez solo se verá superado a lo largo del siglo XIX, como ya detallamos en La edad de oro del jerez.

La apertura del comercio europeo a través de los mares durante este siglo supuso una oportunidad para que el vino de nuestra zona pasara a ser consumido en Flandes, Alemania y, especialmente, Inglaterra;  pero, ¿a qué se debió su éxito en las Islas Británicas? Para entender esto queremos señalar que las viñas inglesas habían sido arrancadas, ya que resultaba mucho más lucrativo para los ingleses centrar esos espacios agrícolas en el fomento de un ganado ovino que les reportaba mayores beneficios. Esto llevó a los comerciantes de este país a diversos puntos de Europa para encontrar vinos que abastecieran la demanda nacional, algunos de los más valorados por ellos fueron los claretes de Burdeos o los dulces del Egeo y, por supuesto, el jerez.

Como muestra del éxito del vino en el país anglosajón, en 1519 ya se habían establecido comerciantes ingleses en Chipiona y, en 1530, hay constancia de británicos que residían en la propia ciudad de Jerez. A este respecto, el Duque de Medina Sidonia, en 1562, concedió importantes privilegios a los comerciantes ingleses y de estas relaciones acabó surgiendo un consulado en nuestra ciudad.

Veremos, por lo tanto, en los comienzos y en la medianía del s. XVI una tendencia alcista en la exportación del vino hacia Europa y las Américas. En este período buena parte del jerez es destinado a la venta y al consumo en el exterior. Podemos tener de referencia que en 1548, de una producción de unas 60.000 botas, 40.000 se enviaron a Inglaterra, Flandes y otros países. Una década más tarde, en 1561, se recoge el envío a Inglaterra de 40.000 botas.

Sin embargo, estas fructíferas relaciones entre España e Inglaterra se verían desdibujadas debido a la guerra entre ambos que comentamos en el artículo Piratería en la Bahía de Cádiz, y que supuso la caída del comercio en la zona. En esta línea, y debido a la disminución de la demanda, la producción se ve reducida en el siglo XVII. Las continuas hostilidades entre España e Inglaterra, junto con los conflictos con otras naciones europeas, acentuando una crisis que hizo que el vino de Jerez no se recuperara hasta finales del siglo XVIII y los comienzos del siglo XIX. Aun con esto, su fama era tal que, durante el siglo XVI, fue consagrado en la literatura inglesa por William Shakespeare quien puso en boca de Falstaff, de la obra de Enrique IV, las siguientes palabras dedicadas al jerez:

“Un buen jarro de jerez hace un doble efecto. Me asciende al cerebro, diseca allí todos los tontos, obtusos y agrios vapores que lo rodean, lo hace sagaz, vivo, inventivo, lleno de ligeras, ardientes y deliciosas formas, que, entregadas a la voz que les da vida, se convierten en excelente espíritu. La segunda propiedad de vuestro excelente Jerez es calentar la sangre, la que, antes fría y pesada, deja al hígado blanco y pálido, que es el distintivo de la pusilanimidad y cobardía; pero el Jerez la calienta y la hace correr del interior a todos los extremos. Ilumina la cara que, como un faro, da la señal a todo el resto de este pequeño reino, el hombre, de armarse; entonces toda la milicia vital y los pequeños espíritus internos se forman detrás de su capitán, el corazón, que, grande y soberbio de ese cortejo, se atreve a cualquier empresa valerosa. Y todo ese valor viene del Jerez. Así la ciencia de las armas no es nada sin el vino; porque él la empuja a la acción; la doctrina es una mera mina de oro, custodiada por un demonio, hasta que el vino no emprende con ella y la pone en obra y valor. De ahí viene que el príncipe Harry sea valiente, porque la sangre fría que naturalmente heredó de su padre, semejante a un terreno mezquino, desnudo y estéril, la ha cultivado, abonado, labrado por el excelente hábito de beber en grande, por frecuentes libaciones de fértil Jerez; así es que se ha vuelto muy ardiente y bravo. Si tuviera mil hijos, el principio humano que les enseñaría sería de proscribir toda bebida ligera y dedicarse al buen vino”.

Segunda parte de Enrique IV, acto IV, escena III.

Pero, ¿qué podemos decir del jerez en las Indias Occidentales? El primer incentivo para su envío al nuevo continente era, en primera instancia, económico pero no debemos obviar el valor cultural y medicinal que poseía en aquellos tiempos. Nuestro vino fue fundamental en la dieta de entonces adjudicándosele un valor desinfectante y curativo, siendo, por lo tanto, embarcado en las más importantes expediciones de la Corona. Como muestra de ello queremos destacar que, siguiendo la costumbre, la flota de Magallanes contaba con una buena provisión de vino para dar su vuelta al mundo.

Desde un primer momento se intentó hacer jerez en las nuevas tierras conquistadas, pero resultaba difícil mantener cultivos en un clima tan diferente del de nuestra región. En Santo Domingo se documenta la existencia de uvas jerezanas muy especiales, "las pasas", que habían llegado de la mano de Nicolás de Ovando, elegido por los Reyes Católicos en 1502 para llevar una expedición hasta la citada isla. Aun con esto, el esfuerzo requerido rebasaba las esperanzas de obtener un beneficio por lo que rápidamente se desechó la idea de seguir cultivando en las Antillas y en Nueva España (actual México). No obstante, no  podemos decir que ocurriera lo mismo en Perú donde, rápidamente pudo obtenerse una buena cosecha en las zonas litorales.

Es por esto que en las zonas donde no resultaba beneficioso se dejara de lado por otras actividades más lucrativas como la minería o la ganadería. El vino peninsular resultaba, además, de muchísima mejor calidad que el que se obtenía en Nueva España y la Corona incentivaba la exportación del vino peninsular a las Américas debido a que las cargas impositivas que poseía le reportaban enormes beneficios.  Así pues, en América, podíamos encontrar un vino autóctono del Perú que competía con un vino peninsular de muy elevado coste pero de gran consideración.

Fundamentalmente los vinos que llegaban al nuevo mundo procedían de las actuales provincias de Cádiz y de Sevilla.  Desde una fecha temprana, en 1508, la comarca gaditana contó con una Real Cédula que le permitió comerciar con las Indias, algo necesario ya que el comercio con las Américas estaba profundamente controlado por la Corona. Las Reales Cédulas posteriores -de 1536 y 1580- confirmaron una situación que propició el conflicto con los cargadores sevillanos, un enfrentamiento que no se solucionó hasta 1597, cuando se dictó que un tercio del volumen total de carga fuera destinado a los comerciantes de la región gaditana. Este tercio de Cádiz, a su vez, se subdividió en tres partes: uno para los productos de la tierra -entre los que destaca el vino- y los dos restantes para las manufacturas textiles. Jerez, entre las poblaciones del entorno, comenzó a formar parte del tráfico indiano con seguridad y firmeza.

Hay que decir que el vino de Jerez, al llegar a las Américas, cuadruplicaba con suma facilidad su coste debido a las cargas impositivas, los costes de transporte y los riesgos comerciales. Aun con ello, era producto de lujo muy valorado, especialmente su vino blanco, que podía ser de dos tipos: el “vino nuevo”, que era del año, o el “añejo”, que era de mayor vejez y de mayor precio. Por tanto, si este vino no hubiera tenido la estima que se le tenía por su calidad, su comercialización hubiera caído ante las pocas posibilidades que tenía de competir con otros vinos, como el que se empezó a cultivar con gran éxito en Perú.

Resulta difícil conocer el volumen transferido al Nuevo Continente debido a un vacío historiográfico y a los continuos fraudes realizados en la documentación pertinente de la época. Según el investigador Antonio Miguel García Bernal "hacia 1560 sólo Jerez -y su comarca- habría producido unas 60.000 pipas de vino, de las que 40.000 exportaban a Europa y América". El puerto de destino principal en las Indias era Nueva España, con un 94% del volumen y que se sumaba a los envíos de otras ciudades de la comarca como El Puerto de Santa María o Sanlúcar de Barrameda. Conviene señalar, además, que el vino de Jerez no sólo llego a las grandes capitales y ciudades americanas sino que se adentró en otras zonas del interior americano, como el Yucatán.

A modo de conclusión, podemos concretar que el jerez conoce un primer periodo de expansión comercial que lo lleva a ser consumido tanto en América como en Europa. Nuestros caldos darían la vuelta al mundo con Magallanes, entrarían con éxito en el mercado inglés y serían especialmente consumidos en el actual México. Este primer “Siglo de Oro” del vino jerezano entraría en crisis a lo largo del siglo XVII debido a las guerras con las diferentes naciones europeas, las malas cosechas y el desarrollo de la economía autóctona americana. No será hasta el siglo XIX cuando, en otro contexto muy diferente, el comercio de vino se recupere y el jerez -tal y como lo conocemos hoy- se haga fama en los mercados internacionales.

Bibliografía

Borrego Plá, María del Carmen. (2004). El Salto Oceánico: La problemática llegada del Jerez al continente indiano. En "El vino de Jerez y otras bebidas espirituosas en la Historia de España y América". Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Jerez.

Peñín, José. (2008). Historia del Vino. Madrid. Espasa. 

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