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#CrónicasConSolera viaja al Marco en pleno siglo XIX.

A lo largo del siglo XIX se produce una gran transformación en los vinos de nuestra ciudad, que vimos en el artículo La Edad del Oro del Jerez, y que supuso la aparición del sistema de “criaderas y soleras” y de las tradicionales bodegas de nuestro Marco. Este gran cambio estuvo parejo al surgimiento de una serie de actividades profesionales auxiliares ligadas a los avances técnicos de la época. 

Concretamente, queremos tratar aquellas que estuvieron ligadas a las artes gráficas pues a lo largo de este siglo se pasó de vender vino a granel a venderlo embotellado y, al hacerlo a través de este sistema, se requirió que la botella se embelleciera pues a partir de ese momento se ligaría a una marca. Se asociaría una grafía concreta, una serie de imágenes y diferentes elementos decorativos a los vinos y conformarían una seña de identidad para los mismos, pero, para que todo esto fuera posible, era necesario contar con profesionales cualificados en el sector. Este concepto es muy importante en el caso de los vinos pues, al asociar un vino a una marca, no sólo se valora la calidad del vino en sí mismo sino la reputación de la bodega o de la marca que hay tras él. 

Los vinos exportados a países europeos, principalmente Reino Unido, eran vendidos a granel y, en los lugares de destino, eran embotellados. En cambio, las ventas nacionales y las exportaciones a América Latina eran embotelladas por las propias bodegas por lo que, a lo largo de este siglo, las ventas de botellas corresponderán, fundamentalmente, al mercado de habla española. 

Tradicionalmente se ha reconocido que José Fuentes Parrilla, firma fundada en 1871, fue la primera en exportar vinos embotellados, pero en el Archivo Histórico de González Byass se recogen embarques puntuales de vinos a mercados diversos en fechas anteriores (1839). El suministro de etiquetas para las botellas vendidas en este mercado nacional y latinoamericano las realizaban fabricantes de fuera del Marco de Jerez, nacionales o extranjeros, aunque hubiera, desde mediados de siglo, una fábrica de botellas en El Puerto de Santa María. Hasta 1896 no se establecería en Jerez la primera fábrica de botellas en nuestra ciudad, llamada La Jerezana, que utilizaba el soplado de caña y que era propiedad de Don Andrés Bouze. Este hito es más importante de lo que podría parecer en primera instancia porque esta fábrica ya se identificó por utilizar envases de video negro o muy oscuro y que, con sus variantes, ha llegado hasta nuestros días como una marca de identidad de nuestros vinos. Será el sector de las artes gráficas el que experimente un mayor desarrollo, dentro de las actividades auxiliares de las bodegas, hasta que en el último tercio del siglo XIX Jerez se convierta en el foco más importante de este sector en nuestro país. El primer establecimiento litográfico de la provincia se fundó en Cádiz, en la segunda mitad del siglo XIX, pero casi todas las necesidades de etiquetado las cubrieron, en primera instancia, extranjeros, concretamente franceses. Las primeras firmas españoles en suministrar de forma continua a las empresas jerezanas fueron de origen catalán y, dentro de Andalucía, veremos como el principal motor de desarrollo de estas artes provino de la ciudad de Málaga y ligada, en parte, al negocio vinatero local. 

La litografía alemana Müller, desde su fundación en Cádiz en 1861, y con establecimiento en Jerez entre 1868 y 1890, sería uno de los grandes talleres provincianos, pero no sería hasta finales de siglo cuando las imprentas locales lograran ser capaces de competir en calidad y precio con los otros suministradores. Esto supondrá que en esta época surjan talleres litográficos propiedad de algunas firmas bodegueras como fue el caso de Sánchez Romate Hermanos. El Jerez, por tanto, pasaba de ser un producto de mera extracción a una marca que se exportaba y que se asociaba a un nombre, a una marca y a una identidad. 

Así pues, en la segunda parte del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX el vino de Jerez configura su identidad iconográfica. Esta identidad se caracterizó por composiciones figurativas que contrastarán con la simplicidad de las etiquetas de la segunda mitad del siglo XX. El fabricante y su marca han ido adquiriendo, durante este último período, el protagonismo sobre los restantes elementos decorativos, pero ello se debe a que en el período de entre siglos el mercado bodeguero contaba, tan solo, con el etiquetado de sus botellas para publicitarse, por tanto, cuanto más expresiva fuera su botella pues mayor sería su opción para la venta. Veremos por este motivo paisajes, representaciones humanas e imágenes con las escenas de la vida cotidiana. Las etiquetas de origen nacional se caracterizarán especialmente por este tipo de elementos y sus temas exaltarán el nacionalismo español, idealizarán Andalucía y su sociedad y llevarán a cabo una reiteración de lo “tradicional”.

Se muestra una España idealizada, llena de arquetipos como el flamenco, los toros y un pasado glorioso lleno de grandes gestas. Tampoco faltará, como podrá imaginarse, la temática religiosa. También aparecerán paisajes y representaciones humanas y, entre estas, escenas costumbristas en las que aparecerán hombres, mujeres y niños ataviados con los típicos trajes andaluces y en actitudes naturales. Todos estos elementos conformarían el arquetipo de lo nacional, lo propio, en un período histórico en el que cada país europeo buscaba y mostraba los elementos fundamentales que definían su nación. 

No debemos olvidar que, tras todas estas representaciones artísticas, había un taller que las elaboraba y, en muchos casos, este era independiente de la bodega, por lo que era habitual que un mismo taller vendiera un diseño a varias bodegas o que se recurriera al plagio de una marca para traer consumidores, y por ende, mayores ventas. 

Otro aspecto que creció paralelo al de los etiquetados fue el de las cartas de las bodegas jerezanas, que poseían suntuosos encabezamientos en los que se ilustraba con profusión de detalles la grandiosidad de las instalaciones o se hacía ostentación de los múltiples premios obtenidos por sus productos. 

Parejo al desarrollo de los embotellados y de los etiquetados, crecerán otras actividades auxiliares de las bodegas, entre ellas caben destacar las carpinterías que fabricaban las cajas de madera para las botellas, fundamentalmente de pino gallego, las empresas que dedicadas al lavado de las botellas para su reutilización, debido a que por su escasez eran usadas en varias ocasiones, y las que fabricaban los tapones de corcho para las bodegas, pero, sin duda, el sector de las artes gráficas sería el que registraría un desarrollo más notable a lo largo de este período, hasta el punto en que nuestra ciudad llegó a ser el foco más importante de esta actividad en nuestro país durante el último tercio del siglo XX. 

Bibliografía 

Saldaña Trigo, José & Repeto Prieto, Juan. (2009). La imagen del vino de Jerez. Historia Gráfica de las bodegas de Jerez de la Frontera. Siglos XIX y XX. Junta de Andalucía. 

Agradecimientos a la colección de etiquetas de D. Jose María Ríos.

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