Un fotoperiodista del Instituto del Mundo Árabe prepara meticulosamente todos los artilugios para grabar la entrevista a dos cámaras. En el exterior hace un día de lo más desapacible en París. Tras una Navidad suave en la capital gala, se siente el pleno invierno de enero. Sobre el escenario del auditorio Rafik Hariri, en la planta -2 del edificio imposible de Nouvel, el reportero pregunta a María del Mar Moreno sobre cómo ha visto su evolución como artista desde que empezara con solo diez años a mover el esqueleto sin parar. La bailaora, sentada ante la proyección de la foto en blanco y negro de una ventana con telarañas y dos cerones, empieza a hacerse compás y a cantar:

“Ne me quitte pas

Il faut oublier

Tout peut s’oublier...

"¿Mi evolución? Ha sido como la de la propia persona… Il a été naturel". Y continúa explicándole, en un francés de Edith Piaf, que aprendió de la filosofía y de grandes maestros como Angelita Gómez, Manuel Morao, Matilde Coral, Manuel Torre, Mojama..

Cuando el flamenco crujía en las fraguas y se bebía a chorros en las gañanías, apenas podía bailarse sin faltas de ortografía. Luego vinieron los cafés cantante, los escenarios, las idas y vueltas a América y el flamenco, como patrimonio inmaterial de la humanidad, se globalizó y abrió su mente. Hoy es habitual que los artistas viajen constantemente de un país a otro, de gala en gala, de bolo en bolo. Que chapurreen idiomas, que se busquen las papas donde pueden. Hay festivales de flamenco en decenas de países de todo el mundo —de Argentina a Australia— y lejos queda ya esa singular escena del inolvidable documental Por Oriente sale el sol (La Paquera en Tokio), de Fernando González-Caballos, en el que la genial cantaora emprendía su primer vuelo a Japón.

"No lo puedo llamar flamenco tradicional, o más tradicional, solo intentamos hacerlo lo más auténtico posible. El flamenco es nuestro oxígeno, en nuestra manera de sentir, de pensar, de comer…", remata su exposición ante el responsable de prensa del IMA, una de las instituciones más importantes y poderosas de Francia y el primer centro de este tipo en el mundo. Hasta allí ha viajado junto a su troupe de artistas para presentar Jerez Puro, el espectáculo que creó hace más de una década junto a su inseparable partner Antonio Malena y que ha convertido en el montaje franquicia de su propia compañía. Esta empresaria y filóloga jerezana ha sido capaz de montar escuelas permanentes de baile en ciudades europeas como París, Burdeos y Milán, además de conservar su centro entre las jacarandas de la calle Porvera de Jerez. Donde empezó todo. Donde compró la academia de su maestra Angelita que ahora es su refugio y el lugar en el que da forma a su baile.

Antonio Malena es un cantaor de facha inclasificable pero rancio a más no poder. “El cante va unido a la plancha, los cantaores tenemos ahora que salir arregladitos”, afirma burlón mientras quita las arrugas en el camerino a una de las camisas que utilizará para el espectáculo. Bromas aparte, el cantaor hace tiempo que enterró eso del que dirán. Guardián de los soníos negros, se resiste a darse por vencido en su ortodoxia. “Pepe de la Matrona decía: ¡qué pellizco, ni qué pellizco, eso qué es lo que es del pellizco! Con todos mis respetos, no sabes lo que es el pellizco porque no lo tienes. El pellizco estaba cuando Manuel Torre abría la boca y sentías un pinchazo aquí (se señala el costado). Si te da, lo tienes; si no te da, pues no lo tienes. Ya está. Otra cosa distinta es que no pueda cantar un inglés o un suizo. Si tiene la afición y tiene ese pellizco que tenemos, ¿por qué no? Yo sé que he salido del vientre de una gitana pero no porque sea gitano tengo que saber. Esto es un misterio muy grande”.

"Me empapo de cada sitio al que voy. Malena ni te cuento, en Milán tiene hasta modisto, los camareros de algunos bares le saludan como cliente habitual". María del Mar Moreno pasa unos 265 días al año fuera de Jerez como consecuencia del trabajo que la hace viajar saltando por sus escuelas itinerantes de Europa. "Con eso es con lo que gracias a Dios vamos tirando", asegura, insatisfecha por lo copado de los circuitos escénicos y ávida, como gran parte de sus compañeros en este complejo mundo del flamenco, por mostrar su arte donde debe ser: en los escenarios. La nueva oportunidad en París le llega apenas semanas después de actuar junto al Sena solo unos días después de la cadena de atentados de islamistas radicales. "A todos nos recorrió un escalofrío brutal cuando acabó la función. Fue muy emocionante", confiesa. Hecho el paréntesis, vuelve a sus viajes europeos: "En Malta ya es otra historia”, dice, y le interrumpe Malena: “Yo es como si siempre hubiese vivido allí. Me encuentro como en casa”. Como en el pozo de la víbora de su barrio de Picadueñas pero con el Mediterráneo de fondo.

"A mí me gusta cuando empieza. Me mata la espera", se sincera Santiago Moreno, mientras afina su guitarra en mitad del pasillo de la galería de camerinos del IMA. El hermano pequeño de María del Mar la acompaña desde siempre, casi desde que dejara de ser niña del maestro Manuel Morao con los gitanos de Jerez y fundara su propia compañía, hace ahora 15 años. Se toca como se es y la sensibilidad de este joven amante de la poesía y la vida, que antes de dedicarse a la guitarra hizo turismo, se nota y se siente. ¿Cómo controlas los nervios? "Mirando a mi hermana, cuando veo que la cara se le pone roja ya digo, uy, voy a ir más despacito (se ríe con ganas)”. "¡Son menos cinco!", se le oye avisar a Javi Peña, uno de los tres palmeros con los que cuenta el montaje. Junto a él, el impagable carisma de Alex de Gitanería (apodado así por el mítico antiguo bar de su suegro Mateo Soleá) e Isidoro de Jerez.

Los tres escoltas del compás se cuadran para desfilar en breve al escenario. Para Isidoro Fernández la noche será muy muy especial. Lleva en el alma su tierra pese a que ya son 17 años los que lleva en Francia. Una vez más ha acudido raudo a la llamada de María. "Porque es mejor que seamos más, da más calor al baile, con él somos más", cuenta Javi, que ha dejado a su Candela de 6 años a 1.500 kilómetros de sus brazos un fin de semana más. Isidoro vive ahora bien en la capital del amor: "Hoy en día ya vivo más o menos del flamenco. Al principio empecé haciendo de todo, poniendo muchos cafés, y no estuve todo el tiempo en París, pero ahora tengo aquí a mi hija y puedo sobrevivir gracias a un trabajo estable en el flamenco, con clases de palmas y cajón, trabajando con compañías…", relata.

Ha pasado la mañana ensayando los fandangos y el taranto de Manuel Torre, y su áspera garganta de hombre viejo ya está engrasada. La otra voz del grupo es Antonio Peña El Tolo. Un maduro cantaor jerezano con alma de niño que vive una segunda juventud en todos los sentidos. Tolo cuenta que dejó la escuela en primaria pero que ahora estudia un ciclo medio de Farmacia que compagina con los bolos que van surgiendo. Sus dedicaciones son el cante, sus estudios y la Iglesia Evangélica. No estrictamente por ese orden. "Es fundamental la preparación, yo ahora voy volando, Dios quiere que sea una persona fructífera”, se convence. "Está costando trabajito pero van saliendo cosas", asegura tras narrarnos que ya dejó eso de la mala vida, de dormir de día y salir de juerga de noche. Antonio se confiesa "pescador y pecador, pero yo tengo ahora un camino del que no me salgo, Gracias a Dios, y eso se lo debo mucho a mi María y a mi Antonio". En el camerino de abajo, la asesora de prensa del embajador de Argentina en Francia se encarga de ayudar con los cambios de vestuario a María y, aparte, le ayuda en los últimos retoques antes de ponerse bajo los focos. Aisha es habitual en las clases de María en París y no se explica antes de la actuación "cómo puedo estar yo más nerviosa que ella".

El auditorio está abarrotado. La oferta cultural en París es inabarcable un sábado por la noche pero Jerez Puro es capaz de congregar a todo un patio de butacas lleno a rebosar. Silencio sepulcral. La compañía se besa al completo. Se intercambian ánimos y se transmiten energía como si fuera una descarga de corriente eléctrica. Fandangos, tientos, tangos, romance, seguiriya, toná, soleá al golpe, fiesta por bulerías. Sobre el escenario pasa de todo, chorrean penas y alegrías, rasgueos y quejíos, palmar por bulerías, acaloradas escobillas… Incluso la función pone a Malena frente al espejo, viéndose de pequeño romperse por seguiriyas en aquel memorable pasaje de la serie Rito y geografía del cante. Están los elementos típicos-tópicos que han moldeado la idiosincrasia jerezana, y está toda la pureza condensada. Toda la herencia, todo el paso de los tiempos. La negra noche del flamenco. Ese camino terrizo entre chumberas como viaje a ninguna parte. “Yo no estuviera en casita ajena, ni en manos de nadie, si como tengo a mi padre, tuviera yo a mi madre”, llora Malena. Exhausta tras el titánico esfuerzo, abrazada a su esforzada compañía, alguien del público, tan silencioso durante toda la función, vocifera de pronto: "¡María, te quiero!". Y María, agradecida, replica: "¡Je t’aime!"

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