Sin novedad en el frente

El Ballet Nacional de España clausura el 24 Festival de Jerez con un extenso programa bajo la nueva dirección de Rubén Olmo, con mucha faena por delante para proyectar creación e innovación desde esta institución pública

Otro momento del espectáculo. FOTO: MANU GARCÍA
Otro momento del espectáculo. FOTO: MANU GARCÍA

Apenas lleva seis meses al frente del Ballet Nacional de España (BNE) —fue nombrado en abril de 2019, pero el contrato de Najarro no expiró hasta septiembre del año pasado— y entendemos que prácticamente no ha dado tiempo a que Rubén Olmo se asiente en el cargo e imprima su personal sello a la renovada institución pública, fundada en 1978 con Gades como primer director. De lo contrario, tendría difícil explicación que su primera propuesta dirigiendo el BNE, del que fue primer bailarín antes de dar el salto con su propia compañía, fuese el pastiche que ha clausurado el 24 Festival de Jerez.

Bajo el título de Invocación (Invocación bolera, Jauleña, Eterna Iberia De lo flamenco. Homenaje a Mario Maya), el montaje, una doble suite que intercala piezas grupales, pasos a dos, una piececita en solitario dibujada por el propio Olmo, y un taranto pensado por Isabel Bayón, pero finalmente protagonizado por Esther Jurado, dispone de dos partes muy desequilibradas (de más a menos), y ambas marcadas por un ritmo de frenesí (salvo alguna cosa), el efectismo en busca del aplauso por vía intravenosa, y, en el caso del segundo acto, el intenso bramido de los coros y la percusión que, como el adobo, son capaces de disimular cuando el pescado está ya pasado. Siempre desdibujando las letras inolvidables de Diego Carrasco hasta ese cierre del Un, dos, tres, faaa de Mario, donde la única verdad es que, bajo una estética de postalita kitsch, pareciera que pretendían contarnos una trola —“Vamos a contar mentiras…”, recuerda la letra de aquella canción infantil—. Muy lejos del riesgo y la abrumadora creatividad del artista visionario al que se homenajeaba.

Olmo, en 'Jauleña'. FOTO: MANU GARCÍA

Para este revival, una creación que ya innovó hace décadas, la mejor manera de preservar este legado habría sido servirse del mismo como fuente de inspiración para avanzar, no para el remedo. Que el único recurso escenográfico que recordemos en casi dos horas de programa —con la salvedad de los palillos, la capa y el sombrero— sea un cartel de una corrida de toros (que aparece en escena con la Nana de colores (¿?) para ilustrar lo obvio en el número de los Cinco toreros, ya dice mucho de las limitaciones de la doble propuesta, más allá del correcto apartado coreográfico y técnico, y de esa obsesión por tratar de seducir a propios y extraños con los típicos tópicos que lastran desde tiempo oscuros eso que llaman marca España.

Hace unos días, en esta cumbre mundial de la danza española y el baile flamenco que es el Festival de Jerez, le preguntaban a un talentoso artista, de la misma generación de Olmo, que por qué había elegido un espectáculo para su compañía con tres personas, y directamente le insistían en que si aquello obedecía a causas económicas. El bailaor reconoció que fundamentalmente sí, pues un formato más reducido es más fácil de girar y, sobre todo, evita grandes hipotecas personales para su producción. El riesgo, la valentía y el amor al arte son inherentes a la mayoría de los artistas que suben sus propias producciones encima de un escenario, a menudo sin ayuda de nadie y tirando para adelante a pulmón. Viene esto al caso porque, si recordamos que el BNE cuenta con un millón de euros para producciones artísticas cada año —varias veces el presupuesto del Festival de Jerez— y su máximo responsable cobra 75.000 euros brutos al año (más ingresos por coreografías), el nivel de exigencia debería de estar en consonancia a esos recursos públicos que se manejan (me acuerdo hace unos meses del nivelazo de la Giselle del English National Ballet, que regresó al Real trece años después).

Ojalá Olmo, que sabe bien lo que es afrontar empresas personales para volcar su arte sobre un escenario, exprima el puesto y lo defienda sin conformarse con el continuismo o, lo que muchas veces es peor, el gatopardismo, cambiar todo para que nada cambie. Según se anunció en su día, en el proyecto que presentó para postularse en la selección pública para dirigir el BNE se fijan dos grandes objetivos: preservar y difundir el patrimonio dancístico español (eso está en la primera parte de esta Invocación) y abrir el BNE a las vanguardias de la danza y las nuevas tendencias dentro del flamenco (habrá que seguir esperando). Del mismo modo, también quiere el bailaor sevillano, Premio Nacional de Danza en 2015 y ex director del Ballet Flamenco de Andalucía, aumentar las giras de la compañía, con formatos artísticos que permitan una mayor movilidad. Visto lo visto, tiene mucho trabajo por delante.

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