La nave de los locos

Estévez/Paños y Cía presentan en el 24 Festival de Jerez 'El sombrero', un alucinado, antiacadémico y surrealista espectáculo, casi como la historia de Diaghilev y Félix Fernández

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El sombrero de Estévez/Paños y Cía, que han presentado en el 24 Festival de Jerez, funde en hora y tres cuartos la aproximación al universo del revolucionario de la danza Sergei Diaghilev, creador a principios de siglo pasado en París de los ballets rusos, con la oscura y enigmática historia del bailaor sevillano Félix Fernández García, nacido a finales del siglo XIX y apodado el Loco. Un zumo exprimido a partir de naranjas amargas bajo el enfoque siempre imprevisible y antiacadémico al que nos acostumbra el genio creativo de dos investigadores irredentos: Estévez y Paños.

A Félix lo ficha Diaghilev para El sombrero de tres picos, obra creada por Falla con coreografía de Leonidas Massine, y en este montaje de estos creadores andaluces, más próximo al arte y ensayo que a los convencionalismos de una puesta en escena dancística al uso, se abarca desde el instante de la audición en el Café Novedades de Sevilla; los ensayos previos al estreno en el Alhambra Theater de Londres, en 1919 —donde se producen los frustrados encuentros entre los lenguajes de la danza clásica, el flamenco y las vanguardias europeas de principios de siglo—; el descenso a los infiernos de Félix —magistral Alberto Sellés—, que ya no sabe si es danzarín, palmero o cantaor; y su estancia en el hotel Savoy, con un metrónomo en la cabeza, anudándose la corbata o comiendo bajo el imperio obsesivo del compás.

'La Danza', de Matisse, un colaborador de Diaghilev, reflejado en 'El sombrero' de Estévez y Paños. FOTO: MANU GARCÍA

Corre, completamente enajenado, desnudo por las calles de Londres, pasa por el altar de la iglesia de Saint Martin in the Fields, en Trafalgar Square, para bailar por farruca, y acaba recibiendo visitas y abrazos rotos hasta que fallece más de veinte años después en el manicomio de Epson. Como un fantasma, dibuja con tiza el sombrero y acaba con una máscara antigás estéril, incapaz ya de protegerle del veneno de la danza que acabó consumiéndole. Esta historia, a ratos truculenta, enigmática, de tensiones entre poder y creación, ya fue abordada hace más de quince años por el Ballet Nacional de España. Un encargo que entonces asumieron Javier Latorre, Mauricio Sotelo y Cañizares, y que pudimos ver en la apertura del Festival de Jerez de 2005.

Dos años más tarde, irrumpirían como una corriente de aire fresca en este mismo certamen Rafael Estévez y Valeriano Paños. Lo hacían con su suite Muñecas, una impactante obra mayor sobre el arte y el poder, el cruel paso del tiempo, la férrea disciplina y la serialización del artista. Más o menos, las reflexiones que siguen permaneciendo invariables en la obra de estos autores. Ahora, tantos años después, mantienen sus constantes vitales intactas en un alucinado espectáculo que en el cine podrían haber firmado Lynch o Cronenberg. La historia de un desgarro, sin apenas concesiones —solo algunas humorísticas—, con una densidad que la hace por momentos irritante, con un metraje a todas luces excesivo, pero con una potencia visual y plástica hipnótica, con unas coreografías que nos llevan al Laocoonte, a Matisse, al expresionismo alemán, al ragtime, a Pina Bausch, y a la Fuenteovejuna de Gades.

'El Loco', en su altar. FOTO: MANU GARCÍA

Estévez, entre Diaghilev y Bernarda Alba, y un puñado de hijos e hijas de la danza fríos como mármol en un escenario desnudo. En blanco y negro. Distorsionados, teledirigidos, a fogonazos. Una película de cine mudo, una obra de arte incómoda, abstracta, más teatral por momentos que dancística. Inspirada en un visionario capaz de congregar en su empresa a artistas como Ninjisky (con el que al parecer tuvo un tormentoso idilio), Balanchine, Ravel, Falla y Picasso, y en un incipiente bailaor que deserta sin importarle a nadie, segregado  como forma menos brutal de abordar la locura en la sociedad que le rodea.

De Valeriano Paños bailando la Danza del Molinero para El sombrero de tres picos a Sellés, trasladado en un rembrandtnesco pasaje que recuerda a su Lección de anatomía, abandonado a su suerte en la que se intuye una tétrica nave de los locos. El culmen de una alucinada fantasía coreográfica tan surrealista como salvajemente real. Experimental y ambigua. Técnicamente brillante, sí, pero también escénica y conceptualmente retorcida, subrayando a cada paso y mudanza que el arte no sirve para entretener, sino para exigirnos e interpelarnos. Para no dejarnos indiferentes.

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